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Emmett se inclinó hacia delante para mirarla con atención.

– Además de mi madre, tú podrías ser la primera mujer con la que la he compartido.

– ¿No estás casado? ¿Ni divorciado?-preguntó Linda sorprendida.

– Nunca me he casado ni me he prometido.

– ¿Y has tenido amantes?

– Claro que he tenido amantes.

– Ah…-sonrió-. Pero no relaciones largas. Nadie con quien desear compartir el dormitorio o el desayuno.

– Soy un tipo solitario. Siempre lo he sido.

– ¿Cuántos años tienes?

– Treinta y uno.

– Ah -apoyó un codo en la mesa y se inclinó hacia él-. Soy mayor que tú. A lo mejor puedes aprender algo de mí.

Como, por ejemplo, a controlar el deseo que le estaba haciendo arder por dentro. Al hacer aquel gesto con el brazo, la bata se le había abierto, dejando al descubierto la sedosa piel de su escote. Linda le sonreía y él podía oler su fragancia. Maldita fuera, la misma fragancia que lo hacía enloquecer cada vez que entraba en una habitación en la que hubiera estado ella. Intentando controlarse, echó la silla hacia atrás y se levantó. Linda lo imitó.

– ¿Emmett?-le preguntó, con el ceño fruncido.

Emmett decidió que era preferible estar solo.

– ¿Emmett?-volvió a preguntar Linda.

Emmett se pasó la mano por el pelo.

– Mi hermano…

De repente, le urgía decírselo. Decirle que la promesa de encontrar a su hermano estaba por encima de todo, que era la única manera de mantener a todo el mundo a salvo. Quería dejar aquella casa y salir en su búsqueda. Linda encontraría a otra persona, a alguien más amable y alegre que él, alguien menos libidinoso que la ayudara a hacer el café, a hacer la compra y a no ponerse nerviosa por no saber cómo relacionarse con su hijo.

Linda posó la mano en su brazo.

– ¿Estás preocupado por él? Esta noche te he oído moverte por la casa. Estás nervioso por Jason, ¿verdad?

Emmett bajó la mirada hacia los dedos pálidos que descansaban sobre la piel de su antebrazo. Odiaba que Jason lo controlara. Y, en aquel momento, estaba también a merced de Linda. No había forma de negarlo.

Quería ser el único para ella. Al menos hasta que estuviera preparada para enfrentarse de nuevo a la vida. Sólo hasta entonces.

Se descubrió a sí mismo cubriendo su mano.

– No quiero pensar en él -dijo, dándose cuenta de que también eso era cierto-. Sólo quiero besarte.

Inclinó la cabeza en busca de otro beso. Y, en aquella ocasión, no le importó perder el control.

Con una cuchilla desechable en la mano, Jason Jamison, alias Jason Wilkes, le sonrió al reflejo que le devolvía el espejo agrietado del cuarto de baño de un motel barato, situado en una población cercana a Red Rock. Aunque estaba acostumbrado a mayores lujos, saber que aquella mañana su hermano Emmett se estaba atormentando preguntándose por su paradero era un auténtico placer.

Un solitario y un perdedor, eso era Emmett. Su otro hermano, Christopher, tampoco había tenido la verdadera visión de los Jamison. Jason odiaba la bondad de Christopher desde que eran niños y también desde entonces, había ignorado a Emmett. Pero después de haberse quitado a Christopher de en medio, tenía al estúpido de Emmett en su punto de mira. Y Jason era un gran tirador.

Ésa era una de las muchas cosas que le había enseñado su abuelo, Farley Jamison.

La otra era cómo los Fortune habían estafado a los Jamison. Años atrás, Kingston Fortune, medio hermano de Farley, se había negado permitir que Farley entrara en la escena política de Texas. El abuelo de Jason jamás había superado esa gran decepción y, tras su muerte, Jason había prometido vengarlo. Jason se pasó la cuchilla por la mejilla cubierta de espuma. Aunque la operación de cirugía estética a la que se había sometido tras un accidente sufrido cuando tenía poco más de veinte años le había hecho perder los rasgos de los Jamison, a él nunca le había importado.

Su padre y sus hermanos eran hombres débiles que no tenían su talento para conseguir todo lo que él había conseguido.

