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– Tu problema es que te preocupas demasiado.

– No-no era cierto. Y tampoco quería que lo fuera-. De todas formas, tengo la carrera de Derecho, así que probablemente termine haciendo algo relacionado con las leyes.

Linda se quedó en silencio; parecía completamente perdida en sus pensamientos.

– Tengo una idea -dijo al cabo de unos segundos.

– ¿Sobre tu trabajo?

– No, sobre el tuyo.

– ¿El mío?-ni siquiera sabía que estuviera buscando trabajo.

– No te enfades, sólo estoy pensando en tu futuro.

– No me enfado.

Pero sí, sí estaba enfadado. Porque Linda parecía estar tirando de la alfombra que tenía bajo sus pies. Se había despertado preocupado, pensando que tendría que dejarle claro que para ellos no había futuro y, de pronto, allí estaba Linda, intentando decirle lo que debería hacer durante el resto de su vida.

– ¿Quieres saber lo que se me ha ocurrido?

– Supongo que vas a decírmelo de todas formas.

– Bueno, en eso tienes razón. He estado pensando en Ryan, y en que los dos le debemos muchas cosas. Y estaba pensando también en todas las personas a las que Ryan ha ayudado a lo largo de su vida. Lily me contó que a Ryan le habría gustado crear una fundación benéfica, pero que no tuvo tiempo de hacerlo. El caso es que tú puedes hacer algo para remediarlo: puedes sacar adelante la fundación. Ryan te dejó dinero. Sólo hace falta conocer los mecanismos legales. Podría funcionar, Emmett, y estoy segura de que a Lily le parecerá una gran idea.

Emmett apenas podía creer lo atractiva que le parecía la idea.

– Eso significaría quedarme aquí, en Texas -reflexionó.

– Sí, supongo que sí -Linda se sonrojó ligeramente.

¿Porque eso significaba que vivirían en el mismo estado? ¿Estaba pensando en la posibilidad de un futuro para ellos?

– Una fundación como la que estás sugiriendo necesitaría un agente secreto contable. Bueno, a lo mejor no un agente secreto, pero seguro que un contable sí.

Linda alzó la mirada de la taza. Su expresión era insondable. Abrió la boca y Emmett se preparó para oírle pronunciar las palabras que más temía. ¿Qué estaba de acuerdo? ¿Qué no estaba de acuerdo?

Llamaron a la puerta en ese momento y apareció por la ventana el rostro de un niño. Era Ricky.

Gracias a Dios, pensó Emmett, al tiempo que lamentaba la interrupción.

Capítulo 9

Menos de una hora después, Emmett observaba a Linda a través de la ventana de la cocina, jugando al fútbol con Ricky. El niño era un buen jugador y Linda era pésima, pero ambos resolvían con gracia la situación. Bebió otro sorbo de café. A pesar de sus preocupaciones, Linda iba a ser una gran madre. Ya era una gran madre, de hecho.

Sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo, sacó el móvil del bolsillo y marcó un número familiar, pero al que rara vez llamaba. Le contestó una voz dulce y la culpa estuvo a punto de atragantarlo.

– Hola, mamá. Soy yo.

– ¡Emmett! ¡No sabes cuánto me alegro de oírte!

– Por no decirme que ha sido toda una sorpresa, ¿verdad, mamá?-la imaginaba en la cocina, preparándose una taza de té.

– Sí, quizá haya sido una sorpresa, pero eso no elimina el placer de oír tu voz.

A pesar de la voz animada de su madre, Emmett sabía que estaba sufriendo salvajemente por la pérdida de sus dos hijos: Christopher, muerto asesinado, y Jason, cuyos crímenes nadie podía excusar ni explicar.

– ¿Qué tal estás, mamá?

– Intento seguir viviendo, como diría tu padre -suspiró-. Hemos fundado una beca con el nombre de tu hermano en vuestro antiguo instituto.

– Me parece magnífico. Yo estoy pensando en crear una fundación en recuerdo de Ryan.

– ¿Vas a dejar el FBI?

– Sí, creo que sí. ¿No te parece una buena idea?

