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– Sí, mi profesora me ha dicho que la llames para asegurarle que podía comprar el almuerzo aunque no llevara dinero.

– Mañana te daré el dinero -alargó la mano hacia la bolsa del almuerzo y se la tendió-. ¿Quieres comer ahora algo de esto?

– ¿Qué es?

– El almuerzo que te he preparado cuando te has ido de casa.

– ¿Y por qué no me lo has llevado al colegio?

– Ya sabes que no puedo conducir.

Ricky buscó las galletas inmediatamente.

– ¿Dónde está Emmett?-preguntó con la boca llena-. Tengo que hacer deberes de matemáticas.

– No está, pero puedo ayudarte yo.

– Esperaré a que vuelva.

– Emmett… no volverá. Ha tenido que… ha tenido que irse a vivir a otra parte.

– ¿Adónde?

– No estoy segura.

Ricky dejó el resto de la galleta en la mesa y se volvió de espaldas a ella.

– Yo iba a invitarlo a una cosa.

– Bueno -Linda tragó saliva con dificultad-, cuando vuelvan Nan y Dean, a lo mejor podemos averiguar…

– ¡Pero es para mañana por la noche!

– ¿Y qué pasa mañana por la noche?

– Se celebra la barbacoa padre-hijo.

– Bueno, pero estoy segura de que no hace falta que lleves a un padre.

– ¡Claro que hace falta!-la miró furioso por encima del hombro-. Quería haberlo invitado anoche, pero…

Pero no se atrevió, terminó Linda en silencio por él. Quizá eso explicara por qué había suplicado quedarse levantado hasta tarde, y por qué había estado de tan mal humor aquella mañana. Quería que Emmett fuera al colegio con él, pero no había tenido valor para pedírselo.

– ¿Y por qué se ha ido?

– Bueno…-¿cómo podía explicárselo?-. En realidad estaba conmigo para hacerle un favor a Ryan. Y, a veces, los adultos…

– Lo has estropeado todo, ¿verdad? Es eso, ¿a que sí? ¡Siempre lo estropeas todo!

Linda cerró los ojos.

– No pretendía hacerlo. Ricky, yo no he elegido nada de esto. Yo nunca quise…

– ¿Qué? ¿Tenerme?

Aquellas palabras se deslizaron en su corazón como la fría y letal hoja de un cuchillo. No, no. Ya era suficientemente terrible pensarlo, pero oírselo decir a su hijo…

– Eso no es cierto.

No era cierto. Claro que no era cierto. En realidad no era que no quisiera tenerlo, lo que no quería era fallarle.

– Pues yo tampoco te he querido nunca -le espetó Ricky antes de salir corriendo de la casa-. ¡Ojala no te hubieras despertado nunca!

Linda cerró los ojos. Su vida era un fracaso. Un completo y auténtico fracaso. ¿Cómo iba a poder arreglar todo lo que había roto aquel día?

Oyó que la puerta volvía a abrirse. Y por un instante tuvo miedo de atreverse a esperar que fuera Emmett.

– ¿Mamá?-oyó preguntar al pequeño con un hilo de voz.

Linda abrió los ojos inmediatamente. Ricky había vuelto, sí, pero obligado por un desconocido que lo estaba apuntando con una pistola.

– ¿Quién es usted?-le preguntó Linda inmediatamente-. ¿Y qué hace con mi hijo? ¿Qué es lo que quiere?

– Quiero un yate y una casa en una playa de Tahití. Pero me temo que para eso tendré que esperar -le guiñó un ojo-. Ahora mismo, quiero a Emmett.

Oh, Dios santo.

– No está aquí.

– No, ya he visto que no está su coche -le dio una patada a una silla y empujó a Ricky para que se sentara-. Pero volverá.

Jason. Aquel desconocido era Jason Jamison. Linda tragó saliva.

– No, no volverá. Se ha ido esta mañana para siempre. Y no sé adonde.

Jason frunció el ceño.

– No me gustan las mentirosas, y menos si son rubias y tontas -le hizo un gesto con la mano-. Siéntate tú también, cariño. Esperaremos juntos a que Emmett vuelva.

