Apuré la infusión, que iba calentándome el cuerpo poco a poco. La idea de que Alice parecía confiar en mí también me proporcionaba una dulce calidez en mi interior. De haberla conocido en otra situación, y de no haber sido una criada…
Pensé en sus últimas palabras. ¿Qué había querido decir con que yo era «diferente»? Supuse que lo que había visto en Singleton la había llevado a pensar que todos los comisionados éramos unos energúmenos autoritarios; pero ¿no había algo más en sus palabras? No podía imaginarme que se sintiera atraída hacia mí del mismo modo en que yo me sentía atraído hacia ella. También comprendí que yo le había revelado que Mark me contaba todo lo que ella le decía. Eso podía minar su confianza en él, una idea que, advertí alarmado, me producía placer. Fruncí el semblante, pues la envidia es un pecado mortal, y me concentré en lo que Alice me había dicho sobre el libro de contabilidad. Parecía una línea de investigación prometedora.
Mark volvió al cabo de unos instantes. Cuando abrió la puerta, comprobé con alivio que el chiquichaque de la sierra había cesado.
– He firmado un recibo por los libros de cuentas, señor. Dieciocho grandes tomos. Los monjes de la contaduría no paraban de refunfuñar que esto les causará muchos trastornos.
– Al diablo con sus trastornos. ¿Has cerrado la habitación con llave?
– Sí, señor.
– ¿Has visto si alguno de los libros tiene las tapas azules?
– Son todos marrones.
Asentí.
– Creo que ya sé por qué el hermano Edwig lleva de cabeza al pobre Athelstan. Hay algo que no nos contó cuando hablamos con él en la destilería. Tendremos otra conversación con el tesorero; esto puede ser importante-La entrada del hermano Guy me obligó a interrumpirme. Estaba serio y pálido; bajo el brazo llevaba un delantal manchado de sangre, que arrojó a un cesto que había en una esquina de la habitación.
– ¿Podemos hablar en privado, doctor Shardlake?
– Por supuesto.
Me levanté y lo seguí. Temía que me llevara junto al cadáver del pobre Simón, pero afortunadamente salimos al exterior. El sol empezaba a ponerse y bañaba de luz rosada la nieve que cubría el herbario. El hermano avanzó entre las plantas hasta un gran arbusto que estaba completamente blanco.
– Ya sé qué causó la muerte del pobre Simón, y no fue ningún demonio. También a mí me llamó la atención el modo en que se balanceaba y agitaba los brazos. Pero no tenía nada que ver con vos. Esos espasmos son característicos, lo mismo que la pérdida de la voz y las visiones.
– Característicos ¿de qué?
– Del veneno que contienen las bayas de este arbusto. -El enfermero sacudió las ramas, en las que todavía quedaban unas pocas hojas negras-. Belladona. La mora escarlata, como la llaman por aquí.
– ¿Lo envenenaron?
– La belladona tiene un olor muy suave pero inconfundible. Hace muchos años que la utilizo, de modo que la conozco bien. He encontrado restos en el estómago del pobre Simón. Y en los posos de la copa de aguamiel caliente que había junto a su cama.
– ¿Cómo lo han hecho? ¿Y cuándo?
– Esta mañana, sin duda. El efecto es inmediato. Es culpa mía; si Alice o yo hubiéramos permanecido a su lado todo el tiempo… -murmuró el enfermero pasándose una mano por la frente.
– No podíais saber que iba a ocurrir algo así. ¿Quién más ha estado a solas con él?
– El hermano Gabriel lo visitó anoche, después de que os marcharais, y ha vuelto esta mañana. Está muy angustiado, de modo que le di permiso para que rezara por el muchacho. Y más tarde han venido a verlo el abad y el tesorero.
– Sí. Sabía que iban a venir.
– Y también esta mañana, cuando he entrado a ver cómo estaba, he encontrado al hermano Mortimus con él.
– ¿Al prior?
– Estaba junto a la cama, mirándolo con cara de preocupación. He supuesto que estaba inquieto por las consecuencias de su brutalidad.-El enfermero frunció los labios-. El jugo de belladona es dulce, y el olor, demasiado débil para apreciarlo si está mezclado con aguamiel.
– Supongo que se usa como remedio para ciertas enfermedades, ¿me equivoco?
