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– Entonces, ¿han terminado por ahora?

– Todavía no. Volvamos un instante a Sleepy Lagoon.

– Pero ya le he dicho que en aquella época estaba en Nueva York. Estuve ausente durante la mayoría de las protestas.

– Pero usted conocía a muchos integrantes del Comité. Duarte, Benavides y López, por ejemplo.

– Sí. ¿Y qué?

– Ellos fueron los que más fervientemente alegaron que los pobres y perseguidos mexicanos recibieron un trato injusto, ¿verdad?

– Sí. Sleepy Lagoon desencadenó disturbios y el Departamento de Policía perdió la chaveta. Mataron a varios mexicanos a golpes, y Sammy, Juan y Mondo ansiaban manifestar su solidaridad a través del Comité.

Mal hizo girar la silla y observó. Dudley efectuaba un rebuscado sondeo haciendo gala de una enorme dosis de retórica. No era su estilo.

– Si eso le parece tendencioso, lo lamento. Es simplemente la verdad -declaró Rolff.

Dudley hizo un ruido despectivo.

– Siempre me sorprendió que los comunistas y esos presuntos ciudadanos comprometidos nunca señalaran un asesino responsable de la muerte de José Díaz. Ustedes son los maestros del chivo expiatorio. López, Duarte y Benavides eran miembros de bandas y probablemente conocían a muchos malhechores blancos a quienes culpar. ¿Alguna vez lo discutieron?

– No. Lo que usted dice es incomprensible.

Dudley le guiñó el ojo a Mal.

– Mi colega y yo sabemos que no es así. Veamos. ¿Los tres mexicanos u otros miembros del Comité expusieron teorías serias acerca de quién había matado a José Díaz?

– No -respondió Rolff, apretando los dientes.

– ¿Y el PC? ¿Sugirió algún posible chivo expiatorio?

– Ya le he dicho que no, estuve en Nueva York durante casi todo el episodio.

Dudley, arreglándose el nudo de la corbata y apuntando un dedo hacia la calle, dijo:

– Malcolm, ¿alguna pregunta más para el señor Rolff?

– No -dijo Mal.

– Nada sobre nuestra bella Claire?

Rolff se levantó, pasándose la mano por el cuello como si no viera el momento de librarse de los inquisidores y darse un baño; Mal volcó la silla al ponerse en pie. Buscó un comentario ingenioso pero no se le ocurrió ninguno.

– No.

Dudley permaneció sentado, sonriendo.

– Señor Rolff, necesito los nombres de cinco camaradas, gente que conozca bien el monopolio de cerebros de la UAES.

– No -sentenció Rolff-. Declaradamente no.

– Por ahora me conformaré con los nombres, al margen de los recuerdos íntimos que usted pueda brindarnos dentro de unos días, cuando un colega nuestro haya realizado las investigaciones pertinentes. Los nombres, por favor.

Rolff hundió los pies en la hierba, apretó los puños.

– Háblele a Judith de Sarah y de mí. No le creerá.

Dudley sacó un papel del bolsillo interior de la chaqueta.

– Once de mayo de 1948. «Querido Lenny. Te echo de menos y quisiera que estuvieras dentro de mí a pesar de tu enfermedad. Sigo pensando que por supuesto tú no sabías que la tenías y que conociste a esa prostituta antes de que saliéramos juntos. Los tratamientos son dolorosos, pero aun así me hacen pensar en ti, y si no fuera por el temor de que Judith se enterara, hablaría de ti constantemente.» Las Armbuster 304 son las cajas fuertes más baratas del mundo, camarada. Un hombre de su posición no debería ser tan tacaño.

Lenny Rolff cayó de rodillas en la hierba. Dudley se arrodilló junto a él y captó una susurrada lista de nombres. El último, pronunciado en un sollozo, fue «Nathan Eisler». Mal regresó deprisa al coche, mirando hacia atrás una sola vez. Dudley observó cómo su testigo voluntario lanzaba la máquina de escribir, el original, la mesa y las sillas en diversas direcciones.

