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Pereda, que cada vez estaba más convencido de que la psiquiatra no estaba muy bien de la cabeza, aceptó la hospitalidad de la mujer, la cual, durante la cena, que hicieron en un cuarto lleno de fotografías antiguas, les explicó que hacía mucho tiempo que los patrones se habían marchado a la ciudad (no supo decirles qué ciudad) y que los peones de la estancia, al verse privados de un jornal mensual, poco a poco fueron desertando. También les habló de un río y de unas crecidas, aunque Pereda no tenía ni idea de dónde se encontraba ese río ni nadie en Capitán Jourdan le había hablado de crecidas. Comieron, como era de esperar, guisado de conejo, que la mujer sabía cocinar con maña. Antes de marcharse Pereda les indicó dónde estaba Álamo Negro, su estancia, por si algún día se cansaban de vivir allí. Pago poco, pero al menos hay compañía, les dijo con voz grave, como si les explicara que tras la vida venía la muerte. Luego reunió a su alrededor a los niños y procedió a darles tres consejos. Cuando hubo terminado de hablar vio que la psiquiatra y la mujer polleruda se habían quedado dormidas, sentadas en sendas sillas. Comenzaba a amanecer cuando se marcharon. Sobre la pampa rielaba la luna llena y de tanto en tanto veían el salto de algún conejo, pero Pereda no les hacía caso y tras permanecer largo rato en silencio se puso a canturrear una canción en francés que a su difunta le gustaba.

La canción hablaba de un muelle y de neblina, de amantes infieles, como son todos los amantes a fin de cuentas, pensó comprensivo, y de escenarios rotundamente fieles.

A veces Pereda, mientras recorría montado en José Bianco o a pie los lindes difusos de su estancia, pensaba que nada sería como antes si no volvía el ganado. Vacas, gritaba, ¿dónde están?

En invierno la mujer polleruda llegó seguida de los niños a Álamo Negro y las cosas cambiaron. Alguna gente de Capitán Jourdan ya la conocía y se alegró de volverla a ver. La mujer no hablaba mucho pero sin duda trabajaba más que los seis gauchos que para entonces Pereda tenía en nómina, lo cual es un decir, pues a menudo se pasaba meses sin pagarles. De hecho, algunos de los gauchos tenían una noción del tiempo, por llamarlo así, distinta de la normal. El mes podía tener cuarenta días sin que eso les causara dolor de cabeza. Los años cuatrocientos cuarenta días. En realidad, ninguno de ellos, incluido Pereda, procuraba pensar en ese tema. Había gauchos que hablaban al calor de la lumbre de electroshocks y otros que hablaban como comentaristas deportivos expertos, sólo que los partidos de fútbol que mentaban habían sucedido mucho tiempo atrás, cuando ellos tenían veinte años o treinta y pertenecían a alguna barra brava. La puta que los parió, pensaba Pereda con ternura, una ternura varonil, eso sí.

Una noche, harto de oír a aquellos viejos soltar frases deshilachadas sobre hospitales psiquiátricos y barrios miserables donde los padres dejaban sin leche a sus hijos por seguir a su equipo en desplazamientos legendarios, les preguntó qué opinión tenían sobre la política. Los gauchos, al principio, se mostraron renuentes a hablar de política, pero, tras animarlos, al final resultó que todos ellos, de una forma o de otra, añoraban al general Perón.

Hasta aquí podemos llegar, dijo Pereda, y sacó su cuchillo. Durante unos segundos pensó que los gauchos harían lo mismo y que aquella noche se iba a cifrar su destino, pero los viejos retrocedieron temerosos y le preguntaron, por Dios, qué le pasaba, qué le habían hecho ellos, qué mosca le había picado. La luz de la fogata concedía a sus rostros un aspecto atigrado, pero Pereda, temblando con el cuchillo en la mano, pensó que la culpa argentina o la culpa latinoamericana los había transformado en gatos. Por eso en vez de vacas hay conejos, se dijo a sí mismo mientras se daba la vuelta y se dirigía a su habitación.

No los carneo aquí mismo porque me dan pena, les gritó.

A la mañana siguiente temió que los gauchos hubieran regresado a Capitán Jourdan, pero los encontró a todos, algunos trabajando en el patio, otros mateando junto a la fogata, como si no hubiera pasado nada. Pocos días después llegó la polleruda de la estancia del oeste y Álamo Negro empezó a progresar, empezando por la comida, pues la mujer sabía cómo cocinar de diez maneras diferentes un conejo, dónde encontrar especias, cuál era la técnica para hacer un huerto y así tener verduras y hortalizas.

