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– ¿Cómo qué?

– Podemos jugar al fútbol. Puedes enseñarme. A mí se me daba muy bien jugar a la pelota cuando era pequeña.

– No, no es lo mismo. En el fútbol americano hay que golpear la pelota con un lateral del pie. Y no se puede tocar nunca con la mano. A no ser que seas portero, por supuesto.

– Vaya, parece que vas a tener que enseñarme muchas cosas.

Ricky pareció considerarlo.

– De acuerdo. Te ayudaré a jugar al fútbol si tú me ayudas a rellenar la ficha del libro que he tenido que leerme.

A Linda le latía a toda velocidad el corazón. Aquello era lo que hacían las madres. Jugar con sus hijos, ayudarlos a hacer los deberes. Pero sabía que si mostraba demasiado entusiasmo, y la verdad era que no sabía hasta qué punto estaba entusiasmada, podría arruinar el efecto. Así que pareció pensárselo.

– No sé, ¿para eso hay que dibujar? Porque como ya te he dicho, los Faraday…

– Son unos imbéciles -Ricky comenzó a reír a carcajadas.

– Eh, espera un momento…

– Lo has dicho tú.

– Pero también he dicho que no deberías repetir esa palabra -miró a Emmett, que en vez de apoyarla, también se estaba riendo.

– Tiene razón, Linda, tendrás que admitirlo.

– Las madres no admiten nada -replicó, intentando parecer firme-. Y si vuelvo a oír esa palabra otra vez, no habrá fútbol y no te ayudaré.

– Tienes que ayudarme -le advirtió Ricky, repentinamente serio-. El libro es Fiel amigo, y a Nan y a Dean no les gustan los libros en los que el perro muere.

– A nadie le gustan los libros en los que el perro muere -intervino Emmett.

– Pero a todo el mundo le gusta hacer bien la ficha del libro de lectura -dijo Linda -Así que dejemos de utilizar palabrotas y vamos a escribir esa ficha.

Ricky se volvió hacia Emmett.

– Está empezando a hablar como una madre -no estaba claro si le gustaba o no.

– Es que lo es.

– Entonces, ¿por qué no continúo en mi papel y te sugiero que vuelvas a casa, desayunes, me des tiempo para ducharme y vestirme y vuelvas después con papel, bolígrafo y el libro?

El niño salió corriendo.

– Lo has hecho muy bien -la alabó Emmett.

– ¿Tú crees? No sé si Ricky me ve como una madre o más bien como… como una hermana mayor o algo parecido.

– Esto sólo ha sido un principio. Y creo que la relación tiene un gran potencial.

¿Pero sería capaz de completar su labor?, se preguntó Linda mientras Emmett entraba en la habitación. ¿Podría llegar a sentirse alguna vez la madre de ese chico?

Emmett se sentó en el borde del colchón y la habitación pareció hacerse de pronto más pequeña, más calurosa.

Hacía días que Emmett no la tocaba; no había vuelto a hacerlo, de hecho, desde el día que la había besado en la cocina. Pero de pronto fue como si el tiempo que había pasado desde entonces se hubiera evaporado. Parecía que sólo habían pasado unos segundos desde que los labios de Emmett habían estado sobre los suyos.

– Linda -comenzó a decir Emmett, con la mirada fija en sus labios-. ¿Deberíamos…?

¿Volver a besarse? ¿Evitarlo? Aquello era una prueba, se recordó Linda. Otra prueba. Y aunque había conseguido superar la de Ricky aquella mañana, no estaba preparada para someterse a otro examen.

Desvió la mirada, intentando romper los incómodos vínculos creados por la atracción.

– Será mejor que me vista -dijo, corriendo hacia el baño.

– Cobarde -creyó oírle decir a Emmett.

Pero eso mismo podría haberle dicho ella.

Emmett salió de casa mientras Ricky y Linda hacían los deberes. Él también odiaba las historias en las que el perro terminaba muriendo. Y ya era una hora avanzada de la tarde cuando regresó. Un tecleo distante le indicó que Linda estaba trabajando en el ordenador que tenía instalado en una esquina del salón. Emmett se acercó hacia allí justo en el momento en el que Linda dejaba reposar sus manos sobre el teclado.

