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– Gracias. -La muchacha se sentó y me clavó sus inteligentes ojos azules, que estaban extraordinariamente alerta. Advertí que tenía la piel blanca y tersa-. En mi opinión, el Diablo actúa en el mundo alentando la maldad de los hombres, su codicia, su crueldad y su ambición, más que poseyéndolos y volviéndolos locos.

Asentí.

– Yo opino lo mismo, Alice. En los tribunales, he tenido muchas oportunidades de ver en acción las pasiones que has mencionado. Y no sólo entre los acusados. Y las personas que las poseían estaban tan cuerdas como tú y como yo.

De pronto, el rostro de lord Cromwell apareció en mi mente con estremecedora nitidez. Parpadeé.

– Esas maldades están en todas partes -dijo Alice asintiendo con tristeza-. El deseo de riqueza y poder convierte a veces a los hombres en leones hambrientos que buscan algo para devorar.

– Bien expresado. Pero ¿dónde puede haber visto tanta maldad una muchacha tan joven? -le pregunté con suavidad-. ¿Aquí, quizá?

– Observo el mundo, reflexiono sobre las cosas… -respondió Alice, y se encogió de hombros-. Más de lo adecuado para una mujer, seguramente.

– No, no. Dios dotó de razón tanto al hombre como a la mujer.

– Aquí no encontraréis a muchos que opinen lo mismo -repuso la joven con una sonrisa irónica.

Le di otro sorbo a la infusión, que poco a poco iba calentándome el cuerpo y relajando mis cansados músculos.

– Esto está muy bueno. El señor Poer dice que eres una hábil curandera.

– Gracias. Como le dije a él, mi madre lo era. -Por unos instantes, su rostro se ensombreció-. En la ciudad, hay gente que relaciona ese trabajo con la brujería, pero ella simplemente atesoraba los conocimientos que había recibido de su madre, que a su vez los había recibido de la suya. El boticario le pedía consejo a menudo.

– Y tú trabajaste un tiempo con él.

– Sí. Me enseñó muchas cosas, pero cuando murió tuve que volver a casa.

– Para quedarte sin ella.

– Sí, la cesión expiró con la muerte de mi madre. El propietario derribó la casa y cercó nuestra pequeña parcela para criar ovejas.

– Lo siento. Esos cercados están arruinando el campo. Es una de las cosas que preocupan a lord Cromwell.

La muchacha me miró con curiosidad.

– ¿Lo conocéis? ¿Conocéis a lord Cromwell?

Asentí.

– Sí. Llevo mucho tiempo sirviéndolo, de un modo u otro. -Alice me lanzó una larga y penetrante mirada; luego bajó los ojos y se quedó callada con las manos en el regazo; manos enrojecidas por el trabajo, pero aun así finas-. ¿Viniste aquí tras la muerte de tu madre? -le pregunté.

La joven alzó la cabeza.

– Sí. El hermano Guy es un buen hombre, señor. Espero… espero que no os forméis una mala opinión de él debido a su extraño aspecto. Muchos lo hacen.

Negué con la cabeza.

– Un buen investigador debe fijarse en cosas menos superficiales. Aunque confieso que la primera vez que lo vi me llevé una sorpresa.

Inesperadamente, Alice se echó a reír, y sus blancos y regulares dientes asomaron entre sus labios.

– Lo mismo me pasó a mí, señor. Creí que era un rostro tallado en madera que había cobrado vida. Tardé semanas en conseguir verlo como a un hombre más. Me ha enseñado muchas cosas.

– Tal vez algún día puedas aprovechar esos conocimientos. Sé que en Londres hay boticarias. Pero la mayoría son viudas, y tú sin duda te casarás.

Alice se encogió de hombros. -Más adelante, quizá.

– Mark me dijo que tenías novio, pero que se mató en un accidente. Lo siento.

– Sí -murmuró la joven. La mirada vigilante había vuelto a sus ojos-. Parece que el señor Poer os ha contado muchas cosas sobre mí.

– Nosotros… En fin, necesitamos averiguar todo lo que podamos de las personas que viven aquí, como puedes comprender… -le expliqué con una sonrisa que esperaba fuese tranquilizadora.

