Выбрать главу

– He dicho que nunca atraparás a Emmett.

¿Por qué demonios lo estaría provocando?, se preguntó Emmett. Pero la respuesta era muy sencilla: para que Ricky tuviera tiempo de huir.

– Tú mismo dijiste que eres como tu abuelo Farley. Y eres como él porque los dos sois unos perdedores. Unos perdedores patéticos.

– Cierra la boca, rubia. ¡Cierra la boca!

La agarró de la camisa y la levantó.

– Y no intentes pellizcarme otra vez, zorra -y le dio un bofetón.

Emmett se abalanzó entonces hacia él, lo agarró del brazo y le dio un puñetazo en la mandíbula. Jason soltó un grito propio de un rinoceronte furioso y estuvo retorciéndose hasta lograr liberarse de la sujeción de Emmett. Pero en vez de enfrentarse entonces a su hermano, el muy mezquino se volvió hacia Linda otra vez.

Emmett saltó hacia Jason y lo agarró del cuello. Los dos hombres comenzaron a girar, cada uno de ellos con las manos en el cuello del otro, intentando arrebatarse la vida. Pero Emmett no sentía los dedos que su hermano hundía en su cuello. No sentía nada, salvo una determinación implacable.

Quería acabar con Jason por el bate de béisbol y el juego de cartas que les había roto con fría crueldad cuando eran niños; quería acabar con Jason por Christopher. Y por Lily, y por Linda, y por Ricky. Por Ryan y por todos aquellos a los que su hermano había hecho daño. Y por Jessica Chandler y por…

El sonido de un sollozo penetró en sus pensamientos. Alguien lo estaba agarrando del codo. Volvió la cabeza. Era Linda.

– No lo mates -estaba llorando, las lágrimas empapaban su rostro-. Está inconsciente, Emmett, no tienes por qué matarlo.

Emmett parpadeó y miró de nuevo a su hermano. Tenía los ojos cerrados y las manos caídas a ambos lados del cuerpo.

– Si lo matas, jamás te lo perdonarás, Emmett. Por favor…

Emmett soltó lentamente a su hermano y lo observó caer al suelo.

«Si lo matas, jamás te lo perdonarás». Escuchaba en su mente las palabras de Linda. Era extraño. Porque lo que él se preguntaba era si alguna vez se perdonaría no haber matado a Jason.

Unas horas después, Emmett llamaba a su familia para darles la noticia. No sabía quién prefería que se pusiera al teléfono. Cuando oyó la voz de su padre al otro lado de la línea, continuó sin saberlo. ¿Sería más fácil darle aquel tipo de información a su madre?

– Buenas noticias. Tenemos a Jason en la cárcel.

– ¿Está vivo?-preguntó su padre con la voz atragantada.

– Sí, y está confesándolo todo con la esperanza de que puedan rebajarle la pena.

– ¿A qué tipo de acuerdo pueden llegar?

– Como mucho, retirarán la petición de pena de muerte.

– ¿Ha… ha herido a alguien antes de que lo detuvieran?

A Linda, a Ricky, a él.

– No ha muerto nadie. Pero ha aterrorizado a un niño de diez años y a su madre han tenido que llevarla al hospital. Jason venía por mí y ha atacado a Linda, la mujer a la que estaba protegiendo. Ha intentado estrangularla y le ha dado un golpe en la cabeza. Ahora está en el hospital, le están revisando las heridas.

– Esto no va a terminar nunca -dijo su padre con la voz entrecortada.

– No, papá, esto acaba de terminar.

– Esa mujer, Linda, ¿es la misma para la que tu madre ha estado perfeccionando sus recetas?

– Sí, Linda es la madre de Ricky.

– Bueno, pues dile que sentimos mucho lo que ha pasado, ¿de acuerdo? Y dile también que estamos rezando para su perfecta recuperación.

– Se lo diré.

Pero no era cierto. No volvería a hablar con ella nunca más. Su relación con ella también había terminado.

Capítulo 14

Sin embargo, Emmett descubrió que solo no se encontraba bien. Aunque se había prometido no volver a ver a Linda, tenía que ir al hospital para asegurarse de que estuviera bien. Llamó a su primo Collin para encontrarse con él allí.

