– No -dijo Rolff con calma. Mal se acercó y echó un vistazo a la foto.
Era una imagen borrosa en blanco y negro, una adolescente desnuda con las piernas abiertas. Dudley leyó el dorso: «Para Lenny. Fuiste el mejor. Con el amor de Maggie, Minnie Robert's Casbah, 19 de enero de 1946.»
Mal contuvo el aliento; Rolff se levantó, miró a Dudley de hito en hito y dijo con voz firme:
– No. Mi esposa y yo nos hemos perdonado mutuamente nuestras pequeñas indiscreciones. ¿Cree que de lo contrario dejaría las fotos en el escritorio? No. Ladrón. Parásito fascista. Cerdo irlandés.
Dudley tiró las fotos a la hierba. Mal le hizo la seña de no golpear. Rolff se aclaró la garganta y escupió a Dudley en la cara. Mal jadeó; Dudley sonrió, tomó una página manuscrita y se limpió el escupitajo.
– Sí, porque la bella Judith no sabe nada acerca de la bella Sarah y la gonorrea que usted le contagió, y acabo de confirmar dónde se curó usted. Terry Lux lleva registros meticulosos, y ha prometido colaborar conmigo si usted decide lo contrario.
– ¿Quién se lo dijo?-preguntó Rolff, aún con voz firme.
Dudley hizo una seña: «Transcripción literal.»
– Reynolds Loftis, bajo mucha menos presión de la que usted acaba de sufrir.
Mal reflexionó sobre esta maniobra: si Rolff se ponía en contacto con Loftis, todos los interrogatorios clandestinos quedarían comprometidos, la UAES cerraría la entrada a nuevos miembros por temor a la infiltración y Danny Upshaw fracasaría. Sacó pluma y libreta, cogió una silla y se sentó. Dudley usó su recurso típico.
– Sí o no, señor Rolff. Déme su respuesta.
Las venas palpitaron en la frente de Leonard Rolff.
– Sí -aceptó.
– Fantástico -dijo Dudley.
Mal escribió L. Rolff, 8/1/50 en la parte superior de una página en blanco. El interrogado se caló las gafas.
– ¿Testimonio público?
Mal respondió.
– Más probablemente declaración escrita. Empezaremos por…
Dudley alzó la voz por primera vez.
– Permíteme encargarme de este testigo, por favor.
Mal asintió e hizo girar la silla, apoyando la libreta en el respaldo.
– Usted sabe por qué estamos aquí -empezó Dudley-, así que vamos al grano. La influencia comunista en el mundo del cine. Nombres, fechas, lugares y palabras sediciosas que se dijeron. Como estoy seguro de que usted piensa mucho en él, empezaremos con Reynolds Loftis. ¿Alguna vez le oyó abogar por la revuelta armada contra el gobierno de Estados Unidos?
– No, pero…
– Dénos cualquier información que tenga, a menos que yo especifique lo contrario. ¿Tiene algún dato importante sobre Loftis?
– Adaptaba los personajes policíacos para que la policía quedara mal parada en el cine -jadeó Rolff-. Decía que ésa era su contribución para erosionar el sistema americano de jurisprudencia. -Una pausa, luego-: Si testifico en un tribunal, ¿tendrá él la oportunidad de hablar sobre Sarah y yo?
Mal respondió mintiendo a medias.
– Es muy improbable que comparezca como testigo, y si intenta dar esa información, el juez lo detendrá a los dos segundos. Está usted a salvo.
– Pero fuera del tribunal…
– Fuera del tribunal usted está solo -replicó Dudley-. Tendrá que confiar en que Loftis no repita la historia para no verse rechazado.
– Si Loftis les dijo eso, debió de colaborar bastante. ¿Por qué necesitan información en su contra?
Dudley, alerta:
– Loftis informó sobre usted hace meses, cuando pensábamos que nuestra investigación no se centraría en la UAES. Francamente, con los recientes problemas laborales, la UAES representa un blanco mucho más atractivo. Y con sinceridad, usted y los demás eran demasiado intrascendentes para que nos tomásemos la molestia.
Mal echó un vistazo y vio que Rolff lo creía: había distendido los hombros y había dejado de entrelazarse las manos. Rolff hizo una pregunta directa:
– ¿Cómo sé que no harán lo mismo conmigo?
