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– Lo siento, es por culpa de la lesión. Las llaman avalanchas emocionales. Me gustaría no sentir con tanta intensidad, pero no puedo evitarlo.

Nan le sonrió.

– No te sientas presionada, Linda. Nadie espera que seas nada más de lo que eres.

– Pero…

– Pero necesitas recordar que te queremos y que siempre te querremos. Aunque me temo que no me creo que sea ése el motivo de tus lágrimas.

Linda se secó con la servilleta las últimas lágrimas.

– Emocionarse con una historia trágica o al ver a tu hijo bajo la luz del sol no tiene que ver con una lesión cerebral, sino con el hecho de ser una mujer -continuó Nancy.

Ser una mujer. Linda desvió la mirada hacia la ventana justo en el momento en el que Emmett estaba mirando al interior. Linda volvió a sentir entonces sus labios sobre los suyos, la fuerza de su mano en el hombro.

Y pensó preocupada que lo de ser una mujer jamás podría superarlo.

Capítulo 5

Unos días después, Linda se despertó al oír unos ruidos extraños en la cocina. Emmett no era un gran aficionado a la cocina, de modo que permaneció en la cama, pensando si había algo especial aquel día que debiera recordar. Se incorporó sobre un codo y miró la libreta que tenía abierta en la mesilla. «Hoy es domingo», leyó.

No había nada más después de aquella frase, lo que significaba que no tenía planes específicos para aquel día. Y que podía pasar algún tiempo con Ricky. Pero le bastaba pensarlo para sentirse nerviosa e insegura, así que volvió a tumbarse e intentó dormirse de nuevo. Pero los ruidos de la cocina la impulsaron a levantarse y a ponerse la bata. Y estaba a punto de salir cuando alguien llamó suavemente a la puerta.

La abrió y, al no ver a nadie, bajó la mirada hasta encontrarse a Ricky frente a ella con una bandeja en las manos y expresión insegura.

– Feliz Día de la Madre -dijo vacilante.

– Yo… Oh…-Linda intentó disimular su sorpresa-, gracias.

– Se supone que tienes que desayunar en la cama -le advirtió el niño, señalando la bandeja con la barbilla.

– Oh, bueno, yo…-era una prueba, comprendió desconcertada. Era una prueba y estaba fallando la primera pregunta-. Lo siento, no sabía…

– No pasa nada -era Emmett, que apareció en aquel momento detrás del niño-. Vuelve a la cama y así Ricky podrá servirte el desayuno tal como había planeado.

Linda corrió a la cama y se acostó. Después, miró a Ricky, intentando parecer expectante en vez de nerviosa.

– Qué sorpresa tan agradable.

Ricky elevó los ojos al cielo.

– Tienes zumo y café. Emmett me ha ayudado a preparar tortitas y beicon. Ha dicho que te gustarían.

– Claro que me gustan. Y gracias, muchas gracias -levantó la servilleta y descubrió algo hecho con papel y lápices de colores-. ¿Esto qué es?

Ricky se alejó de la cama y clavó la mirada en los zapatos.

– Una tontería que nos hacen hacer en el colegio.

Linda levantó la tarjeta.

– A mí no me parece una tontería.

– Pues es una tontería.

Miró el dibujo. Al parecer, Ricky había heredado su talento artístico, lo cual era una pena, porque ella no tenía ninguno.

Pero por lo menos había utilizado todo tipo de colores para hacer el dibujo. El cielo era de color azul intenso, el sol de un naranja deslumbrante y una de las personas representadas tenía una melena rubia.

– ¿Soy yo?-le preguntó.

– Tú estás muy flaca -respondió Ricky.

– Pero este desayuno me va a ayudar a remediarlo -dijo Linda.

Al alzar la mirada, descubrió a Emmett observándola con un brillo de diversión en la mirada y tuvo que morderse el interior de la mejilla para no echarse a reír. La mala noticia era que aquella figura hecha con un lápiz de colores guardaba un gran parecido con su delgado cuerpo.

Linda dejó la tarjeta a un lado, junto al periódico, se tomó el zumo y el café y después probó las tortitas y el beicon. Ricky la miraba por el rabillo del ojo.