Y fue el rostro de su primo lo primero que vio cuando se abrieron automáticamente las puertas del hospital.

– Es una gran noticia saber que Jason está donde debería haber estado hace mucho tiempo -le dijo su primo mientras le estrechaba la mano con cariño.

– Sí, una gran noticia.

– Lucy se ha adelantado, me ha dicho que Linda está en el tercer piso.

– ¿Y te ha dicho cómo está? Si supiera el diagnóstico, no tendría por qué subir.

Collin se dirigía ya a grandes zancadas hacia el ascensor.

– No me lo ha dicho. Lo único que me ha dicho es que está en el tercer piso y allí es donde vamos.

Emmett hundió las manos en los bolsillos y lo siguió. Sabía que no tenía por qué estar allí, pero sus pies se negaban a dar media vuelta y volver hasta el coche.

La subida en el ascensor fue breve, y el camino por el tercer piso del hospital más breve todavía. En el instante en el que abrió la puerta de la habitación, alguien gritó su nombre.

– ¡Emmett!-un niño corrió hacia él y se abalanzó a sus brazos.

Emmett apenas había tenido tiempo de agarrarlo cuando el niño ya estaba rodeándole el cuello con los brazos como si no quisiera dejarlo marchar.

– Sabía que vendrías. ¡Sabía que vendrías!

Por encima de la cabeza del niño, Emmett se encontró con la mirada de una mujer policía.

– Ya le han hecho un chequeo a Ricky y está perfectamente -le aclaró al ver su expresión interrogante-. Todavía estamos esperando a tener noticias de su madre.

– Ella también se pondrá bien -se descubrió Emmett susurrando contra el pelo del pequeño-. Tu madre se va a poner bien, te lo prometo.

– Eso es lo que han dicho Nan y Dean.

– ¿Están por aquí?

Ricky negó con la cabeza.

– Están intentando encontrar un avión. Han dicho que vendrán mañana por la mañana.

Emmett miró hacia la ventana. Acababa de caer la noche.

– Vamos a sentarnos, campeón -se sentó en una silla, con el niño en su regazo-. Tengo que presentarte a mi primo, se llama Collin y trabaja para la CIA.

– ¿En serio?-el niño alzó la mirada hacia Collin y pareció recordar entonces los buenos modales-. Me alegro de conocerlo, señor -le tendió la mano.

Collin se la estrechó y se sentó a su lado.

– Ya me he enterado de lo que te ha pasado hoy, Ricky. Cuando crezcas, nos gustaría poder contar con hombres como tú. Necesitamos gente capaz de enfrentarse a situaciones peligrosas sin perder la cabeza.

– ¿Sí?-Ricky se volvió hacia Emmett-. ¿A ti qué te parece?

Lo que a Emmett le parecía era que jamás había sentido nada tan agridulce como la mirada de admiración de aquel niño. Dulce porque con aquella mirada le estaba diciendo que podía llegar a quererlo. Amarga porque sabía que era una mirada que no se merecía.

– Creo que cuando llegue el momento de hacerlo, sabrás tomar la mejor decisión, Ricky.

– ¿Tienes hambre, Ricky?-le preguntó Collin-. Mi novia trabaja aquí y sabe lo que está más rico de la cafetería. Si quieres, podemos bajar a comer algo.

– No, tengo que esperar aquí con Emmett. Los médicos van a venir a decirme cómo está mi madre.

– Vaya, ya veo que tendréis que esperar aquí, juntos.

Emmett fulminó a Collin con la mirada.

– A lo mejor puedes localizar a Lucy y ver si puede conseguirnos más información. Collin, me gustaría salir cuanto antes de aquí.

– Pero Emmett, no podemos irnos hasta que sepamos cómo está mi mamá -repuso Ricky, abrazándolo con fuerza.

Emmett no sabía qué contestar a eso.

– De momento me quedaré aquí, Ricky -le palmeó cariñosamente el hombro-. De momento me quedaré aquí.

Collin se levantó y sacudió la cabeza mientras fijaba la mirada en su primo y en el niño que se abrazaba a él.

– Tu madre daría algo por ver una foto como ésta -susurró.

Ricky se acurrucó contra Emmett.

– Me está haciendo una tarta -dijo con voz somnolienta-. A Emmett y a mí nos gustan las mismas tartas.