Me recordó algo que me había mencionado antes, que el grupo de videntes del nagual Julián consistía de tres hombres completamente inconsecuentes y de ocho mujeres extraordinarias. Don Juan había sostenido siempre que tal disparidad era una de las razones por las que salieron de este mundo uno por uno.
Dijo que la Catalina había estado ligada a una de las soberbias mujeres videntes, quien le había enseñado extraordinarias maniobras para mover su punto de encaje al área baja. Esa vidente fue una de las últimas que dejó el mundo, y puesto que tanto ella como la Catalina era originalmente de Sonora, en su vejez volvieron al desierto y vivieron juntas hasta que la vidente abandonó el mundo, a una edad muy avanzada. En los años que pasaron juntas, la Catalina se convirtió en su más dedicada ayudante y discípula, y aprendió así las extravagantes maneras que los antiguos videntes conocían para mover el punto de encaje.
Le pregunté a don Juan si el conocimiento de la Ca talina era diferente al suyo.
– Nosotros sabemos las mismas cosas -repuso-, pero ella es más como Silvio Manuel o Genaro; en realidad es la versión femenina de ellos, pero desde luego, siendo mujer, es infinitamente más agresiva, y peligrosa que ellos dos.
Genaro asintió moviendo la cabeza.
– Infinitamente más -dijo y me volvió a guiñar el ojo.
– ¿Está ella unida al grupo de usted, don Juan? -le pregunté.
– Dije que, para nosotros, es como una prima hermana o tía -contestó-. Quise decir que ella pertenece a la generación anterior, aunque es más joven que todos nosotros. Ella es la última vidente de ese grupo. Rara vez entra en contacto con nosotros. No nos quiere mucho. Cree que somos demasiado rígidos y severos. Ella está acostumbrada a las maneras del nagual Julián, y por ello prefiere la gran aventura de lo desconocido a la búsqueda de la libertad.
– ¿Cuál es la diferencia entre ambas? -le pregunté a don Juan.
– En la última parte de mi explicación de la conciencia de ser -contestó-, vamos a discutir esa diferencia muy minuciosamente. Lo que es importante que sepas ahora, es que en tu conciencia del lado izquierdo tú guardas celosamente extraños secretos; por eso tú y la Catalina se gustan tanto.
Insistí de nuevo que no era que me gustara la Catali na, sino que más bien yo admiraba su gran fuerza.
Don Juan y Genaro se rieron y me dieron leves codazos como si supieran algo que yo desconocía.
– Le gustas porque ella sabe cómo eres -dijo Genaro chasqueando los labios-. Ella conoció muy bien al nagual Julián.
Ambos me miraron fijamente hasta que me sentí incómodo.
– ¿Qué es lo que estás insinuando? -le pregunté a Genaro con un tono agresivo.
Me sonrió y, en un gesto cómico subió y bajó las cejas. Pero no dijo nada.
Don Juan habló y rompió el silencio.
– Hay puntos muy extraños en común entre el nagual Julián y tú -dijo-. Genaro simplemente trata de averiguar si estás consciente de ello.
Le pregunté a ambos cómo diablos podía estar consciente de algo tan jalado de los cabellos.
– La Catalina cree que lo estás -dijo Genaro-. Lo dice porque ella conoció al nagual Julián mejor que cualquiera de nosotros.
Comenté que no podía creer que ella había conocido al nagual Julián, ya que él había abandonado el mundo hacía casi cuarenta años.
– La Catalina no es una jovenzuela -dijo Genaro-. Simplemente se ve joven; eso es parte de su conocimiento. Así como era parte del conocimiento del nagual Julián. Tú sólo la has visto cuando se ve joven. Si la ves cuando se ve vieja, te zurras en tus calzones.
– Lo que hace la Catalina -interrumpió don Juan-, sólo puede explicarse en términos de las tres maestrías: la maestría del estar consciente de ser, la maestría del acecho y la maestría del intento.
"Pero hoy, vamos a examinar lo que ella hace sólo a la luz de la última verdad de la conciencia de ser: que el punto del encaje puede alinear mundos diferentes al nuestro una vez que se mueve considerablemente de su posición original.
