Explicó que los nuevos videntes se dieron cuenta de que sus visiones obsesivas, aquellas que eran prácticamente imposibles de concebir, coincidían con el movimiento de sus puntos de encaje a profundas regiones en la banda del hombre.
– Esas son visiones del lado oscuro del hombre -aseguró.
– ¿Por qué lo llama usted el lado oscuro del hombre? -pregunté.
– Porque es nuestro lado sombrío y nefasto -dijo-. No es tan sólo lo desconocido, sino lo que nadie quiere conocer.
– ¿Qué pasa con las emanaciones que están dentro del capullo, pero fuera de los límites de la banda del hombre? -pregunté-. ¿Pueden percibirse?
– Sí, pero de maneras verdaderamente indescriptibles -repuso-. No son lo desconocido humano, como en el caso de las emanaciones desechadas en la banda del hombre, sino lo desconocido casi inconmensurable, donde las características humanas no figuran para nada. En realidad es un área de tan abrumadora inmensidad que los videntes más extraordinarios se verían en dificultades para describirla.
Insistí una vez más que a mí me parecía que el misterio, obviamente, radica dentro de nosotros.
– El misterio queda afuera de nosotros -dijo-. En nuestro interior sólo tenemos emanaciones que intentan romper el capullo. Y, de una manera u otra, este hecho nos aberra, ya seamos hombres comunes o guerreros. Sólo los nuevos videntes pueden superar esto. Luchan por ver. Y a través de los desplazamientos de sus puntos de encaje, llegan a darse cuenta de que el misterio es percibir. No tanto lo que percibimos, sino lo que nos hace percibir.
"Te he mencionado que los nuevos videntes creen que nuestros sentidos son capaces de captar todo. Creen esto porque ven que es la posición del punto de encaje la que dicta lo que perciben nuestros sentidos.
"Si el punto de encaje alinea otras emanaciones interiores, diferentes a las normales, los sentidos humanos perciben de maneras inconcebibles."
VIII. LA POSICIÓN DEL PUNTO DE ENCAJE
Don Juan reanudó nuevamente su explicación en su casa en el sur de México. La casa, era propiedad de todos los miembros del grupo del nagual, pero Silvio Manuel oficiaba como dueño y todos se referían abiertamente a ella como la casa de Silvio Manuel. Yo, por alguna razón me había acostumbrado a llamarla la casa de don Juan.
Don Juan, Genaro y yo habíamos regresado ese día tras un arduo viaje a las montañas. Mientras descansábamos, después de la larga jornada, le pregunté a don Juan cuál era la razón de tan curioso engaño. Me aseguró que no se trataba de ningún engaño, y que llamarla la casa de Silvio Manuel era un ejercicio del arte del acecho que todos sus compañeros debían practicar bajo cualquier circunstancia, incluso en lo privado de sus propios pensamientos. Que alguno de ellos, insistiera en considerarla de otra manera era equivalente a negar sus lazos con el resto de sus compañeros.
Me pareció que se estaba refiriendo a mí y protesté que yo jamás había sabido eso. Le aseguré qué yo no quería causar discordia alguna con mis hábitos.
– No te preocupes por eso -dijo sonriéndome y dándome palmadas en la espalda-. Puedes llamar a esta casa como se te dé la gana. El nagual tiene autoridad. Por ejemplo, la mujer nagual la llama la casa de las sombras.
Nuestra conversación fue interrumpida, y no lo vi hasta que me mandó llamar al patio trasero un par de horas después.
Él y Genaro deambulaban por el extremo lejano del corredor; los veía gesticular con las manos como si estuvieran envueltos en una animada conversación.
Era un día claro y soleado. El sol de media tarde brillaba directamente sobre unas macetas de flores que colgaban de los aleros del techo alrededor del corredor, y proyectaba sus sombras en las paredes del norte y el este del patio. Era asombrosa la combinación de la luz solar intensamente amarilla, las abultadas sombras negras de las macetas y las delicadas sombras de las frágiles plantas en flor que crecían en ellas. Alguien con un agudo sentido del balance y la composición pictórica había podado esas plantas para crear un efecto de exquisita sencillez.
