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Mientras caminaba, imitando a Genaro, noté la extraordinaria lucidez que cada paso me aportaba. Al detenernos, mi destreza física y mental, habían adquirido matices excepcionales; podía oír todos los ruidos; percibía hasta los más insignificantes cambios en la luz o en las sombras a mi alrededor. Me sentí presa de un sentimiento de urgencia, de acción inminente; tenía la sensación de ser extraordinariamente agresivo, musculoso, atrevido. Vi frente a mí una enorme extensión de tierra plana; justo a mis espaldas, vi un bosque. Gigantescos árboles formaban una línea recta, como un muro descomunal. El bosque era oscuro y verde; la llanura era amarillenta, bañada por el sol.

Respiraba yo de un modo insólito, pero no de manera anormal. Y era el ritmo de mi profunda y extrañamente acelerada respiración el que me obligaba a mover las piernas. Quería echarme a correr, o más bien mi cuerpo quería hacerlo, pero justo cuando iba a partir algo me detuvo.

Repentinamente, don Juan y Genaro estaban a mi lado. Caminamos juntos por el corredor, con Genaro a mi derecha. Me dio un leve empujón con el hombro. Sentí el peso de su cuerpo empujándome ligeramente hacia la izquierda. Seguimos, en ángulo, directamente a la pared oriental del patio. Durante un momento tuve la certeza de que íbamos a travesarla e incluso me preparé para el impacto, pero nos detuvimos justo cuando la punta de mi zapato y la punta de mi nariz tocaban la pared.

Mientras mi nariz aún estaba pegada contra ella, ambos me examinaron con gran cuidado. Yo sabía lo que buscaban: querían asegurarse de que mi punto de encaje se había movido. Y yo estaba seguro de que se había desplazado porque mi estado de ánimo había cambiado. Obviamente, ellos también lo sabían. Me tomaron de los brazos muy levemente y, en silencio, caminaron conmigo al otro lado del corredor hacia un oscuro y estrecho pasillo que unía al patio con el resto de la casa. Ahí nos detuvimos.

Don Juan y Genaro se alejaron a unos metros de mí, y yo quedé encarando el lado de la casa que estaba envuelto en sombras. Miraba al interior de un cuarto vacío y oscuro. Tenía una sensación de cansancio físico. Me sentía lánguido, indiferente, y sin embargo estaba repleto de una gran fuerza espiritual. Me di cuenta entonces de que había perdido algo. No había energía física en mi cuerpo. Apenas podía mantenerme de pie. Finalmente mis piernas cedieron y me senté. Luego me tendí sobre un costado, y me acosaron allí los más piadosos y serenos sentimientos de amor a Dios, y a la bondad, y al bien.

De repente, me hallé frente al altar mayor de una iglesia. Los bajos relieves cubiertos de hoja de oro centelleaban a la luz de miles de velas. Vi las formas oscuras de hombres y mujeres que llevaban en andas a un enorme crucifijo. Me moví a un lado para quitarme de su paso y salí de la iglesia. Había allí una multitud de gente, un mar de velas que venía hacia mí. Me sentí exaltado. Corrí a unirme con ellos. Me impulsaba un amor sin límite. Quería estar con ellos, para rezarle al Señor. Estaba a escasos metros de la crasa de gente cuando algo me sacó de allí de un tirón y me regresó al corredor.

Don Juan y Genaro me ayudaron a ponerme de pie. Se colocaron a mis lados v caminamos muy despacio alrededor del patio.

Al día siguiente, mientras comíamos, don Juan dijo que Genaro empujó mi punto de encaje con su paso de poder, y que había logrado hacerlo porque yo estaba en un estado de silencio interior. Me recordó que, desde el día en que nos conocimos, me explicó que detener el diálogo interno es lo que articula todo lo que hacen los videntes. Subrayó una y otra vez que el diálogo interno es lo que mantiene fijo al punto de encaje en su posición original.

– Una vez que se logra el silencio, todo es posible -dijo.

Le conté que yo estaba muy consciente de que, en general, había dejado de hablar conmigo mismo, pero que no sabía cómo lo logré. Si alguien me pidiera explicar el procedimiento no sabría qué decir.

