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– Tendrás que hacer que este mundo desaparezca, pero en cierta medida tú seguirás siendo el mismo. Este es el último recinto fortificado de la conciencia, con el que cuentan los nuevos videntes. Saben que cuando el fuego interno los consuma, de alguna manera retendrán la sensación de ser ellos mismos.

Sonrió y señaló una calle desierta que veíamos desde donde estábamos parados, la calle en la que Genaro me enseñó los misterios del alineamiento.

– Esa calle, como cualquier otra, lleva a la eternidad -dijo-. Lo único que tienes que hacer es seguirla en silencio total. Ya es hora. ¡Vete ya! ¡Vete!

Se volvió, y se alejó de mí. Genaro lo esperaba en la esquina. Genaro me saludó con la mano y luego hizo un gesto que me instaba a unirme a ellos. Don Juan siguió caminando sin volverse a mirar. Genaro se unió a él. Comencé a seguirlos, pero sabía que no era lo correcto. En vez de continuar, tomé la dirección contraria. La calle estaba oscura y sombría. No me entregué a sentimientos de fracaso o de ineptitud. Caminé en silencio interior. Mi punto de encaje se movía a gran velocidad. Vi a los tres aliados. La línea que corría por su centro creaba la impresión de que me sonreían de lado. Me sentí frívolo. Y entonces una fuerza como un viento hizo desaparecer al mundo.

Un par de días después, todos los compañeros videntes del nagual y todos los aprendices se reunieron en esa cima montañosa que don Juan me había mencionado.

Don Juan dijo que cada uno de los aprendices ya se había despedido de todos, y que todos estábamos en un estado de conciencia que no admitía sentimentalismos. Para nosotros, dijo, sólo existía la acción. Éramos guerreros en un estado de guerra total.

A excepción de don Juan, Genaro, Pablito, Néstor y yo, todos se alejaron a una corta distancia de la cumbre montañosa, brindándonos un lugar privado para que Pablito, Néstor y yo entráramos en un estado de conciencia normal.

Pero antes de que lo hiciéramos, don Juan me tomó del brazo y nos hizo caminar por esa cumbre.

– En un momento, van ustedes a usar el intento para mover sus puntos de encaje -dijo-. Y nadie los va a ayudar. Ahora están solos. Recuerden pues que el intento comienza con un comando.

"Los antiguos videntes solían decir que si los guerreros iban a tener un diálogo interno, debían sostener el diálogo apropiado. Para los antiguos videntes eso significaba un diálogo acerca de la brujería y del engrandecimiento de la importancia personal. Para los nuevos videntes no significa diálogo, sino el manejo desinteresado del intento, a través de comandos cuerdos.

Dijo una y otra vez que el manejo del intento empieza con un comando dado a uno mismo; el comando se repite hasta que se convierte en el comando del Águila, y luego, el punto de encaje se mueve en cuanto los guerreros alcanzan el silencio interior.

Dijo que el hecho de que sea posible una maniobra tal es de singular importancia para los videntes, tanto antiguos como nuevos, pero por razones diametralmente opuestas. Saber que eso es posible permitió a los antiguos videntes mover sus puntos de encaje a increíbles posiciones de ensueño en el desconocido inconmensurable; para los nuevos videntes significa negarse a ser alimento, significa escapar del Águila, moviendo sus puntos de encaje a una muy peculiar posición de ensueño llamada libertad total.

Explicó que los antiguos videntes descubrieron que es posible mover el punto de encaje hasta el límite de lo conocido y mantenerlo fijo ahí, en un estado de conciencia acrecentada especial. Desde esa posición, vieron la viabilidad de mover lentamente sus puntos de encaje hacia otras posiciones permanentes más allá de aquel límite, una estupenda hazaña cargada de osadía pero carente de cordura, porque jamás pudieron retractar el movimiento de sus puntos de encaje, o quizá jamás quisieron hacerlo.

Don Juan dijo que, ante la elección de morir en el mundo de los asuntos cotidianos o morir en mundos desconocidos, los hombres de espíritu aventurero elegían inevitablemente lo segundo, y que, dándose cuenta de que sus predecesores simplemente eligieron cambiar el lugar de su muerte, los nuevos videntes comprendieron la inutilidad de todo lo que los antiguos videntes hicieron; la inutilidad de luchar por controlar a sus semejantes, la inutilidad de alinear otros mundos y, sobre todo, la inutilidad de la importancia personal.

Dijo que una de las decisiones más afortunadas de los nuevos videntes fue el nunca permitir que sus puntos de encaje se movieran de manera permanente a cualquier posición que no sea la conciencia acrecentada. Desde esa posición, resolvieron de hecho el dilema de la inutilidad y se dieron cuenta de que la solución no consiste en escoger un mundo alternativo en el cual morir, sino en elegir la conciencia total, la libertad total.

Don Juan comentó que, sin saberlo, al elegir la libertad total, los nuevos videntes prosiguieron la tradición de sus predecesores y se convirtieron en la quintaesencia de los desafiantes de la muerte.

Explicó que los nuevos videntes descubrieron que si se mueve constantemente el punto de encaje, hasta los confines de lo desconocido, pero se le hace regresar a una posición en el límite de lo conocido, cuando se le libera repentinamente se mueve como un rayo a todo lo ancho del capullo del hombre, alineado de golpe a todas las emanaciones interiores.

– Los nuevos videntes se consumen con la fuerza del alineamiento -prosiguió don Juan-, con la fuerza de la voluntad, que han convertido en la fuerza del intento mediante una vida de impecabilidad. El intento es el alineamiento de todas las emanaciones ambarinas de la conciencia, así que resulta correcto decir que la libertad total significa conciencia total.

– Es eso lo que van a hacer todos ustedes, ¿don Juan? -pregunté.

– Lo haremos, con toda seguridad, si tenemos suficiente energía -contestó-. La libertad es el don del Águila al hombre. Desgraciadamente, muy pocos hombres entienden que, para poder aceptar tan magnífico don lo único que necesitamos es tener suficiente energía.

"Y si eso es todo lo que necesitamos, entonces, a como dé lugar, tenemos que ser avaros con nuestra energía.

Después de eso, don Juan nos hizo entrar en un estado de conciencia normal. Al caer la oscuridad, Pablito, Néstor y yo saltamos al abismo. Y don Juan y sus compañeros videntes, la quintaesencia de los desafiantes de la muerte se consumieron con el fuego interior. Entraron en la conciencia total, pues tenían energía suficiente para aceptar el avasallador don de la libertad.

Pablito, Néstor y yo no morimos en el fondo de aquel abismo, porque nunca lo alcanzamos, y tampoco murieron los otros aprendices que saltaron en una ocasión anterior; bajo el impacto de un acto tan tremendo e incomprensible como saltar hacia la muerte, todos movimos nuestros puntos de encaje y alineamos otros mundos.

Ahora sabemos que quedamos atrás para recordar la conciencia acrecentada y para recuperar la totalidad de nosotros mismos. Y también sabemos que mientras más recordemos, más intensa será nuestra exaltación y nuestro asombro, pero también serán más grandes nuestras dudas y nuestra confusión.

Hasta ahora, parece que se nos dejó atrás sólo para ser exasperados por las más trascendentes preguntas acerca de la naturaleza y el destino del hombre, hasta que llegue el día en que podamos tener suficiente energía, no sólo para verificar todo lo que nos enseñó don Juan, sino también para aceptar nosotros mismos el don del Aguila, el don de la libertad total.

FIN