Una noche la mujer recorrió la galería y se metió en el cuarto de Pereda. Vestía únicamente unas enaguas y el abogado le hizo sitio en su cama y se pasó el resto de la noche mirando el cielo raso y sintiendo junto a sus costillas ese cuerpo tibio y desconocido. Cuando ya amanecía se durmió y al despertar la mujer ya no estaba allí. Amancebado con una china, dijo el Bebe después de que su padre lo pusiera al corriente. Sólo técnicamente, puntualizó el abogado. Para entonces, pidiendo préstamos aquí y allá, había logrado aumentar la cabaña caballar y conseguido cuatro vacas. Las tardes en que estaba aburrido ensillaba a José Bianco y salía a pasear a las vacas. Los conejos, que en su vida habían visto una vaca, las miraban con asombro.

Parecía que Pereda y las vacas se dirigían hacia el fin de! mundo, pero sólo habían salido a dar una vuelta.

Una mañana aparecieron en Álamo Negro una doctora y un enfermero. Después de haberse quedado cesantes en Buenos Aires ahora trabajaban para una ONG española como servicio móvil de atención primaria. La doctora quería hacerles pruebas a los gauchos para comprobar que no tuvieran hepatitis. Cuando volvieron, al cabo de una semana, Pereda los agasajó lo mejor que pudo. Hizo arroz con conejo, que la doctora dijo que sabía mejor que una paella valenciana, y luego procedió a vacunar gratis a todos los gauchos. A la cocinera le entregó un frasco con comprimidos, diciéndole que le suministrara uno a cada niño todas las mañanas. Antes de que se marcharan Pereda quiso saber cómo se encontraba su gente. Anémicos, le respondió la doctora, pero nadie tiene hepatitis B o C. Es un alivio saberlo, dijo Pereda. Sí, en cierta forma es un alivio, dijo la doctora.

Antes de que se marcharan Pereda le echó una ojeada al interior de la camioneta en la que viajaban. En la parte trasera había un revoltijo de sacos de dormir y cajas con medicinas y desinfectantes para primeros auxilios. ¿Adonde van ahora?, quiso saber. Al sur, le dijo la doctora. Tenía los ojos enrojecidos y el abogado no supo si era por falta de sueño o por haber estado llorando. Cuando la camioneta se alejó y sólo quedó la polvareda, pensó que los iba a echar de menos.

Esa noche les habló a los gauchos reunidos en la pulpería. Yo creo, les dijo, que estarmos perdiendo la memoria. En buena hora, por lo demás. Los gauchos por primera vez lo miraron como si entendieran el alcance de sus palabras mejor que él. Poco tiempo después le llego una carta del Bebe en la que le anunciaba que tenía que ir a Buenos Aires a firmar unos papeles para proceder a la venta de su casa. ¿Qué hago, pensó Pereda, tomo el tren o voy a caballo? Aquella noche casi no pudo dormir. Se imaginaba a la gente que se agolpaba en las aceras mientras él entraba montado en José Bianco. Autos detenidos, policías mudos, un canillita sonriendo, potreros desolados en donde sus compatriotas jugaban al fútbol con la parsimonia que provoca la malnutrición. Pereda entrando en Buenos Aires, bajo esta escenografía, tenía la misma resonancia que Jesucristo entrando en Jerusalén o en Bruselas, según un cuadro de Ensor. Todos los seres humanos, pensó dando vueltas en la cama, en alguna ocasión de nuestras vidas entramos en Jerusalén. Sin excepciones. Algunos luego ya no salen. Pero la mayoría sale. Y luego somos prendidos y luego crucificados. Máxime si se trata de un pobre gaucho.

También imaginó una calle del centro, una calle muy bonita que tenía lo mejor de cada calle de Buenos Aires, en donde él se adentraba montado en su fiel José Bianco, mientras de los pisos superiores empezaba a caer una lluvia de flores blancas. ¿Quiénes arrojaban las flores? Eso no lo sabía, pues tanto la calle como las ventanas de los edificios estaban vacías. Deben ser los muertos, reflexionó Pereda en su duermevela. Los muertos de Jerusalén y los muertos de Buenos Aires.