Emmett consideró la posibilidad de dirigirse hacia la frontera de Texas y no volver nunca más. Podría buscar el rincón más profundo y oscuro de la Tierra y enterrarse allí para siempre. La cabaña de las montañas de Sandia, sí, eso podría funcionar. Era consciente de la promesa que le había hecho a su padre, pero eso había sido antes de perder a Linda. Antes de que la luz hubiera desaparecido de su vida.

Al advertir que se estaba quedando sin combustible, se acercó a una gasolinera. Y fue entonces cuando advirtió que estaba en Red Rock. Por alguna extraña razón, había conducido hasta las amadas tierras de Ryan. Le tendió las llaves del coche al joven que atendía la gasolinera y salió a estirar las piernas.

– ¿Es usted de aquí?-le preguntó el muchacho.

– No, la verdad es que descubrí este lugar gracias a Ryan Fortune.

– ¡El señor Fortune!-el chico sonrió-. Lo conocí. Solía venir aquí a echar gasolina. Y cuando se enteró de que se me daban muy bien las matemáticas, pero estaba pensando en dejar el instituto, me convenció de que no lo hiciera.

– Algo muy propio de él.

– E hizo algo más. Mi padre se había ido de casa y mi madre había perdido su trabajo. Por eso yo quería dejar de estudiar, para poder trabajar más horas en la gasolinera. Pero el señor Fortune le encontró un trabajo a mi madre.

– Así que pudiste seguir estudiando.

– Sí, la semana que viene me gradúo, he conseguido una plaza en la universidad y el señor Fortune continúa ayudándome. Me ha dejado pagados cuatro años de estudios.

Así era Ryan. Y ésa era la clase de labor que Emmett y Lily pretendían continuar haciendo con la fundación.

– ¿Y sabe lo que me hizo prometerle a cambio? Me pidió que, durante el resto de mi vida, ayudara a otros cuando tuviera oportunidad de hacerlo. Todavía no sé qué voy a hacer, pero recordaré a Ryan Fortune durante toda mi vida. Y el día que haga mi primera buena acción, estoy seguro de que él lo sabrá.

Emmett sintió una presión creciente en la cabeza y recordó a Lily diciéndole: «Te aprecio, Ryan y yo queremos que seas feliz, que aprendas a vivir el momento, a disfrutar de la vida».

Y él estaba haciendo justo lo contrario de lo que Ryan le había pedido que hiciera: cuidar a Linda y a Ricky. Eso no estaba bien. Había hecho una promesa. Si Linda no quería otra cosa de él, por lo menos podía ofrecerle su protección.

– Son cuarenta dólares y setenta centavos, señor.

Emmett abrió los ojos y buscó la cartera en el bolsillo.

– ¿Y ahora tu madre está bien?

– Sí, gracias, señor. Cuando mi padre se fue, todo la sobrepasaba. Solía decir que era un fracaso como mujer y como madre. Supongo que estaba asustada.

Mientras esperaba a que le dieran el cambio, las palabras del chico continuaban resonando en su cabeza. ¿Sería eso lo que le pasaba a Linda? ¿Estaría asustada?

– Pero el señor Fortune le dio esperanzas -continuó el chico-. Lo que hizo le demostró que tenía fe en ella.

Así era como le había fallado él a Linda. Cuando necesitaba que le diera confianza, había salido huyendo, en vez de quedarse a su lado para apoyarla. Cuando la había visto cuestionarse a sí misma como mujer y como madre, no había hecho nada para demostrarle su fe en ella.

– El cambio, señor.

Emmett se volvió hacia el chico, que regresaba de la máquina registradora. El sol le deslumbraba y, a contra luz, la silueta del chico parecía una oscura forma que se parecía extrañamente a Ryan.

– No te preocupes -musitó Emmett-. Acabo de comprenderlo, tengo que volver con ella.

– ¿Perdón, señor?

Emmett sacudió la cabeza.

– ¿Te acuerdas de la promesa que le hiciste al señor Fortune? Pues acabas de hacer tu primera buena acción. Y estoy seguro de que Ryan lo sabe.

Capítulo 13

Los sentimientos fluían en el interior de Linda: miedo, ansiedad, más miedo. Le impedían pensar y anulaban su intuición. Sólo era capaz de quedarse mirando fijamente a aquel hombre de pelo oscuro que sostenía una pistola contra la cabeza de Ricky mientras ella se sentaba lentamente en la cocina.