– Este gran jurado está constituido oficialmente -intervino Mal-, y a usted se le dará inmunidad, algo que nunca ofrecimos a Loftis. Lo que dijo el teniente Smith sobre los problemas laborales es cierto. Es ahora o nunca, y tenemos que actuar ahora.
Rolff le clavó los ojos.
– Admite usted su oportunismo con tanto descaro que no me queda más remedio que creerle.
Dudley rió.
– Hay una diferencia entre nuestro bando y el de usted. Nosotros tenemos razón, ustedes están equivocados. Volvamos a Reynolds Loftis. Deliberadamente presentaba a los policías americanos como misántropos, ¿no es así?
Mal continuó transcribiendo. Rolff asintió.
– ¿Puede recordar cuándo dijo eso?
– En alguna fiesta.
– ¿Una fiesta del Partido?
– No. No, creo que fue en una fiesta durante la guerra, una fiesta de verano.
– ¿Estaba presente alguna de estas personas? ¿Hicieron algún comentario sedicioso? Claire de Haven, Chaz Minear, Morton Ziffkin, Sammy Benavides, Juan Duarte, Mondo López.
– Creo que Claire y Morton estaban allí, pero Sammy, Juan y Mondo estaban en la Comisión de Sleepy Lagoon en ese momento.
– De forma que esto sucedió en el verano del 43 -dijo Mal-. El momento en que el Comité de Defensa de Sleepy Lagoon estaba en lo más álgido de su campaña.
– Sí. Sí, eso creo.
– Piense, camarada -continuó Dudley-. Minear se acostaba con Loftis. ¿Estaba allí y vociferaba discursos?
Mal siguió transcribiendo, reduciendo la verborrea de Dudley a preguntas simples; Rolff puso fin a una larga pausa.
– Lo que recuerdo de esa fiesta es que fue mi último contacto social con la gente que usted mencionó hasta que volví a entablar amistad con Reynolds en Europa hace unos años. Recuerdo que Chaz y Reynolds habían reñido y que Reynolds no lo llevó a esa fiesta. Después de la fiesta vi a Reynolds fuera, junto a su coche, hablando con un joven con vendajes en la cara. También recuerdo que mi círculo de amigos políticos estaba involucrado en lo de Sleepy Lagoon y se enfadaron cuando acepté un trabajo en Nueva York que me impedía unirme a ellos.
– Hablemos de Sleepy Lagoon -dijo Dudley.
Mal pensó en su nota a Loew: ese episodio no debía llegar al gran jurado. Era un veneno político que favorecía la imagen de los rojos.
– Creí que usted quería que hablara sobre Reynolds -objetó Rolff.
– Una pequeña digresión. Sleepy Lagoon. Todo un acontecimiento, ¿verdad?
– Los muchachos que arrestó el Departamento de Policía eran inocentes. Ciudadanos apolíticos se unieron a la izquierda para lograr que los liberaran. En ese sentido, constituyó un gran acontecimiento.
– Esa es su interpretación, camarada. Yo tengo otra opinión, pero tiene que haber de todo en el mundo.
Rolff suspiró.
– ¿Qué quiere saber?
– Cuénteme sus recuerdos de esa época.
– Yo estaba en Europa durante el juicio, las apelaciones y la liberación de esos muchachos. Recuerdo el homicidio, que sucedió el verano anterior, creo que en el 42. Recuerdo la investigación policial, el arresto de los muchachos, la irritación de Claire de Haven, que se dedicó a recaudar fondos. Recuerdo haber pensado que ella brindaba sus favores a sus muchos pretendientes latinos, y que ésa era una de las razones por las cuales la causa significaba tanto para ella.
Mal intervino en busca de precisiones, preguntándose por qué Dudley había atacado desde ese flanco.
– En esas recaudaciones, ¿había jerarcas del PC?
– Sí.
– Pronto tendremos algunas fotos de Sleepy Lagoon. Se le pedirá que nos ayude a identificar a algunas personas.
– Entonces, ¿hay más?
Dudley encendió un cigarrillo y le indicó a Mal que dejara de escribir.
– Ésta es una entrevista preliminar. Un funcionario de la ciudad y un representante del tribunal pasarán dentro de pocos días con una larga lista de preguntas específicas sobre personas específicas. El teniente Considine y yo prepararemos las preguntas, y si estamos satisfechos con las respuestas le enviaremos por correo un certificado de inmunidad oficial.