Reconoció que, vista desde cualquier punto, mi transformación fue en verdad horripilante. Mi reacción a aquella experiencia le probó que yo no tenía inclinaciones naturales hacia eso. De no haber sido así, yo hubiera tenido que emplear enormidades de energía para no sucumbir a la tentación de permanecer indefinidamente en esa área baja.
Me advirtió que los movimientos involuntarios que cada vidente experimenta periódicamente, se vuelven menos frecuentes conforme su punto de encaje avanza más hacia lo profundo de la banda. Sin embargo, cada vez que ocurre ese movimiento hacia abajo disminuye en forma considerable el poder del vidente que lo experimenta.
– Cuando sucede uno de esos movimientos -prosiguió-, los videntes se vuelven extremadamente: malhumorados e intolerantes, y en algunos casos, hasta extremadamente racionales.
– ¿Cómo pueden los videntes evitar esos movimientos involuntarios? -pregunté.
– Todo depende del guerrero -dijo-. Algunos de ellos, como tú por ejemplo, están tan encariñados consigo mismos que se consienten toda clase de caprichos y excesos. Esos son a los que les va más mal. Para los que son como tú, yo recomiendo una vigilancia de veinticuatro horas al día. Los guerreros disciplinados son menos propensos a ese tipo de movimiento; para ellos yo recomendaría veintitrés horas y media de vigilancia.
Me miró con ojos brillantes y se rió.
– Las videntes son más propensas a los movimientos hacia abajo que los hombres -dijo-. Pero también son capaces de salir de un salto de esa posición, sin esfuerzo alguno, mientras que los hombres se dilatan peligrosamente en ella.
Dijo que las videntes tienen una capacidad extraordinaria no sólo para salir velozmente sino también para hacer que sus puntos de encaje se aferren a cualquier posición en el área de abajo. Los hombres por otra parte, no pueden ni salir rápidamente de esa área ni aferrarse a ella. Los hombres tienen sobriedad y propósito, pero muy poco talento; por esa razón un nagual tiene que tener ocho mujeres videntes en su grupo. Las mujeres dan al grupo el impulso, la audacia para cruzar la inmensidad de lo desconocido. Junto con esa capacidad natural, o como consecuencia de ella, las mujeres tienen una feroz intensidad. Y por ello, pueden reproducir una forma animal con gran facilidad, con mucho estilo y con una ferocidad sin par.
– Si vas a pensar en algo aterrador -prosiguió-, en algo sin nombre que acecha en la oscuridad, vas a pensar, sin saberlo, en una mujer vidente, en una bruja que sostiene una posición en la inmensurable área baja. Ahí es precisamente donde está el verdadero horror. Si alguna vez encuentras una de esas viejas aberradas, pega un brinco, y sin vergüenza alguna, corre lo más rápido que puedas.
Le pregunté si otros organismos eran capaces de mover sus puntos de encaje.
– Sus puntos de encaje se mueven -dijo-, pero para ellos ese movimiento no es una cosa voluntaria.
– ¿El punto de encaje de otros organismos también es entrenado a quedar fijo en un sitio específico? -pregunté.
– De una manera u otra, todo organismo recién nacido es entrenado -contestó-. Por cierto que no entendemos cómo se lleva a cabo su entrenamiento, después de todo, ni siquiera entendemos cómo se lleva a cabo el nuestro, pero los videntes ven que los recién nacidos son inducidos a hacer lo que hacen los adultos de su especie. Eso es exactamente lo que ocurre con los niños: los videntes ven que sus puntos de encaje se mueven en todas direcciones, y luego ven cómo la presencia de los adultos liga esos puntos a un lugar específico. Todos los demás organismos hacen lo mismo.
Don Juan pareció reflexionar durante un momento, y después agregó que el punto de encaje del hombre tiene un efecto único entre los demás organismos. Señaló un árbol afuera de la casa.
– Cuando nosotros miramos un árbol; como seres humanos adultos, serios -dijo-, nuestros puntos de encaje alinean un número incalculable de emanaciones y logran un milagro. Nuestros puntos de encaje nos hacen percibir un racimo de emanaciones que llamamos árbol.
