El hermano Guy bajó a la piscina y le dio la vuelta mientras nosotros permanecíamos en el borde. El muchacho tenía los ojos en blanco, en horrible contraste con el rostro, que seguía lívido. El enfermero le buscó el pulso en el cuello, alzó la cabeza para mirarnos y soltó un suspiro.
– Está muerto -murmuró levantándose y santiguándose.
Alice ahogó un grito, hundió el rostro en el pecho de Mark y rompió a llorar entrecortadamente.
13
El hermano Guy y Mark sacaron el cuerpo de Simón del baño y lo llevaron a la enfermería. El monje lo sujetaba por las axilas, y Mark, blanco como el papel, por los pies. Yo salí después de Alice, que tras el breve ataque de llanto había recobrado su habitual serenidad.
– ¿Qué ha sucedido? -El monje ciego se había levantado del sillón y agitaba las manos en el aire con una expresión de angustia digna de lástima-. ¿Hermano Guy? ¿Alice?
– No es nada, hermano -dijo Alice con voz suave-. Ha ocurrido un accidente, pero ya ha pasado todo.
Una vez más, la entereza de la joven me dejó admirado.
El hermano Guy, con el rostro tenso, depositó el cuerpo del novicio en la camilla de su gabinete, bajo un crucifijo español, y lo cubrió con una sábana.
Respiré hondo. La cabeza me daba vueltas, y no sólo debido a la impresión que me había causado la muerte del novicio. Lo que acababa de ocurrir me había conmocionado profundamente. Los ecos del sufrimiento de la niñez tienen un poder inmenso, incluso cuando acuden a la memoria de un modo menos inexplicable y estremecedor.
– Hermano Guy -le dije al enfermero-, hasta ayer no conocía a este pobre chico; sin embargo, al verme hace un momento, ha empezado a imitarme, a remedar mis andares y… ciertos gestos que hago a veces en los tribunales. Me ha parecido algo d-demoníaco.
Me maldije para mis adentros; estaba empezando a tartamudear como el tesorero.
El hermano Guy me miró fija y prolongadamente.
– Creo que tengo una explicación para eso…, aunque espero estar equivocado.
– No os entiendo. Hablad claro -me oí decir en tono malhumorado.
– Primero quiero asegurarme… -replicó el monje-. Ahora, comisionado, debería informar al abad.
– Muy bien -respondí, apoyándome sobre el borde de la mesa, pues las piernas me temblaban descontroladamente-. Os esperaremos en la cocina.
Mark y yo seguimos a Alice a la pequeña habitación en la que habíamos desayunado.
– ¿Os encontráis bien, señor? -me preguntó Mark con preocupación-. Estáis temblando.
– Sí, sí. No es nada.
– Tengo una infusión de hierbas que ayuda a asentar el cuerpo cuando se ha sufrido una fuerte impresión -dijo Alice-. Valeriana y acónito. Si lo deseáis, puedo calentaros un poco.
– Gracias. -La joven seguía tranquila, pero tenía las mejillas tan encendidas como si la hubieran abofeteado-. Tú también estás impresionada, ¿verdad? -le pregunté con una sonrisa forzada-. Es comprensible… ¡Pobre muchacho! Parecía como si llevara dentro un demonio…
Para mi sorpresa, el rostro de Alice adoptó una expresión furiosa.
– A mí no me asustan los demonios, señor, sino los monstruos humanos que atormentaron al pobre Simón. Su vida estaba ya destrozada, y eso debería hacernos llorar durante toda la eternidad. -Alice comprendió que había ido demasiado lejos y se calló-. Traeré la infusión -murmuró, y salió precipitadamente.
– Es muy franca -dije arqueando las cejas.
– Lleva una vida dura.
– Como muchos en este valle de lágrimas -murmuré, acariciándome el anillo de luto y observando a Mark. «Se ha enamorado», me dije.
– He hablado con ella, como me pedisteis.
– Cuéntame -respondí al instante, pues necesitaba alejar de mi mente el recuerdo de lo que había ocurrido.
– Lleva dieciocho meses aquí. Es de Scarnsea. Su padre murió joven y su madre, que era curandera, tuvo que criarla sola.
