Hoy es lunes. Hiciste el amor con Emmett hace tres días, pero desde entonces apenas te habla. No te pongas en ridículo y no te muestres demasiado amistosa. ¡Y deja de usar su jabón!
Linda revisó lo que había escrito en su libreta antes de dirigirse a la cocina. Aquella mañana, en el cuarto de baño, había procurado acordarse de no tocar las cosas de Emmett. Bueno, reconocía que había abierto el champú para apreciar su fragancia, pero había vuelto a cerrarlo rápidamente. Las tentaciones no le sacaban lo mejor de sí misma. Pero incluso una persona que había sufrido una lesión cerebral tenía su orgullo, y Emmett había dejado muy clara su postura con su actitud: ya no la deseaba.
Pero ella necesitaba un café, así que cuadró los hombros y se dirigió a la cocina. Como era habitual, encontró a Emmett sentado a la mesa, leyendo el periódico de San Antonio. Le dirigió la más radiante de sus sonrisas.
– ¡Buenos días!
Emmett le contestó con un hosco gruñido. No se había afeitado y tenía el ceño fruncido. Linda cerró los ojos con fuerza y se alejó de él.
– ¿Te duele la cabeza?-le preguntó Emmett.
– ¿Qué?
– He visto que apretabas los ojos y he pensado que a lo mejor te dolía la cabeza.
Linda tenía la sensación de que ni siquiera había levantado la mirada del periódico.
– No, no me duele la cabeza. Estoy un poco nerviosa, eso es todo.
– Últimamente no hemos hecho ejercicio.
No, no habían hecho ejercicio. Y Linda imaginaba que era porque Emmett prefería mantenerse todo lo alejado de ella que le resultara posible. Pero no iba a preocuparse por eso. Tenía cosas más importantes en las que pensar.
Emmett se llevó la taza a los labios. Los músculos de sus brazos se tensaron bajo la camiseta y Linda los observó fascinada, preguntándose lo que sería sentir aquellos músculos contra su boca… Hacer el amor con él parecía haberle mejorado la memoria. No podía olvidar lo maravilloso que había sido sentirlo bajo sus manos, sentirlo en el interior de su cuerpo…
– ¿Linda?
Linda parpadeó y advirtió que Emmett la observaba preocupado.
– ¿Sí?
– ¿Quieres que hagamos unos ejercicios de autodefensa esta mañana?
– Claro, ¿por qué no? ¿Qué te parece si empezamos ahora?
Se encontraron frente a frente en la colchoneta. Linda sólo había tomado media taza de café, pero había sido más que suficiente para poner todo su cuerpo en tensión.
– ¿Estás preparada?-le preguntó Emmett.
Linda lo fulminó con la mirada, irritada por lo atractivo que lo encontraba y lo mucho que le molestaba que él no se sintiera atraído hacia ella.
– Intenta venir por mí.
Emmett la miró con el ceño fruncido.
– ¿No te he dicho que no tienes que adoptar esa actitud agresiva? Lo primero que tienes que hacer es evitar las situaciones peligrosas.
Era una pena. Porque en aquel momento se sentía de lo más agresiva. Un hombre no debería decirle a una mujer que era su luz, hacer el amor de una forma perfecta y después comportarse como si fuera un desconocido. Inclinó ligeramente las rodillas y cerró los puños.
– Ven por mí -repitió.
– Detecto cierta hostilidad, ¿qué te pasa?
– Sabrás lo que es la hostilidad cuando intentes tirarme, Emmett. Estoy de humor para ello.
Estaba herida, confundida, desilusionada, frustrada. Sí, realmente frustrada. Pero si él podía comportarse como si nada hubiera pasado, ella también podría.
Emmett se encogió de hombros.
– Muy bien.
Se abalanzó hacia ella con un rápido movimiento, la agarró de la coleta y tiró. Linda recordó lo que tenía que hacer, a pesar de la subida de adrenalina. No retroceder, seguir el movimiento de su atacante y girar hacia él. De modo que se volvió para no perder el equilibrio y, al mismo tiempo, le clavó el codo en las costillas. Emmett gimió y la soltó.
– ¿Qué tal lo he hecho?-preguntó Linda jadeante.
