– Yo… yo iba a mítines en Beverly Hills, Los Ángeles Oeste y Hollywood. Nos… nos reuníamos en el hogar de diversos miembros.
Mal anotó palabra por palabra, con abreviaturas.
– ¿Durante qué años fue usted miembro del Partido?
– Desde abril del 36, hasta que Stalin demostró que…
– No se justifique -interrumpió Dudley-. Sólo responda.
Eisler sacó un pañuelo del bolsillo de la camisa y se sonó.
– Hasta principios del 40.
– He aquí algunos nombres -continuó Mal-. Dígame a cuáles de estas personas conoció usted como miembros del Partido Comunista. Claire de Haven, Reynolds Loftis, Chaz Minear, Morton Ziffkin, Armando López, Samuel Benavides y Juan Duarte.
– Todas -respondió Eisler.
Mal oyó la algarabía de los niños en el salón y levantó la voz.
– Usted y Chaz Minear escribieron los guiones de Alba de los justos, Frente oriental, Tormenta en Leningrado y Los héroes de Yakustok. Todas esas películas simpatizaban con el nacionalismo soviético. ¿Los jerarcas del Partido Comunista le pidieron que insertara propaganda prosoviética en ellas?
– Una pregunta ingenua -observó Eisler.
Dudley dio una palmada en la mesa.
– No comente, sólo responda.
Eisler acercó la silla a la de Mal.
– No. No, nadie me lo pidió.
Mal unió dos dedos sobre la corbata, una seña para Dudley: Es mío.
– Señor Eisler, ¿niega usted que estas películas contienen propaganda prosoviética?
– No.
– ¿Llegaron usted y Chaz Minear a la decisión de difundir esa propaganda?
Eisler se movió en la silla.
– Chaz fue responsable de los conceptos filosóficos, mientras que yo sostenía que el argumento era más que elocuente.
– Tenemos copias de esos guiones -dijo Mal-, y hemos señalado los pasajes donde la propaganda es manifiesta. Regresaremos para que usted indique el diálogo que atribuye a la propaganda del Partido hecha por Minear.
Ninguna respuesta.
– Señor Eisler -intervino Mal-, ¿usted diría que tiene buena memoria?
– Sí, diría que sí.
– ¿Y usted y Minear trabajaron juntos en esos guiones?
– Sí.
– ¿Y hubo ocasiones en que él hizo comentarios como «Esto es magnífica propaganda» o «Esto es para el Partido»?
Eisler dejó de contorsionarse. Ahora movía los brazos y las piernas.
– Sí, pero lo decía irónicamente. Él no…
– ¡No interprete, sólo responda! -gritó Dudley.
– ¡Sí, sí, sí! ¡Maldición, sí! -exclamó a su vez Eisler.
Mal indicó a Dudley que se lo dejara e intervino con su voz más tranquilizadora.
– Señor Eisler, ¿llevaba usted un diario en la época en que trabajó con Chaz Minear?
El hombre se frotaba las manos, desmigajando el pañuelo de papel entre los dedos amoratados.
– Sí.
– ¿Contenía notas acerca de sus actividades en el Partido Comunista y sus trabajos con Chaz Minear?
– Cielos, sí.
Mal pensó en el informe de los detectives privados de Satterlee: Eisler acostándose con Claire de Haven en el 38 o 39.
– ¿Y notas sobre su vida personal?
– Gott in Himm… ¡Sí, sí!
– ¿Y todavía guarda ese diario?
Silencio. Luego:
– No lo sé.
Mal golpeó la mesa.
– Sí lo sabe, y tendrá que dejar que lo veamos. Sólo los datos políticos pertinentes se incluirán en la transcripción oficial.
Nathan Eisler sollozó en silencio.
– Nos dará ese diario -espetó Dudley-. De lo contrario lo confiscaremos y agentes uniformados desmantelarán este pequeño nido, trastornando seriamente a su pequeña familia.
Eisler asintió bruscamente; Dudley se reclinó en la silla, cuyas patas crujieron bajo su peso. Mal vio una caja de pañuelos de papel en el antepecho de la ventana, la cogió y la puso en las rodillas de Eisler. Eisler se aferró a la caja.