Dudley llevó a Mal de vuelta al motel sin decir una palabra. Mal puso la radio en una emisora típica: música arrasadora a todo volumen. La despedida de Dudley fue: «Tienes más estómago del que yo creía para este trabajo.» Mal entró y se pasó media hora en la ducha, hasta que el agua caliente del edificio se agotó y el gerente fue a golpear la puerta para quejarse. Mal lo calmó con su insignia y un billete de diez, se puso un traje limpio y fue al centro a ver a su abogado.

La oficina de Jack Kellerman estaba en la Oviatt Tower, en la Sexta y Olive. Mal llegó cinco minutos antes. Echó un vistazo a la desnuda sala de recepción, preguntándose si Jake prescindía de secretaria para poder alquilar un apartamento en uno de los edificios más caros de Los Ángeles. En su primera entrevista habían hablado de generalidades; ésta sería sobre temas concretos.

Kellerman abrió la puerta de la oficina a las tres en punto, Mal entró y se sentó en una sencilla silla de cuero marrón. Kellerman le estrechó la mano, luego se plantó detrás de un sencillo escritorio de madera marrón.

– La preliminar será pasado mañana -dijo-, tribunal civil 32. Greenberg está de vacaciones, y tenemos a un gai envarado llamado Hardesty. Lamento eso, Mal. Quería conseguirte un judío para impresionarle con tu trabajo como policía militar en Europa.

Mal se encogió de hombros, pensando en Eisler y Rolff; Kellerman sonrió.

– ¿Puedes confirmarme un rumor?

– Claro.

– Oí decir que liquidaste a un bastardo nazi en Polonia.

– Es verdad.

– ¿Lo mataste?

La oficina pequeña y desnuda le estaba resultando sofocante.

– Sí.

– Mazel tov -dijo Kellerman. Examinó su calendario y algunos papeles-. En la sesión preliminar empezaré pidiendo aplazamientos y trataré de elaborar una perspectiva para ponerte en manos de Greenberg. Se va a enamorar de ti. ¿Cómo anda el asunto del gran jurado?

– Bien.

– Entonces, ¿por qué tienes tan mala cara? Oye, ¿hay alguna probabilidad de que consigas el ascenso antes de que se reúna el gran jurado?

– No, Jake. ¿Cuál será tu estrategia después de los aplazamientos?

Kellerman se enganchó los pulgares en los bolsillos del chaleco.

– Mal, se trata de aplastar a Celeste. Ella abandonó al niño…

– No lo abandonó. Los condenados nazis la capturaron junto con su esposo y los encerraron en Buchenwald.

– Calma, amigo. Tú me contaste que el niño sufrió abusos sexuales como consecuencia directa del abandono de la madre. En el campo de concentración ella se vendió para conservar la vida. Tu batallón de la Policía Militar tiene las fotos de sus entrevistas de liberación, y parece Betty Grable comparada con las otras mujeres que salieron vivas. Con eso la destruiré en el tribunal, con Greenberg o sin él.

Mal se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata.

– Jake, no quiero que Stefan oiga esas cosas. Quiero que consigas una orden para impedir que asista a los testimonios. Una orden de exclusión. Puedes hacerlo.

Kellerman rió.

– Con razón abandonaste tus estudios de leyes. Las órdenes para excluir a los menores de los testimonios en casos de custodia no tienen validez legal a menos que ambos padres lo aprueben. Y el abogado de Celeste no lo permitirá. Si la destrozo en el tribunal, cosa que voy a hacer, el abogado querrá que Stefan esté allí por si el niño corre hacia mamá y no hacia papá. No está en nuestras manos.

Mal vio a Stefan Heisteke, Praga 1945, saliendo de un período de tres años de alimentos enlatados para perros y violaciones.

– Olvídalo. Ataca a Celeste con lo que ocurrió después de la guerra.

– ¿Las conversaciones en checo, por ejemplo? Mal, ella no bebe, no se acuesta con otros ni le pega al niño. No se quita la custodia de un hijo a la madre natural porque la mujer viva en el pasado.

Mal se levantó. La cabeza le palpitaba.

– Entonces, conviérteme en el mayor héroe desde Lindbergh. Hazme parecer intachable como para que la maternidad sea lo de menos.