Dos millones de dólares. Un pasaporte falso. Tarjetas de crédito robadas. Todo lo que un hombre podía necesitar para salir de Texas y comenzar una nueva vida. Le había hecho pasar un mal trago a Ryan Fortune durante sus últimos meses de vida secuestrando a Lily. Una mujer a la que aquel viejo estúpido quería más que a sí mismo.

Jason nunca había cometido ese error. Por eso no le había resultado difícil matar a Melissa, su novia. Cuando Melissa le había dicho que sería un perdedor como su abuelo, Jason la había estrangulado con sus propias manos. Y se alegraba, maldita fuera, de que no estuviera allí para no tener que compartir con ella los beneficios de su ingenio.

En cuanto se deshiciera de Emmett, ya no quedaría nada que lo separara de su brillante futuro.

Su muerte no formaba parte del plan original, pero un hombre brillante tenía que ser flexible. Y decidido.

Emmett lo irritaba, de modo que tenía que morir. Y Jason no iba a marcharse de Texas hasta que no hubiera llevado a cabo aquella última tarea.

Hoy es lunes. Tienes que comer con Nancy en la casa principal a las doce. Y evitar a Emmett. Con su beso estuvo a punto de hacerte entrar de nuevo en coma hace dos mañanas.

No quieres que Nancy sepa lo mucho que tienes que esforzarte todavía para superar las consecuencias de la lesión.

Linda miró la libreta por última vez y la cerró. Tomó aire, salió del dormitorio y corrió hacia la puerta. Oyó el característico sonido de la máquina de abdominales y se alegró de poder saber dónde estaba Emmett exactamente. No quería volver a llevarse otra sorpresa al verlo aparecer y tener que guardar la compostura delante de Nancy. Nan, se corrigió a sí misma, utilizando la abreviatura que Ricky le había asignado.

Linda quería que Nancy viera que estaba mejorando.

La cocinera de los Armstrong le permitió pasar por la puerta trasera y desde allí la guió hasta el saloncito en el que Nancy la esperaba, sentada frente a unos enormes ventanales que daban al jardín y ante una mesa dispuesta para dos personas.

– Aquí estás -Nancy le dirigió una sonrisa radiante y se levantó para abrazarla.

– ¿Llego tarde?-Linda la besó y ambas se sentaron.

– No, no, pero estaba deseando saber cómo estás.

– Maravillosamente. La casa de invitados es muy cómoda, muy acogedora.

– ¿Y Emmett? ¿Qué tal os lleváis?

– ¿Emmett?-la mención de su nombre hizo aparecer su imagen en su cerebro.

Le había parecido duro y sombrío cuando, dos mañanas atrás, había coincidido con él en el pasillo. Pero después, la había hecho sonreír y más adelante…

– ¿Linda?

Linda la miró sobresaltada.

– ¿Qué?

– Te he preguntado por Emmett y pareces perdida en tus pensamientos.

Linda se sonrojó violentamente. Sus pensamientos se dirigían hacia un terreno peligroso. Otra de las consecuencias de la lesión era que le resultaba difícil concentrarse.

– Emmett está bien -contestó, mirando a Nancy a los ojos-. El viernes me llevó al supermercado y a buscar a Ricky al colegio.

– Sí, ya me he enterado -contestó Nancy, palmeándole el brazo-. Le dije a tu hijo que debería haber dejado que lo trajeras a casa.

Su hijo. Ricky. Tenía que mejorar para él. Tenía que aprender a ser fuerte, a ser una persona completa, porque su hijo era responsabilidad suya. Aunque no lo quisiera. Aquel pensamiento se filtró en su cerebro y no fue capaz de sofocarlo. El amor hacia su hijo llegaría con el tiempo, igual que volvería a aprender a conducir y a hacer todas las cosas que tenía que aprender una vez había recuperado la conciencia. Los ojos se le llenaron de lágrimas y desvió la mirada para ocultárselas a Nancy.

– Linda, cariño…

Pero en aquel momento entró la cocinera con una bandeja con dos cuencos humeantes de sopa. Linda aprovechó la interrupción para recobrar la compostura. Y, mientras comía la deliciosa sopa de pollo, recuperó el optimismo que sólo una sopa casera podía proporcionar. Algunas cucharadas después, le sonrió a Nancy desde el otro lado de la mesa.