– La explicación es la sencillez misma -dijo-. Lo decretaste con la fuerza de tu voluntad, y de esa manera creaste un nuevo intento, un nuevo comando. Después, tu comando se convirtió en el comando del Águila.

"Ya te dije que una de las cosas más extraordinarias que los nuevos videntes descubrieron fue que nuestro comando puede convertirse en el comando del Águila. El diálogo interno termina de la misma manera como empieza: mediante un acto de voluntad. Después de todo, son nuestros maestros quienes nos obligan a dialogar con nosotros mismos. Conforme nos enseñan, al usar ellos su voluntad, nosotros aprendemos a usar la nuestra, ambos sin saberlo. Conforme aprendemos a hablar con nosotros mismos, aprendemos también a manejar nuestra voluntad. En otras palabras, nuestros maestros nos obligan a hablar con nosotros mismos. La manera de terminar con el diálogo interno es usando exactamente el mismo método: debemos obligarnos a pararlo, debemos crear el intento, empleando la fuerza de nuestra voluntad.

Durante algunos minutos guardamos silencio. Le pregunté luego quiénes eran los maestros que nos enseñan a hablar con nosotros mismos.

– Me refería a lo que nos ocurre a nosotros los seres humanos cuando somos niños -contestó-, Durante ese periodo, todos los que nos rodean son nuestros maestros y nos enseñan a repetir un interminable diálogo acerca de nosotros mismos. El diálogo se interioriza y crea tal fuerza que por sí solo mantiene fijo el punto de encaje.

"Los nuevos videntes dicen que los niños tienen cientos de maestros que les enseñan exactamente dónde localizar su punto de encaje y cómo mantenerlo fijo.

Dijo que los videntes aseveran todo esto porque ven que, al principio, los niños no tienen un punto de encaje fijo. Sus emanaciones interiores se encuentran en un estado de gran agitación, y sus puntos de encaje se mueven por doquier en la banda del hombre. Esto les da a los niños la tremenda oportunidad de acentuar emanaciones que después serán completamente ignoradas. A medida que van creciendo, los adultos que los rodean, obligan al punto de encaje de los niños a quedarse fijo, al enseñarles un diálogo interno que se vuelve más y más complejo conforme pasan los años. El diálogo interno es, por lo tanto, un proceso de suprema importancia para la posición del punto de encaje; siendo esa posición arbitraria, mantenerla requiere un esfuerzo ininterrumpido.

La pura verdad es que muchos niños ven -prosiguió-. La mayoría de los que ven son considerados anormales y se hacen todos los esfuerzos posibles para corregirlos, para hacerlos solidificar la posición de sus puntos de encaje.

– Pero, ¿sería posible ayudar a esos niños a que mantengan más fluidos sus puntos de encaje? -pregunté.

– Sólo si viven entre los nuevos videntes -dijo-. De lo contrario, al igual que los antiguos videntes, se verían atrapados en los intrincados detalles del lado silencioso del hombre. Y créeme, eso es peor que estar preso en las garras de la racionalidad.

Don Juan expresó su profunda admiración por la capacidad humana para impartir orden en el caos de las emanaciones del Águila. Sostuvo que cada uno de nosotros es un mago magistral, y que nuestra magia consiste en mantener inconmoviblemente fijo nuestro punto de encaje.

– La fuerza de las emanaciones en grande -prosiguió-, hace que nuestro punto de encaje seleccione ciertas emanaciones interiores y las agrupe en un racimo para ser alineadas y percibidas. Ese es el comando del Águila, pero darle significado a lo que percibimos es nuestro comando, nuestro don mágico.

Dijo que, en vista de lo que me estaba explicando, Genaro me había hecho el día anterior algo extraordinariamente complejo y a la vez muy sencillo. Era complejo porque requería de una tremenda disciplina por parte de todos; requería que el diálogo interno se detuviera, que se alcanzara un estado de conciencia acrecentada, y que alguien moviera el punto de encaje de uno. Entender el resultado final de todos estos complejos procedimientos era muy fácil porque la explicación era muy sencilla. Puesto que la posición exacta del punto de encaje es una posición arbitraria, seleccionada inconscientemente por nuestros antecesores, puede moverse con un esfuerzo relativamente pequeño; una vez que se mueve, crea nuevos alineamientos de emanaciones y, por consiguiente, nuevas percepciones.