Alice se levantó y se acercó a la ventana. Cuando se volvió hacia mí, su cuerpo tenso parecía haber tomado una decisión.

– Señor, si os confiara una información, ¿la mantendríais en secreto? Necesito este trabajo… -Sí, Alice, te doy mi palabra.

– Los monjes de la contaduría han dicho que han traído todos los libros de cuentas que habíais pedido. -Excelente…

– Pero no los han traído todos, señor. No han traído el que tenía el comisionado Singleton el día que lo asesinaron. -¿Cómo lo sabes?

– Porque todos los libros que han traído son marrones, y el que estaba examinando el comisionado tenía las tapas azules. -¿Sí? ¿Cómo sabes eso?

– ¿Mantendréis en secreto que he sido yo quien os lo ha dicho? -insistió Alice tras unos instantes de vacilación.

– Sí, te lo prometo. Me gustaría que confiaras en mí, Alice. La joven respiró hondo.

– La tarde anterior a la muerte del señor Singleton estuve en la ciudad comprando provisiones. A la vuelta, vi al comisionado y al joven ayudante del tesorero en la puerta de la contaduría.

– ¿El hermano Athelstan?

– Sí. El comisionado Singleton tenía un gran libro azul en las manos y estaba gritando. Cuando pasé, no se molestó en bajar la voz. -La chica esbozó una sonrisa irónica-. Después de todo, no soy más que una criada.

– ¿Y qué decía?

– Recuerdo sus palabras perfectamente: «¿Creía que iba a escamoteármelo escondiéndolo en su cajón?» El hermano Athelstan balbuceó algo como que no tenía derecho a registrar la habitación del tesorero en su ausencia, a lo que el comisionado replicó que tenía derecho a entrar en cualquier sitio y que aquel libro arrojaba nueva luz sobre las cuentas anuales.

– ¿Qué respondió a eso el hermano Athelstan?

– Nada, estaba muerto de miedo. El comisionado Singleton dijo que iba a estudiar el libro a fondo y a continuación se alejó a grandes zancadas. Recuerdo su expresión de triunfo. El hermano Athelstan se quedó clavado en la puerta durante unos instantes. Entonces, me vio, me lanzó una mirada fulminante y luego entró, cerrando de un portazo.

– ¿Y no supiste nada más del asunto?

– No, señor. Ya estaba anocheciendo, y lo siguiente que supe fue que el comisionado había muerto.

– Gracias, Alice -le dije-. Esto podría serme de gran ayuda. -Hice una pausa para observarla atentamente-. Por cierto, el señor Poer también me ha dicho que has tenido algunos problemas con el prior…

La cólera volvió a brillar en su mirada.

– Cuando llegué, intentó aprovecharse de mi situación. Ahora ya no es un problema.

Asentí.

– Hablas claro, Alice, y eso me gusta. Por favor, si se te ocurre alguna otra cosa que pudiera ayudarme en mi investigación, acude a mí. Si necesitas protección, yo te la daré. Intentaré averiguar qué ha ocurrido con ese libro, pero me cuidaré de mencionar que me has hablado de él.

– Gracias, señor. Y ahora, con vuestro permiso, debo ayudar al hermano Guy.

– Es un trabajo desagradable para una joven.

La joven se encogió de hombros.

– Forma parte de mis obligaciones, y estoy acostumbrada a ver muertos. Mi madre solía amortajar a la gente que moría en la ciudad.

– Tienes más estómago que yo, Alice.

– Sí, la vida me ha endurecido -respondió la chica con repentina amargura.

– No quería decir eso -protesté alzando una mano. Al hacerlo, rocé la taza con el brazo y estuve a punto de volcarla. Pero Alice, que había vuelto junto a la mesa y estaba frente a mí, alargó la mano rápidamente, la agarró y volvió a dejarla en su sitio sin que se derramara su contenido-. Gracias. ¡Eres rápida de reflejos!

– El hermano Guy siempre está tirando cosas. Y ahora, señor, con vuestro permiso, debo dejaros.

– Por supuesto. Y gracias por contarme lo del libro -le dije sonriendo-. Sé que un comisionado del rey puede resultar intimidante.

– No, señor. Vos sois diferente.

Alice me miró muy seria durante unos instantes; luego dio media vuelta y abandonó la habitación.