– En pequeñas dosis, alivia el estreñimiento, aparte de otras dolencias. En la enfermería siempre tengo, porque lo receto a menudo. Muchos de los monjes tienen pequeñas cantidades. Sus propiedades son muy conocidas.
– Anoche Simón empezó a contarme algo -murmuré tras pensar unos instantes-. Dijo que el asesinato del comisionado Singleton no había sido el primero. Quería volver a hablar con él hoy, cuando despertara. -Miré al monje fijamente-. ¿Le habéis contado a alguien lo que dijo?
– No, y estoy seguro de que Alice tampoco. Pero tal vez comenzó a delirar delante de una de las personas que fueron a visitarlo…
– … la cual decidió cerrarle la boca. -El hermano Guy se mordió el labio y asintió con convicción-. Pobre muchacho -murmuré-. Y lo único que se me ha ocurrido pensar es que se estaba burlando de mí…
– Las cosas rara vez son lo que parecen.
– Y aquí menos que en ningún sitio. Decidme, hermano, ¿por qué me habéis contado esto en lugar de ir directamente al abad?
El enfermero me lanzó una mirada sombría.
– Porque el abad es una de las personas que lo han visitado. Vos tenéis autoridad, doctor Shardlake, y, a pesar de nuestras diferencias en materia de religión, estoy convencido de que buscáis la verdad.
Asentí.
– Por el momento, os pido que guardéis silencio sobre lo que acabáis de contarme. Quiero reflexionar sobre cómo he de proceder.
Miré al hermano Guy para ver cómo reaccionaba ante una orden mía, pero él se limitó a asentir con tristeza.
– ¿Habéis sufrido un accidente? -preguntó advirtiendo que tenía la pierna cubierta de barro.
– Me he caído en la ciénaga, pero he conseguido salir.
– Es un terreno muy peligroso.
– Creo que aquí no hay ningún terreno seguro para mis pies. Vayamos dentro, o cogeremos una pulmonía -dije avanzando hacia la puerta-. Es extraño que mi infundada sospecha de que el pobre chico estuviera burlándose de mí nos haya llevado a este descubrimiento.
– Al menos, ahora el prior Mortimus no podrá decir que está seguro de que Simón ha ido al infierno.
– Sí. Me parece que se va a llevar una decepción.
«A menos que sea el asesino -me dije-, en cuyo caso ya lo sabe.» Apreté los dientes. Si la noche anterior no hubiera dejado que Alice y el hermano Guy me disuadieran de hablar con Simón, no sólo podría haber conseguido que me contara la historia completa y tal vez me pusiera sobre la pista del asesino, sino que además el muchacho seguiría vivo. Ahora tenía que investigar dos asesinatos. Y, si era cierto lo que el pobre novicio había murmurado en su delirio sobre que Singleton no había sido la primera victima, serían tres.
14
Ese día tenía previsto ir a Scarnsea, pero se me había hecho tarde. A la última luz del crepúsculo, volví a atravesar el recinto para ir a casa del abad y hablar con Goodhaps. El viejo profesor seguía encerrado en su habitación, ahogando sus penas en la bebida. No le dije que habían asesinado a Simón Whelplay, sino que el novicio había fallecido a consecuencia de una grave enfermedad. Goodhaps mostró escaso interés. Le pregunté qué sabía del libro de cuentas que estaba examinando Singleton el día que lo asesinaron. Me respondió que Singleton sólo le había dicho que había descubierto otro libro en la contaduría y que confiaba en obtener de él información provechosa. En tono despechado, el anciano murmuró que el anterior comisionado apenas le contaba nada; sólo lo utilizaba para rebuscar en los libros. Lo dejé con su vino.
Se había levantado un viento helado, que me caló hasta los huesos durante el camino de vuelta a la enfermería. Ensordecido por las campanas, que llamaban a vísperas, me dije que todos los que tenían información sobre el caso estaban en peligro: el viejo Goodhaps, Mark y yo mismo. El asesinato de Simón había sido ejecutado por una mano fría y despiadada, y habría pasado inadvertido si yo no hubiera puesto al enfermero sobre la pista de la belladona al mencionar los extraños andares y aspavientos del novicio. Puede que estuviéramos enfrentándonos a un fanático, pero desde luego no era alguien que actuara por impulsos. ¿Y si planeaba envenenar mi cena, o separarme la cabeza del cuerpo como había hecho con Singleton? Sentí un estremecimiento y me tapé el cuello con la capa.