La imagen de la pantalla se fracturaba en piezas diminutas que parecían salir disparadas hacia todos los rincones de la galaxia. Linda inclinó el cuello en un gesto de agotamiento, o quizá fuera frustración. Dejó escapar un largo suspiro.

Al oírla, Emmett retrocedió instintivamente.

Ya había soportado suficiente dolor durante los últimos meses. Y aunque le había prometido a Ryan ayudarla, no necesitaba dejarse arrastrar por los sentimientos. Para ayudarla, para eso estaba allí. Desear abrazarla, consolarla o besarla era un impulso tan estúpido como disparatado.

Sí, había una atracción física innegable entre ellos, pero Linda no parecía dispuesta a explorarla. Y él no quería pensar que se estaba aprovechando de ella. Una mujer que había pasado diez años en coma no debía de tener mucha experiencia en relaciones. Seguramente no estaría preparada para coquetear, y mucho menos para tener una aventura, que era lo único que él podía ofrecerle.

Retrocedió y chocó con una mesita que terminó cayendo contra el duro suelo. Linda se sobresaltó al oírlo y giró bruscamente hacia él.

– ¡Emmett! Me has asustado.

«Tú también me asustas, cariño», pensó él. Aquella melena preciosa, los ojos azules y las delicadas facciones parecían haberse confabulado con el expreso propósito de acabar con sus buenas intenciones. En aquel momento deseaba abrazarla, consolarla, besarla. Pero no iba a hacerlo. Así que se aclaró la garganta y miró hacia la pantalla del ordenador.

– ¿Te ha costado mucho hacer el trabajo del libro?

Linda miró hacia la pantalla.

– No, eso me ha ido bien. Ahora estaba jugando a uno de esos juegos de destreza que me dieron en el centro de rehabilitación. ¿Y a ti cómo te ha ido? ¿Has tenido una tarde agradable?

– He ido al rancho de Ryan -a él mismo le costaba creer que se lo estuviera diciendo.

– ¿Has ido a ver a Lily?

– No, sólo he ido a ver… las tierras.

– Has ido a ver a Ryan.

Emmett se quedó mirándola fijamente. ¿Cómo lo sabía?

– Pero Ryan no está allí -respondió con repentina dureza.

Ryan no estaba en ninguna parte, y tampoco su hermano Christopher, ni Jessica Chandler. El amor no despertaba a los muertos. Eso era lo que le había dicho el padre de Jessica cuando había ido a decirle que la habían encontrado. No, no la habían encontrado, lo había corregido John Chandler. Habían perdido a Jessica para siempre, por mucho que la quisieran y por mucho que lloraran su muerte. El amor no despertaba a los muertos.

– Pero tus recuerdos de Ryan sí están allí, en el rancho.

– No quiero hablar de eso.

– ¿Porque te entran ganas de emprenderla a golpes contra todo? Creo que te entiendo -el pesar que reflejaba su voz reavivó el dolor que Emmett sentía por la muerte de Ryan-. A veces, la lesión me hace sentirme terriblemente impotente. Es como si hubiera una oscura fuerza esperándome fuera, deseando arrastrarme a la oscuridad.

Emmett vivía preso de aquella oscuridad desde que se había enterado de la muerte de Christopher. Y no le deseaba a nadie aquella triste vida entre las sombras.

– A lo mejor podemos hacer algo para aliviar esa vulnerabilidad -le dijo. Recordó que Linda le había dicho que antes era una mujer fuerte y que le gustaría volver a serlo-. Y también hacer algo con tus ganas de dar golpes. ¿Sabes algo de artes marciales? Porque te propongo que nos enfrentemos en un pequeño combate, agente secreto contable.

Linda sonrió al oírlo y, al verla, Emmett también estuvo a punto de hacerlo.

– De acuerdo.

Unos minutos después, estaban ambos sobre la colchoneta que Emmett había comprado, vestidos con pantalones de chándal y camisetas. Linda tenía los ojos brillantes y se había recogido el pelo en una cola de caballo.

– ¿Qué me vas a enseñar? No recuerdo todas las técnicas, pero sé que había muchas. Jujitsu, kárate, taekwondo…