– ¿No te han dicho nunca que eres una mujer muy huesuda?
– Quejica. ¿Cómo lo he hecho?
– Genial -reconoció Emmett.
– Entonces vamos a hacerlo otra vez.
– ¿Habré creado un monstruo?-se preguntó Emmett, mirándola de reojo.
– Vamos, Emmett.
Emmett rodeó la colchoneta y ella se tensó, pendiente de lo que podía estar planeando. Estaba orgullosa de sí misma y quería demostrarle que podía ser tan dura y fría como él. Emmett jamás podría imaginar que, si se lo permitiera, le bastaría con observar el juego de sus músculos bajo la camiseta para perder la concentración.
Pensar en sus músculos fue su perdición, porque Emmett, con un movimiento rápido, le pasó el brazo por debajo de la cabeza y tiró de ella hacia abajo.
Linda sabía que no tenía que resistirse a su atacante, sino aprovechar la dirección de su fuerza a su favor. La técnica consistía en seguir el movimiento. De modo que colocó ambas manos entre su propio cuello y el brazo de Emmett. Tenía que lanzarle el brazo hacia delante para aflojar la presión que ejercía sobre su cuello.
La teoría estaba bien. La había probado en otras ocasiones. Pero en aquel momento se quedó helada en medio de su abrazo, estrechada contra la dura pared de su pecho. Oía los latidos de su corazón contra su oído. Su esencia, aquel jabón que ella había utilizado y el champú que le gustaba oler en la ducha la envolvían con la misma fuerza de su brazo. Le encantaba el olor de Emmett.
– ¿Estás bien?-le preguntó Emmett, aflojando el brazo.
– ¡No me sueltes! Dame un minuto, puedo hacerlo. Estoy segura de que puedo apartarme de ti.
Pero, ¿y si no quería hacerlo? ¿Y si lo que le apetecía era continuar abrazada él, sintiendo cómo la rodeaban su calor y su fuerza?
– Emmett…
– Linda…
Hablaron los dos al mismo tiempo. Emmett comenzó otra vez.
– Quizá no deberíamos…
– Puedo hacerlo -claro que podría.
Tensó el brazo de Emmett sobre su cuerpo mientras intentaba empujarlo de un codazo. Pero Emmett no se movió. Frustrada, intentó empujarlo con el hombro, con un movimiento espontáneo que no tenía nada que ver con las técnicas aprendidas. Pero, de alguna manera, funcionó, porque consiguió hacerle perder el equilibrio. Cayeron los dos en la colchoneta.
– ¿Te has hecho daño?-le preguntó Emmett.
– Yo no, ¿y tú?
– Tampoco.
Pero ninguno de ellos se movía. Linda no tenía la menor idea de por qué Emmett permanecía tumbado, pero estaba realmente estupefacta, porque había una cosa de la que, en aquella postura, tenía una certeza absoluta: Emmett no era tan inmune a su contacto como pretendía.
Capítulo 10
Quizá la caída en la colchoneta podría haberlos llevado a alguna parte, pero Ricky eligió ese momento para llamar a la puerta. Estaba a punto de ir al colegio y pasaba por casa para despedirse. Lo había estado haciendo últimamente y aquel día quería que su madre le firmara el permiso para una salida escolar.
– ¿Permiso para qué?-preguntó Linda, mirando el papel con el ceño fruncido.
– Vamos a ir a una librería para oír la conferencia de un escritor. Será muy aburrido, pero si no voy, tendré que quedarme otra vez con los de tercero haciendo multiplicaciones todo el día.
– ¿Cinco por tres?
– Quince.
– ¿Siete por ocho?
Ricky elevó los ojos al cielo.
– Cincuenta y seis.
– Muy bien, puedes ir a la librería.
Ricky se quedó un rato por allí. Linda le ofreció una tostada, pero él prefirió cambiar la manzana que llevaba en la cartera por uno de los plátanos del mostrador. Tomó a escondidas un par de galletas, pero Linda fingió no verlo.
Al final, lo acompañó hasta la puerta y lo observó marcharse con la actitud confiada de un niño que llevaba dos galletas extras en el bolsillo y tenía una excursión al día siguiente.