– Nos llevaremos el diario -determinó Mal-, y por el momento nos olvidaremos de Minear. Una pregunta general. ¿Alguna vez ha oído a una de las personas que nos interesan abogar por el derrocamiento del gobierno estadounidense por las armas?
Dos gestos negativos. Eisler agachó la cabeza mientras se le secaban las lágrimas.
– No como pronunciamiento formal, sino la declaración de este propósito -explicó Mal.
– Todos lo decíamos por furia, pero no significaba nada.
– El gran jurado decidirá qué significaba. Sea específico. Quién lo dijo, y cuándo.
Eisler se secó la cara.
– Claire decía «El fin justifica los medios» en los mítines. Reynolds afirmaba que él no era hombre violento, pero que empuñaría las armas si teníamos que enfrentarnos a los patrones. Los mexicanos lo dijeron un millón de veces en un millón de situaciones, especialmente en la época de Sleepy Lagoon. Morton Ziffkin lo gritó a los cuatro vientos. Era un hombre valiente.
Mal tomó nota pensando en la UAES y los estudios.
– ¿Y la UAES? ¿Cómo se relacionaba con el Partido y las demás organizaciones a que pertenecían usted y los demás?
– La UAES se fundó cuando yo estaba fuera del país. Los tres mexicanos habían encontrado empleo como tramoyistas y reclutaron miembros, al igual que Claire de Haven. Su padre había respaldado intereses creados de la industria cinematográfica y Claire decía que se proponía explotar y…
La cabeza de Mal zumbaba.
– ¿Y qué? Dígame.
Eisler volvió a entrelazar los dedos.
– Dígame -insistió Mal-. ¿«Explotar» y qué?
– ¡Seducir! ¡Ella se crió entre gente de cine y conocía a actores y técnicos que la deseaban desde que era joven! ¡Los sedujo para hacerlos miembros fundadores y logró que reclutaran gente para ella! ¡Dijo que era su penitencia por no haber sido citada por el HUAC!
Triple premio.
Mal impuso a su voz la serenidad de Dudley.
– ¿A quién sedujo, concretamente?
Eisler no dejaba de juguetear con la caja de pañuelos de papel.
– No lo sé, no lo sé. De verdad, no lo sé.
– ¿Muchos hombres, pocos hombres, cuántos?
– No lo sé. Sospecho que sólo unos pocos actores y técnicos influyentes que podían ser de ayuda.
– ¿Quién más la ayudó a reclutar gente? ¿Minear, Loftis?
– En aquella época Reynolds estaba en Europa. No sé nada sobre Chaz.
– ¿Qué se comentó en los primeros mítines de la UAES? ¿Trabajaron en alguna especie de plan o de esquema?
La caja de pañuelos no era más que jirones de cartón destrozado, Eisler se la quitó de las manos.
– Nunca asistí a esos mítines.
– Lo sabemos, pero necesitamos saber quiénes estaban allí además de los fundadores y qué se discutía.
– ¡No lo sé!
Mal adoptó un ataque por el flanco.
– ¿Aún le gusta Claire, Eisler? ¿La está protegiendo? Usted sabe que se va a casar con Reynolds Loftis. ¿Qué piensa acerca de ello?
Eisler echó la cabeza hacia atrás y rió.
– Nuestro romance fue breve, y sospecho que el apuesto Reynolds siempre preferirá a los chicos jóvenes.
– Chaz Minear no es un chico joven.
– Y él y Reynolds no fueron juntos mucho tiempo.
– Tiene usted unos amigos magníficos, camarada.
La risa de Eisler se volvió baja, gutural, germánica.
– Mejores que usted, obersturmbahnführer.
Mal se contuvo mirando a Dudley y el Policía Malo le devolvió la seña de no intervención.
– Pasaremos por alto ese comentario por deferencia a su colaboración, y considere que ésta es su entrevista inicial. Mi colega y yo releeremos sus respuestas, las compararemos con nuestros informes y le enviaremos una larga lista con más preguntas, detalles específicos concernientes a sus actividades en organizaciones comunistas y las actividades de los miembros de la UAES que hemos mencionado. Un funcionario de la ciudad supervisará sus notas, y un representante del tribunal recogerá su declaración. Después de esa entrevista, si usted responde ahora a algunas preguntas más y nos permite llevarnos el diario, recibirá categoría de testigo voluntario y plena inmunidad.