– La mujer nagual ha hecho eso -dijo don Juan como si leyera mis pensamientos-. Por las tardes contempla esas sombras.
La idea de que ella contemplara esas inquietantes sombras tuvo un efecto devastador en mí. La intensa luz amarilla de esa hora, la quietud del pueblo aquel, y el cariño que yo sentía por la mujer nagual evocaron, en un instante, toda la soledad del interminable camino del guerrero.
Don Juan definió el curso de ese camino cuando me dijo que los nuevos videntes son los guerreros de la libertad total, que su única búsqueda es la liberación final que se presenta cuando alcanzan la conciencia total. Al mirar esas perturbadoras sombras en la pared, entendí con perfecta claridad lo que hacía decir a la mujer nagual que el leer poemas en voz alta era el único desasosiego que su espíritu tenía.
Recordé que el día anterior ella me había leído algo, ahí en el patio, pero yo no había entendido toda su urgencia, su añoranza. Era un poema de Juan Ramón Jiménez, "Hora inmensa". Me confesó que sintetizaba para ella la soledad que los guerreros vivían, en su afán de escapar hacia la libertad.
Sólo turban la paz una campana, un pájaro…
Parece que los dos hablan con el ocaso.
Es de oro el silencio. La tarde es de cristales.
Mece los frescos árboles una pureza errante.
Y, más allá de todo, se sueña un río límpido
que, atropellando perlas, huye hacia lo infinito…
– ¿Qué es lo que realmente estamos haciendo, don Juan? -pregunté-. ¿Es posible que los guerreros se preparan solamente para la muerte?
Don Juan y don Genaro me miraron con una expresión de sorpresa.
– De ninguna manera -me dijo don Juan tocándome suavemente el hombro-. Los guerreros se preparan para tener conciencia, y la conciencia total sólo les llega cuando ya no queda en ellos nada de importancia personal. Sólo cuando son nada se convierten en todo.
Guardamos silencio durante un momento. Don Juan me preguntó si era mi situación lo que me ponía triste. No contesté porque no estaba seguro.
– No estás arrepentido de estar aquí, ¿verdad? -preguntó don Juan con una vaga sonrisa.
– Claro que no -le aseguró Genaro. Durante un momento, pareció dudar. Se rascó la cabeza, me miró y arqueó las cejas-. ¿A poco lo estás? -me preguntó-. ¿Lo estás?
– Claro que no -le aseguró esta vez don Juan a Genaro. Repitió el mismo gesto de duda, rascándose la cabeza y arqueando las cejas-. ¿A poco lo estás? -me preguntó-. ¿Lo estás?
– ¡Claro que no! -exclamó Genaro en voz resonante, y los dos explotaron en risas incontrolables.
Cuando se calmaron, don Juan dijo que la importancia personal es la fuerza detrás de todo ataque de melancolía. Agregó que los guerreros tienen derecho a sentir estados de profunda tristeza, pero que la tristeza les viene solamente para hacerlos reír.
– Genaro te va a demostrar algo que es más estimulante que toda tu pinche tristeza -prosiguió don Juan-. Tiene que ver con la posición del punto de encaje.
De inmediato Genaro empezó a caminar alrededor del corredor, arqueando la espalda y levantando los muslos hasta el pecho.
– El nagual Julián le enseñó cómo caminar de esa manera -me dijo don Juan susurrando-. Se llama el paso de poder. Genaro conoce varios pasos de poder. ¡Míralo atentamente!
En verdad, los movimientos de Genaro eran hipnóticos. Me encontré siguiendo sus pasos, primero con mis ojos y después, irresistiblemente, con mis pies. Imité su manera de caminar. Le dimos una vuelta al patio y nos detuvimos.