– Está todo muy bueno. Creo que es la primera vez que desayuno en la cama.

– ¿De verdad?-Ricky la miró complacido, pero desvió inmediatamente la mirada-. Ha sido idea de Nan.

– Tendré que darle las gracias. Y a ti por haber madrugado.

– Ha sido mejor que otros años.

Linda tragó un pedazo de beicon.

– ¿Otros años?

– Otros años iba a verte al hospital el Día de la Madre -musitó Ricky sin alzar la cabeza.

A Linda se le encogió el corazón al oírlo.

– ¿Venías a verme el Día de la Madre?

– Todos los años, creo. Pero tú no me conocías. O no me querías.

– Ricky -Emmett posó la mano en el hombro del pequeño-. Ya sabes…

– No, no pasa nada -dijo Linda rápidamente-. Estoy segura de que era eso lo que sentías, que no te quería lo suficiente como para despertarme. Pero no sabes cuánto me gustaría recordar esas visitas.

Ricky se sonrojó al oírla.

– Ha sido una tontería decir eso. Ya sé que no podías despertarte.

– No, no podía. No sé por qué, ni por qué al final lo conseguí, pero me alegro mucho de haberlo hecho, aunque eso haya significado conocerte cuando ya eres prácticamente un adulto.

Ricky sonrió al oírla.

– No soy un adulto.

– Prácticamente, sí.

Quizá fuera una exageración, pero muchas veces Linda pensaba que era demasiado mayor como para que pudieran establecer una relación madre-hijo.

– Prácticamente un adulto -repitió Ricky, como si quisiera oír cómo sonaba.

– Y aunque no me acuerde de tus visitas, guardo los regalos que me llevabas el Día de la Madre.

– ¿Qué regalos?

Linda abrió el cajón de la mesilla y rebuscó entre sus cosas. Nan le entregaba continuamente cosas que pensaba que podrían gustarle: fotografías, trabajos del colegio de Ricky…Al principio había estado a punto de rechazarlas; aquellos dibujos le recordaban lo mucho que había perdido, pero en aquel momento se alegró de no haberlo hecho.

– Mira, aquí están -los sacó-. Tengo todas las tarjetas que me has hecho para el Día de la Madre, pero no sabía que me las habías llevado personalmente.

La sorpresa impulsó a Ricky a dar un paso adelante y sentarse en el borde de la cama. Linda miró a Emmett por encima de su cabeza. Éste estaba apoyado en el marco de la puerta, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y los ojos clavados en su rostro. Le hizo un gesto de afirmación con la cabeza y Linda sintió que disminuía parte de la tensión. Aquella parte de la prueba estaba siendo más fácil.

Ricky y ella estuvieron revisando las tarjetas, riéndose de la letra que tenía en el jardín de infancia y de lo mucho que entonces le gustaban los brillos. Ricky se lamentó de que las ilustraciones no mejoraran mucho con los años. Al parecer, su amigo Anthony era capaz de dibujar a Spiderman tan bien como aparecía en los cómics.

Linda se inclinó hacia él.

– Es un defecto de los Faraday -musitó-. Somos geniales con los números, pero con el arte parecemos imbéciles.

Al niño se le iluminó la mirada.

– ¡Has dicho imbécil! Nan y Dean no me dejan decir imbécil.

– ¿«Imbécil» es una palabra mala? Oh, Dios mío, claro que sí -no sabía por qué, pero no le importaba. Al parecer, la había ayudado a subir diez puntos-. No se lo digas a Nan, ¿de acuerdo?

– No, no me chivaré, ¿pero yo puedo decirla cuando esté aquí?

– Por supuesto que no -Linda le dirigió a Emmett una mirada suplicante al ver que sonreía con el mismo gesto travieso de Ricky-. Ha sido un desliz y ninguno de nosotros volverá a decirlo otra vez.

– Ah, no eres divertida.

Linda frunció el ceño.

– Bueno, yo…-pero ella quería ser divertida. Se había pasado diez años siendo un vegetal. Y no quería convertirse en la persona que se pasara la vida corrigiéndolo-. A lo mejor hoy podríamos hacer algo divertido.