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– Lo mismo podríamos preguntaros nosotros, hermano -respondí avanzando hacia él-. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? La puerta de nuestra habitación está cerrada con llave.

– La he abierto. Venía a deciros que el estanque ha sido vaciado. Al no recibir respuesta, he temido que os hubiera ocurrido algo y he decidido abrir con mi llave. Al entrar, he visto el aparador separado de la pared y la portezuela abierta.

– El señor Poer llevaba días oyendo ruidos al otro lado del muro, y esta mañana ha descubierto esa puerta falsa. Nos han estado espiando, hermano Guy. Nos habéis dado una habitación a la que se puede acceder a través de un pasadizo secreto. ¿Por qué? ¿Por qué no me dijisteis que había otro modo de llegar a la cocina desde la enfermería?

Mi tono era áspero. Había empezado a considerar al hermano Guy casi como un amigo en aquel lugar hostil. Me maldije por haber confiado en un hombre que, a fin de cuentas, seguía siendo un sospechoso.

El enfermero tensó el rostro. La luz de la vela arrojaba extrañas sombras sobre sus oscuras y finas facciones.

– Había olvidado que el pasadizo daba a vuestra habitación. Comisionado, este pasadizo no ha sido utilizado desde hace doscientos años.

– ¡Alguien lo ha utilizado esta misma mañana! ¡Nos habéis dado la única habitación en cuya pared podía abrirse una mirilla!

– No es la única -respondió el hermano Guy con calma. Su mirada era serena y su mano sostenía la vela con firmeza-. ¿No os habéis fijado? El pasadizo discurre a lo largo del revestimiento de madera de la enfermería, donde están las habitaciones.

– Pero la única habitación en la que hay una mirilla es la nuestra. ¿Es la que suelen utilizar los visitantes?

– Los que no se alojan en casa del prior. Por lo general, mensajeros, o los administradores de nuestras tierras cuando vienen a rendir cuentas.

– ¿Y qué es este horrible lugar, por Dios santo? -le pregunté abarcando la lóbrega y húmeda mazmorra con un gesto de la mano.

El hermano Guy soltó un suspiro.

– Es el antiguo calabozo de los monjes. Casi todos los monasterios tienen uno; antaño, los abades solían encerrar a los hermanos que cometían algún pecado grave. Según la ley canónica, todavía pueden hacerlo, aunque no es habitual.

– No, no es un castigo para estos tiempos.

– Hace unos meses, el prior Mortimus preguntó si aún existía el antiguo calabozo, con intención de volver a utilizarlo para castigar a los monjes. Le dije que, por lo que yo sabía, aún existía. No había vuelto aquí desde que un viejo criado me trajo al poco de llegar. Creía que la puerta estaba condenada.

– Pues no lo está. Así que el prior Mortimus os preguntó por el calabozo…

– Sí. Creía que lo aprobaríais -dijo el enfermero en tono de reproche-. Tengo entendido que el vicario general quiere que nuestra vida sea lo más dura y penosa posible.

Dejé que transcurrieran unos instantes de silencio.

– Tened cuidado con lo que decís, hermano.

– Vivimos en un mundo lleno de nuevas maravillas, en el que el rey de Inglaterra cuelga a la gente por expresar su opinión. -El hermano Guy se esforzó por serenarse-. Lo siento. Pero aunque ayer habláramos libremente sobre los nuevos tiempos, doctor Shardlake, aquí todo el mundo siente el peso de la angustia y el miedo. Yo sólo quiero vivir en paz, comisionado. Como todos los hermanos.

– No todos, hermano Guy, no todos… Alguien pudo utilizar este pasadizo para llegar a la cocina, sin necesidad de llave, y asesinar al comisionado Singleton.

– Alice y yo nos pasamos toda la noche atendiendo al hermano James. Nadie pudo acceder al pasadizo sin que nosotros lo viéramos.

Le cogí la vela de la mano y le iluminé el rostro.

– Pero vos sí pudisteis hacerlo, hermano.

– Juro por la sangre de Nuestro Señor Jesucristo que no lo hice -respondió el enfermero con firmeza-. Soy médico; he jurado salvar vidas, no quitarlas.

– ¿Quién más conocía la existencia del pasadizo? Decís que el prior preguntó por él. ¿Cuándo?