Con una seña, don Juan me hizo ponerme de pie. Genaro también se incorporó. Automáticamente agarré el costal lleno de plantas medicinales. Genaro me detuvo cuando yo estaba por echármelo al hombro.
– Deja el costal -me dijo sonriendo-. Tenemos que subirnos a ese cerro para reunirnos con la Catalina.
– ¿Dónde está la Catalina? -pregunté.
– Allá arriba -dijo Genaro señalando la cima de una colina-. Si miras fijamente, con los ojos entrecerrados, la verás como un punto muy oscuro contra la vegetación verde.
Me esforcé por ver el punto oscuro, pero no pude ver nada.
– ¿Por qué no te subes hasta allá arriba? -me sugirió don Juan.
Me sentí mareado, estaba a punto de vomitar. Con un gesto de la mano don Juan me animó a subir, pero yo no me atrevía a moverme. Finalmente, Genaro me tomó del brazo y los dos subimos hacia la cima de la colina. Cuando llegamos allí, me di cuenta de que don Juan había subido con nosotros. Los tres llegamos al mismo tiempo.
Con mucha calma, don Juan comenzó a hablarle a Genaro. Le preguntó si recordaba las muchas veces que el nagual Julián estuvo a punto de estrangularlos porque eran tan cobardes.
Genaro se volvió hacia mí y me aseguró que el nagual Julián había sido un maestro despiadado. Él y su propio maestro, el nagual Elías, quien aún estaba en el mundo en aquel entonces, solían empujar los puntos de encaje de todos sus aprendices más allá de un limité crucial, y los dejaban allí, en mundos inconcebibles, para que se las arreglasen por sí solos.
– Te dije una vez que el nagual Julián nos recomendaba no malgastar nuestra energía sexual -prosiguió Genaro-. El quería decir que para mover el punto de encaje uno necesita energía. Si uno no la tiene, el golpe del nagual no es el golpe de la libertad sino el golpe de la muerte.
– Sin suficiente energía -dijo don Juan-, la fuerza del alineamiento resulta aplastante. Tienes que tener energía para resistir la presión de alineamientos que nunca tienen lugar en circunstancias ordinarias.
Genaro dijo que el nagual Julián también era un maestro inspirado. Siempre encontraba formas de enseñar y de divertirse al mismo tiempo. Uno de sus métodos favoritos consistía en agarrarlos desprevenidos en estados de conciencia normal, darles el golpe del nagual y mover sus puntos de encaje. Después de un par de veces, lo único que tenía que hacer para conseguir su total atención era amenazarlos con un golpe inesperado.
– El nagual Julián fue realmente un hombre inolvidable -dijo don Juan-. Tenía una gran facilidad con la gente. Solía hacer las peores cosas del mundo, pero hechas por él eran sensacionales. Hechas por cualquier otra persona hubieran sido groseras e insensibles.
"Por otra parte, el nagual Elías no tenía facilidad con la gente, pero era un soberbio maestro.
– El nagual Elías era muy parecido al nagual Juan Matus -me dijo Genaro-. Se llevaron muy bien. Y el nagual Elías le enseñó todo, sin jamás alzar la voz o jugarle trampas.
– Pero el nagual Julián era de verdad otra cosa -prosiguió Genaro tocándome con el codo-. Yo diría que, igual que tú, él guardaba celosamente extraños secretos en su lado izquierdo. ¿No dirías tú lo mismo? -le preguntó a don Juan.
Don Juan no contestó, pero movió la cabeza asintiendo. Parecía estar conteniendo su risa.
– Él era muy juguetón -dijo don Juan y ambos irrumpieron en grandes risotadas.
El hecho de que obviamente aludían a algo que sólo ellos sabían me hizo sentirme aún más contrariado.
Don Juan dijo que se referían a las extrañas técnicas de brujería que el nagual Julián había aprendido en el curso de su vida. Genaro agregó que, además del nagual Elías, el nagual Julián tuvo otro maestro único. Un maestro que lo quiso inmensamente y que le enseñó novedosas y complejas maneras de mover su punto de encaje. Como resultado de esto, el nagual Julián fue extraordinariamente excéntrico en su comportamiento.