Explicó que el punto de encaje no sólo efectúa el alineamiento necesario para la percepción de ese racimo, sino que también borra el alineamiento de ciertas emanaciones que pertenecen a ese racimo para poder llegar a un mayor refinamiento de la percepción, a un delicado esquema humano que no tiene paralelo.
Dijo que los nuevos videntes observaron que sólo los seres humanos son capaces de agrupar emanaciones aún dentro de los racimos normales. Para describir tal cosa utilizó la palabra desnate, y dijo que era comparable al acto de recoger la nata de un recipiente de leche hervida, después que se ha enfriado. De igual manera, en términos de percepción, el punto de encaje del hombre toma una parte de las emanaciones ya seleccionadas para el alineamiento y forma con ellas un esquema más deleitable.
– Los desnates del hombre -prosiguió don Juan- son más reales que lo que perciben otros seres. Ese es nuestro peligro latente. Son tan reales para nosotros que nos hacen olvidar que los hemos construido nosotros mismos al ordenar a nuestros puntos de encaje que se estacionen donde lo hacen. Nos olvidamos que solamente son reales para nosotros porque ese es nuestro comando. Tenemos poder para sacar la nata de los alineamientos, pero no tenemos poder para protegernos de nuestros comandos. Eso se tiene que aprender. Darle rienda suelta a nuestros desnates, como lo hacemos, es un error de juicio que pagamos tan caro como los antiguos videntes pagaron los suyos.
IX. EL MOVIMIENTO HACIA ABAJO
Don Juan y Genaro hicieron su viaje anual al norte de México, al desierto de Sonora, para buscar plantas medicinales. Vicente Medrano, uno de los videntes compañeros de don Juan, el herbario entre ellos, usaba esas plantas para elaborar medicinas.
Me junté con don Juan y Genaro, como habíamos acordado, en la última etapa de su jornada. Me proponía llevarlos en coche de regreso a su casa.
Un día antes de que partiéramos de vuelta, don Juan repentinamente continuó su explicación. Descansábamos a la sombra de unos arbustos bastante tupidos, al pie de las montañas. Estaba entrada la tarde. Cada uno de nosotros llevaba un gran costal lleno de plantas. En cuanto las depositamos en el suelo, Genaro se acostó sobre su costal y se durmió.
Don Juan me habló en voz baja, como si no quisiera despertar a Genaro. Dijo que ya me había explicado casi todas las verdades del estar consciente de ser, y que sólo quedaba una más por discutir. Me aseguró que esa última era el mayor hallazgo que tuvieron los antiguos videntes, aunque ellos mismos jamás lo supieron. Su tremendo valor sólo fue reconocido por los nuevos videntes, siglos más tarde.
– Te he explicado que el hombre tiene un punto de encaje -prosiguió-, y que ese punto de encaje alinea emanaciones para la percepción. También hemos discutido que ese punto se mueve de su posición fija. Ahora bien, la última verdad es que, una vez que ese punto de encaje se mueve más allá de cierto límite, puede alinear mundos enteramente diferentes al mundo que conocemos.
Sin dejar de susurrar, dijo que ciertas áreas geográficas no sólo ayudan a ese precario movimiento del punto del encaje, sino que también seleccionan direcciones especificas para dicho movimiento. Por ejemplo, el desierto de Sonora ayuda al punto de encaje a moverse de su posición acostumbrada, hacia abajo, al lugar más terrible que uno puede imaginar.
– Es por eso que hay verdaderos brujos en Sonora -continuó-. Especialmente brujas. Tú ya conoces a una, la Catalina. En el pasado, he organizado encuentros entre ustedes dos. Quería yo entonces mover a tu punto de encaje y, con sus payasadas de bruja, la Catalina lo aflojó muchísimo.
Don Juan explicó que las escalofriantes experiencias que yo había tenido con la Catalina eran parte de un acuerdo preestablecido entre ellos dos.
– ¿Qué pensarías si la invitáramos a unirse a nosotros? -me preguntó Genaro en voz alta, incorporándose.