– Por eso sabe tanto de hierbas…
– Iba a casarse, pero su novio se cayó de un árbol que estaba talando y se mató. Como en la ciudad hay poco trabajo, se fue a Esher, y allí encontró un puesto como ayudante del boticario, un hombre que conocía a su madre.
– Así que ha viajado… Ya decía yo que no era ninguna pueblerina.
– Conoce bien la zona. Le he preguntado por la marisma. Dice que es posible llegar por ella, pero que no es fácil encontrar caminos. Le he preguntado si nos enseñaría el terreno y ha dicho que tal vez.
– Eso podría sernos útil. -Le conté lo que me había explicado el hermano Gabriel sobre los contrabandistas, mi excursión fuera de la muralla, mi pequeño accidente, y le enseñé la pierna cubierta de barro-. ¡Por los clavos de Cristo, qué día de sobresaltos!
La mano que tenía apoyada en la mesa no paraba de temblar, por más que me esforzaba en dominarla. En cuanto a Mark, aún estaba pálido. Se produjo un silencio, que de pronto necesité llenar a toda costa.
– Parece que habéis mantenido una larga charla. ¿Cómo acabó Alice aquí?
– El boticario murió; era un hombre mayor. Alice volvió a Scarnsea, pero, poco después, su madre falleció también. La casita en la que vivían estaba en una finca cedida en enfiteusis, y el propietario la reclamó. Alice se quedó sola. No sabía qué hacer, hasta que alguien le dijo que el enfermero de San Donato necesitaba un ayudante seglar. En Scarnsea, donde lo llaman el «duende negro», nadie quería trabajar con él. Pero Alice no tenía elección.
– Tengo la impresión de que no aprecia demasiado a nuestros santos hermanos.
– Dice que algunos de ellos son hombres lujuriosos, que siempre están arrimándose a ella e intentando toquetearla. Es la única mujer joven del monasterio. Al parecer, hasta con el prior ha tenido problemas.
– ¡A fe que ha sido franca contigo! -exclamé asombrado.
– Está fuera de sí, señor. El prior empezó a molestarla desde que llegó.
– Sí, ya me he dado cuenta de que no lo aprecia. ¡Qué vergüenza! Ese hombre es un hipócrita. Castiga a los demás por sus pecados mientras él se dedica a perseguir a las criadas… ¿Lo sabe el abad?
– Alice se lo dijo al hermano Guy, que le paró los pies al prior. El abad rara vez interviene; apoya el régimen disciplinario del prior y le deja las manos libres en casi todo lo demás. Al parecer, todos los monjes le tienen miedo, y los que cometieron sodomía en el pasado están demasiado aterrorizados para reincidir.
– Y ya hemos visto los resultados de esa disciplina.
Mark se pasó una mano por la frente.
– Sí, por desgracia -murmuró con expresión sombría.
– Contarle todo eso al ayudante del comisionado no es muy leal de su parte -dije tras unos instantes de reflexión-. ¿Acaso la señorita Alice es partidaria de la Reforma?
– No lo creo. Pero no se considera obligada a guardar los secretos de unos hombres que la han estado importunando. Tiene mucho carácter, señor, pero es justa. No es una desagradecida. Para el hermano Guy no tiene más que palabras de alabanza. Le ha enseñado muchas cosas y la ha protegido de los que la molestaban. Y siente mucho afecto por los pobres viejos a los que cuida.
Lo miré pensativo.
– No te encariñes demasiado con la muchacha -le advertí con suavidad-. Lord Cromwell quiere la cesión de este monasterio, y puede que al final tengamos que dejarla en la calle.
– Eso sería cruel -dijo Mark frunciendo el entrecejo-. Y no es una muchacha; tiene veintidós años, es una mujer. ¿No podríamos hacer nada por ella?
– Podría intentarlo. -Reflexioné durante unos instantes-. El enfermero la protege. Me pregunto si, llegado el caso, ella no lo protegería también a él.
– ¿Creéis que el hermano Guy podría tener algo que ocultar?
– No lo sé -dije levantándome y acercándome a la ventana-. Me da vueltas la cabeza.