– Todas tus ideas me han parecido siempre buenas. Eres muy bueno en tu trabajo, pero me preocupa lo que haces. Ahora más que nunca.

– Nunca he estado en peligro, mamá.

– Pero me preocupan tus sentimientos, tu corazón. La oscuridad en la que a veces te has sumido.

– Ya.

Y, por supuesto, su padre le habría contado que lo había encontrado meses atrás en las montañas, intentando ahogar su dolor en alcohol.

– Así que me alegraré de que dejes el FBI.

– Antes voy a encontrar a Jason -cerró los ojos con fuerza, desando no haber tenido que pronunciar el nombre de su hermano.

– También me alegraré de que lo encuentres. No soporto pensar que pueda hacer daño a alguien más.

– No ha sido culpa tuya, mamá, supongo que lo sabes.

– A estas alturas, deberías saber que las madres cargan siempre con todas las culpas, además de repartirlas a diestro y siniestro.

Emmett se echó a reír. Su madre era una mujer increíble. Su dolor era profundo, pero también lo era su amor.

– Me gustaría que conocieras a otra madre muy especial.

– ¿Una mujer especial o una madre especial?-preguntó Darcy Jamison.

– Las dos cosas.

– Supongo que te refieres a Linda, la chica que Ryan te pidió que cuidaras.

– No es una chica, es…-una mujer, le gustaría haber dicho. Pero su madre podría extraer toda clase de detalles de una declaración de ese tipo-. En realidad es mayor que yo. Y su hijo… su hijo te encantaría.

– Parece que a ti te gusta.

– Sí, y supongo que es normal. Tiene diez años, está en el equipo de fútbol, participa en la patrulla de tráfico del colegio y deletrea mejor que yo. Le gusta la pizza hawaiana y llevar las manos sucias.

Su madre se echó a reír.

– Las dos últimas cosas que has dicho me recuerdan a alguien.

La risa de su madre era como un bálsamo para las heridas de los últimos meses. La noche anterior, Linda había comenzado a sanarlas, pero aquel reencuentro con su madre también le estaba ayudando.

– Deberías venir a hacerme una visita. Lily está organizando una gran reunión familiar para fin de mes.

– Oh, Emmett, no estoy segura.

– Tienes que venir, mamá, quiero que conozcas a Ricky. A él le vendría bien una…

– ¿Abuela?

Emmett se quedó helado. ¿En qué estaba pensando? Si su madre era la abuela de Ricky, entonces, él sería… su padre. ¿Y de verdad estaba considerando aquella posibilidad?

El niño irrumpió en aquel momento en la cocina, seguido por Linda. Emmett se apoyó en el refrigerador mientras fijaba en ella la mirada. Para ser padre de Ricky, antes tendría que ser… marido de Linda. ¿Pero en qué demonios estaba pensando?

– ¿Emmett?-era la voz de su madre.

Emmett sacudió la cabeza.

– Sí, sigo aquí, mamá.

– ¿Cuál es la tarta favorita de ese niño?

– No lo sé, espera -le tendió el teléfono a Ricky-. Tienes una llamada, campeón.

– ¿Yo?

– Sí, quieren hacerte una pregunta sobre tartas. Y procura ser educado, porque vas a hablar con mi madre.

– ¿Diga?-preguntó el niño en cuanto tomó el teléfono.

Linda estaba mirando a Emmett.

– ¿Qué es todo esto?

Aquello era lo que podría terminar pasando entre ellos. Lo que él todavía no se atrevía ni a imaginar que podría pasar entre ellos. Pero allí estaba, sonriendo otra vez, y se descubrió caminando hacia ella, agarrándola de la barbilla y haciéndole alzar el rostro para darle un beso.

– ¡Que está Ricky!-susurró Linda asustada.

Pero Ricky estaba de espaldas a ellos, hablando de tartas de manzana y de melocotón.

– En este momento está muy concentrado -contestó Emmett, buscando otro beso-. Tardará años en poder pensar en postres y en besos al mismo tiempo.

Linda retrocedió. Parecía confundida. Y la verdad era que también él lo estaba. No se había sentido tan contento en toda su vida.