– ¿Qué dices?-Emmett dio un paso hacia la cama-. ¿De qué estás hablando?
– Yo pensaba que esta noche podría ser una mujer de verdad -susurró-, pero lo único que he hecho ha sido sufrir un terrible dolor de cabeza y provocarte una pesadilla.
– Mis sueños no tienen nada que ver contigo -inmediatamente se dio cuenta de cómo debían de haber sonado sus palabras. Se sentó en la cama y buscó su mano-. No pretendía decir eso. No me resulta fácil admitirlo, pero… ha sido una pesadilla. Una pesadilla que tengo muy a menudo, así que no es culpa tuya.
– ¿Por qué te resulta difícil admitirlo? ¿Crees que no tienes derecho a tener tus propios demonios?
– Yo…-suspiró-. Supongo que no quiero que tengan derecho a atraparme.
Linda le apretó la mano.
– Ya sé que los hombres del FBI nunca admiten que son como los demás mortales, pero todo el mundo tiene pesadillas. Eso no significa que seas un hombre débil. Ahora, la débil soy yo.
– ¿Débil? No.
– Incompleta, entonces. Inútil.
– Linda -se acercó más a ella para poder acariciarle la cara -, no puedes decir una cosa así. Y menos cuando la verdad es que me asombran tu fuerza y tu valor. Me he pasado la vida rodeado de hombres duros y, sin embargo, han sido siempre las mujeres las que me han impresionado por su valor.
– Eres muy amable, pero…
– No lo digo por decir. Sé de lo que hablo. Lo que he soñado esta noche, mi pesadilla, tiene que ver con una mujer a la que admiraba. Se ocupaba también del último caso en el que trabajé antes de pedir permiso en el FBI. Se llamaba Jessica Chandler.
– Háblame de ella.
– No.
No había hablado de Jessica con nadie desde que la investigación había terminado. Y aun, cuando todavía estaba en marcha, se había limitado a escuchar lo que otros contaban sobre ella. Había dejado que los padres de la chica le explicaran hasta el más mínimo detalle de su hija.
Sabía cuál era su color favorito, su canción favorita. Su hermana pequeña le había hablado del primer hombre que la había besado. Y su hermano mayor le había hablado del día que había rayado el coche de sus padres y él había dicho ser el culpable. Emmett había conocido a Jessica a través de los ojos de las personas que más la querían.
– No es una historia para contar antes de dormir. No debería haberla mencionado.
– Pero lo has hecho. A lo mejor necesitas hablar de ella.
– No.
– Emmett…
– Sólo tenía dieciocho años -se oyó decir a sí mismo-. ¡Sólo dieciocho años!
– Háblame de ella -susurró Linda-. No pasará nada, de verdad. Quiero que me hables de ella.
A pesar de todos sus esfuerzos, lo invadieron la indignación, la desesperación y la sensación de inutilidad que lo asaltaban cada vez que pensaba en Jessica Chandler. Y quizá por lo reciente de la pesadilla, o quizá por la compasión que reflejaba la voz del Linda, en aquella ocasión las barreras que había erigido para contener el dolor no resistieron. Cerró los ojos con fuerza.
– Volvía a casa de sus padres al salir del trabajo y se paró en el buzón que había al final de la carretera que conducía a su casa. Su hermano encontró su coche allí menos de media hora más tarde. La puerta estaba abierta y su bolso, en el asiento de pasajeros, pero Jessica no aparecía por ninguna parte.
– La habían secuestrado.
– Sí, eso fue lo que concluyó el FBI. Una mujer joven y atractiva desaparecida. En un caso como ése, es difícil conservar la esperanza. Pero su familia no la perdió. Creían en Jessica y en su capacidad para resistir frente a la adversidad.
– Llegaste a conocer a su familia.
– Sí, y a través de ellos, conocí también a Jessica. Cuando comenzó a llamar el secuestrador, yo también pensaba que conseguiría sobrevivir a esa pesadilla. Pero al secuestrador le gustaba jugar con nosotros. No contestaba directamente, Jessica no se ponía nunca al teléfono. Y él sólo hablaba el tiempo suficiente para que no pudiéramos localizar la llamada.