El hermano Guy se pasó la mano por la frente.

– Durante una reunión de los obedienciarios. Además del prior y de mí, estaban el abad, los hermanos Edwig y Gabriel, el hermano Jude, el despensero, y el hermano Hugh. Como de costumbre, el prior Mortimus habló de la necesidad de reforzar la disciplina. Dijo que había oído hablar de una antigua celda que estaba detrás de la enfermería. Pero creo que no hablaba en serio.

– ¿Quién más podría saberlo?

– Los novicios saben que en el monasterio hay una vieja mazmorra. Se les dice para asustarlos; pero no creo que nadie sepa dónde se encuentra. Yo mismo había olvidado la existencia del pasadizo. ¿Recordáis cuando me preguntasteis si existía otro modo de acceder a la cocina? Os dije que creía que estaba condenado desde hacía años.

– Entonces, hay otras personas que conocen su existencia… ¿Qué me decís de vuestro amigo, el hermano Jerome?

El enfermero me miró con perplejidad.

– ¿Qué queréis decir? Jerome y yo no somos amigos.

– Ayer os vi ayudándole a pasar las hojas del libro del coro.

– Es mi hermano en Cristo, y un pobre tullido -respondió el enfermero moviendo la cabeza-. ¿Hemos llegado a tal punto que ayudar a un inválido a pasar las hojas de un libro es suficiente base para formular una acusación? Tenía otra opinión de vos, doctor Shardlake.

– Busco a un asesino -repliqué con viveza-. Todos los obedienciarios son sospechosos, incluido vos. Puede que las palabras del prior le refrescaran la memoria a alguno de los presentes en esa reunión y decidiera echar un vistazo al pasadizo.

– Tal vez.

– Salgamos de aquí -dije volviendo a pasear la mirada por el húmedo calabozo-. Este sitio me produce dolor de huesos.

Regresamos a la habitación en silencio. El hermano Guy salió del pasadizo en primer lugar, y yo, que lo seguía, me agaché para recoger mi pañuelo del suelo. Al hacerlo, vi algo que brillaba tenuemente a la luz de la vela y rasqué la losa de piedra con una uña.

– ¿Qué es? -preguntó Mark. Me acerqué el dedo a la cara.

– Dios Misericordioso, así que esto es lo que hacía… -murmuré-. Sí, claro, la biblioteca…

– ¿Qué queréis decir? -insistió Mark.

– Más tarde, más tarde… -respondí limpiándome con cuidado el dedo en la ropa-. Vamos, o se me helarán los huesos antes de que consiga sentarme ante un fuego. -Entramos en la habitación, y tras despedir al hermano Guy me acerqué a la chimenea para calentarme las manos-. ¡Dios santo, qué frío hace en ese pasadizo!

– Me ha sorprendido oír hablar al hermano Guy contra el vicario general.

– Ha hablado contra la política del rey; para cometer traición tendría que haber criticado al rey como cabeza de la Iglesia. En el calor de la discusión ha dicho lo que todos piensan aquí.

– Solté un suspiro-. Hemos encontrado una pista…, pero conduce a otra persona.

– ¿A quién?

Lo miré, complacido al comprobar que se le había olvidado el enfado.

– Más tarde. Vamos, debemos llegar al estanque antes de que empiecen a limpiarlo por su cuenta. Necesitamos comprobar si había algo más -dije, y eché a andar por el pasillo con la mente en ebullición.

Cruzamos la huerta y nos dirigimos hacia un grupo de criados armados con largas pértigas que esperaban junto al estanque. Los acompañaba el prior Mortimus, quien se volvió hacia nosotros.

– Hemos desviado las aguas de la cloaca y drenado el estanque, comisionado. Pero tendremos que devolverlas a su cauce lo antes posible si no queremos que el pozo rebose.

Asentí. Ahora el estanque era una amplia y profunda hondonada, con el fondo cubierto de un limo negruzco y trozos de hielo.

– ¡Un chelín para el que encuentre algo ahí abajo! -les grité a los criados.

Dos de ellos se acercaron titubeando, descendieron al fondo del estanque y empezaron a remover el limo con las pértigas. Al cabo de un rato, uno profirió un grito y se volvió hacia nosotros levantando algo en la mano. Dos cálices dorados.