– ¿Y al final lo encontrasteis?
– Tiempo después. Tras haber encontrado a Jessica -abrió los ojos. Estaba a punto de amanecer y una luz perlada inundaba la habitación-. Después de una semana de búsqueda, encontramos a Jessica donde él dijo que estaría. Pero ya no estaba viva. Estaba enterrada a un metro bajo tierra. La había matado dos días antes.
Linda abrazó a Emmett y le hizo apoyar la cabeza en la curva de su cuello.
– Estaba enterrada con una cinta. En una cara estaban grabadas las palabras del secuestrador. En la otra, el mensaje final que le había permitido grabar a Jessica para su familia y amigos.
Linda lo estrechó con fuerza contra ella.
– Eran las palabras más hermosas que puedas imaginarte. Les pedía que no pensaran en las últimas horas de su vida, sino en todo lo que había vivido antes. Las navidades, los cumpleaños, todas las fechas hermosas que habían compartido. Después les cantaba una canción de Simón y Garfunkel. Era increíble. Desafinaba en todas las notas, pero cualquiera que haya oído esa cinta, te diría que parecía estar cantando un ángel.
– Oh, Emmett. Debía de ser una mujer increíble.
– Sí, ya te lo he dicho. Fuerte y valiente. Y no haber sido capaz de salvar a una mujer tan luminosa me envió a las más oscuras profundidades. Pero tú has vuelto a traer algo de luz a mi vida.
– ¿Yo?
– Sí. Tengo tendencia a ver el mundo en blanco y negro: perdedor o ganador, víctima o verdugo…
– Muerto o vivo.
– Dormido o despierto.
– Pero yo te he hecho darte cuenta de que las cosas no son tan sencillas.
– Sí. Estás viva y estás luchando para recuperar la vida que has perdido. Y sé que lo conseguirás. Tu valentía y tu fortaleza me han hecho creer de nuevo en la bondad. En que la bondad puede llegar a ganar.
Linda estaba de nuevo entre sus brazos, en un enredo de sábanas y piel cálida. Emmett la sostuvo contra él, sonriendo ante la fuerza con la que lo abrazaba.
– Creo que es lo más bonito que me han dicho nunca -susurró Linda contra su cuello.
Y aquello fue lo más bonito que habían hecho por él, pensó Emmett. Linda le había hecho sentirse casi humano otra vez.
Sintió que comenzaban a humedecerse bajo su mejilla los largos mechones de Linda y los acarició mientras ella alzaba la cabeza hacia él.
– Lo siento -le dijo-, estás llorando.
– No pasa nada -le acarició la cara-, tú también.
Capítulo 8
Emmett se llevó la mano a la cara con expresión de incredulidad. Y Linda se habría pateado a sí misma por haberle dicho que estaba llorando. A ningún hombre le gustaba que le dijeran una cosa así. Pero a veces su boca parecía ser mucho más rápida que su cerebro. Emmett se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
– No sé si esconder la cara o besarte -dijo con voz ronca.
Alargó la mano para atrapar una lágrima que se deslizaba por el rostro de Linda y ella le besó la palma de la mano.
– Yo prefiero que me beses -susurró.
Emmett le alzó la barbilla con un dedo y presionó los labios contra los suyos con la suavidad de las alas de una mariposa. Después, deslizó la mano por su seno desnudo con inmensa delicadeza. Linda bajó la mirada, sorprendida por su desnudez. La sábana debía de haberse resbalado sin que hubiera sido consciente de ello. Era algo que le ocurría a veces, tenía la cabeza tan ocupada pensando en algo que se olvidaba de todo lo demás.
Pero en aquel momento toda su mente estaba concentrada en ese instante. Contemplaba absolutamente hechizada la enorme mano de Emmett sobre su piel; el pulgar acariciando su pezón endurecido.
– Tienes que continuar respirando, cariño -le dio Emmett.
Linda alzó los ojos hacia los suyos; hacia la llama que iluminaba el iris verde de sus ojos.