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Jake Kellerman señaló la puerta.

– Echa el guante a unos cuantos comunistas y haré todo lo posible.

Mal se dirigió al Pacific Dining Car. Quería darse un festín para olvidar lo de Eisler, Rolff y Dudley Smith, la purga que no había conseguido con media hora de agua templada. Pero en cuanto llegó la comida, perdió el interés, cogió el diario de Eisler y examinó los años 1938 y 1939, la época en que el escritor salía con Claire de Haven.

Ninguna descripción directa, sólo análisis.

La mujer odiaba al padre, follaba con mexicanos para molestarlo. También adoraba al padre y hacía que sus consortes izquierdistas blancos se pusieran camisas tradicionales como las de él, para poder arrancarles la ropa y entregarse al juego de humillar a los sustitutos paternos. Odiaba el dinero y la ideología política del padre, le saqueaba las cuentas para hacer obsequios a hombres cuyas ideas políticas despreciaba el viejo; se embriagaba con alcohol, estupefacientes y sexo, encontraba causas para hacer penitencia y convertirse en una ejemplar Juana de Arco izquierdista: organizaba, planificaba, reclutaba, financiaba con su propio dinero y a menudo obtenía donaciones gracias a su cuerpo. La eficacia política de la mujer era tan demoledora que nunca se la consideró una mera seguidora o aficionada; a lo sumo, sólo se cuestionaban su psicología y sus motivos. La fascinación de Eisler por Claire continuó aun después que terminara su amorío, conservaron su amistad cuando ella empezó sus aventuras con matones pachucos, sus internaciones en la clínica de Terry Lux, su gran penitencia por Sleepy Lagoon: un amigo mexicano vapuleado en los disturbios, una estancia en la clínica del doctor Terry y luego una temporada social, totalmente sobria, con el Comité de Sleepy Lagoon. Impresionante. Al margen de la demencial fijación de Dudley Smith, los diecisiete chicos acusados de liquidar a José Díaz eran inocentes según todas las versiones. Y Claire Katherine de Haven -zorra rica y comunista- había desempeñado un papel decisivo en la liberación.

Mal recorrió el diario; las notas sobre Claire de Haven se reducían en el 44 y el 45. Probó algún bocado y retrocedió a ciertas páginas donde Eisler se mostraba inteligente, analítico, un individuo con buenas intenciones descarriado por profesores universitarios izquierdistas y el espectro de Hitler sobre Alemania. Hasta ahora, ninguna prueba. Si el diario se presentaba ante el gran jurado, Eisler aparecería, en realidad, extrañamente heroico. Recordando que el hombre era amigo de Reynolds Loftis y colaborador de Chaz Minear, Mal buscó a esos personajes.

Minear era débil, el más femenino de los dos, la hiedra aferrada a la pared. Mal leyó párrafos acerca de Chaz y Eisler cuando escribían el guión de Frente oriental y Tormenta en Leningrado hacia 1942 y 1943. Eisler estaba enfadado con los chapuceros hábitos laborales de Minear, enfadado por su atracción hacia Loftis, enfadado consigo mismo por despreciar la homosexualidad de su amigo, peculiaridad que sin embargo toleraba en Reynolds porque al menos no era tan afectado. Se notaba la furia impotente de Minear creciendo desde los días de Sleepy Lagoon. Lloraba en el hombro de Eisler por alguna aventura de Loftis -«Por Dios, Nate, es sólo un niño, y lo han desfigurado»- y luego rehusaba insistir en ese tema. Visión retrospectiva: en el 47, Chaz Minear se desquitó de su amante infiel delatándolo al HUAC, que incluyó a Loftis en las listas negras. Mal pensó que si Danny Upshaw no podía infiltrarse en la UAES, Chaz Minear, homosexual afeminado y débil, sería susceptible ante ciertas presiones: si se negaba a declarar, harían saber que los había delatado antes.

El resto del diario era una lata: mítines, comités, reuniones, y nombres que Buzz Meeks debería investigar junto con los nombres que Dudley había arrancado a Lenny Rolff. Mal dejó de leer mientras el bistec se enfriaba y la ensalada se marchitaba; comprendió que Nathan Eisler le caía bien. Y que después de la lectura del diario y ese intento de cena, no tenía adonde ir salvo el motel Shangri-Lodge, aunque lo que más deseaba era hablar con Stefan, una violación directa de las órdenes de Jake Kellerman. El motel sólo ofrecía nombres de mujeres garrapateados en la puerta del cuarto de baño, y si llamaba a Stefan tal vez se toparía con Celeste y tendrían su primer enfrentamiento desde que ella se había arreglado la cara. Inquieto, pagó la cuenta, enfiló hacia las colinas de Pasadena y aparcó en medio de un cañón oblongo y oscuro: el «Callejón de la Cordita», el lugar donde su generación de policías novatos se embriagaba, se confesaba y practicaba el tiro al blanco con altos arbustos de salvia que hacían las veces de delincuentes.

En el suelo había una gruesa capa de cartuchos vacíos; apagando los faros, Mal observó que las otras generaciones de policías habían hecho trizas los arbustos y habían pasado a practicar con los pinos achaparrados: los árboles estaban despojados de corteza y acribillados de agujeros de bala. Salió del coche, desenfundó el revólver reglamentario y disparó seis veces hacia la oscuridad; el eco le hirió los oídos y el tufo de la cordita le resultó agradable. Cargó de nuevo y de nuevo vació el 38; más allá de la colina, en la barriada de Pasadena Sur, otras armas dispararon, como una serie de perros aullándole a la luna. Mal cargó de nuevo, disparó, cargó y disparó hasta vaciar la caja de Remingtons; oyó ovaciones, aullidos, gritos y después el silencio.

Un viento tibio susurraba en el cañón. Mal se apoyó en el coche y pensó en Antivicio, las operaciones, su rechazo del Escuadrón Especial, donde uno actuaba pistola en mano y se ganaba el respeto de policías como Dudley Smith. En Antivicio había eliminado una serie de burdeles de Chinatown considerados inexpugnables. Había enviado policías novatos a hacerse chupar la verga, y cinco minutos después los habían seguido agentes veteranos y técnicos con cámaras. Las muchachas acababan de bajar del barco y vivían en casa con mamá-san y papá-san, quienes creían que estaban haciendo turnos dobles en la fábrica de camisas Shun-Wong; se hizo acompañar por un grupo de fornidos policías hasta la oficina de Tío Ace Kwan, el principal chulo chino de Los Ángeles. Informó a Tío Kwan que si no se llevaba sus rameras del condado, mostraría las fotos a los papá-san -muchos de ellos relacionados con la organización Tong- y les informaría que Kwan-san estaba engordando gracias a la dieta de verga blanca de hija-san. Tío Ace se inclinó, dijo que sí, obedeció y siempre le enviaba un pato acaramelado y una atenta felicitación en Navidad, y él siempre pensaba en pasarle el saludo a su hermano, cuando todavía se hablaban.

Él.

Desmond.

El Gran Des.

Desmond Confrey Considine, quien le obligaba a entrar en casas oscuras y le convirtió en un policía, un agente de la ley.

Tres años mayor. Siete centímetros más alto. Un atleta, un experto en fingir piedad para impresionar al reverendo. El reverendo lo sorprendió robando un paquete de chicles en el Pig and Whistle local y le azotó tanto el trasero que el Gran Des se desligó unos tendones tratando de liberarse de las correas y no pudo jugar durante el resto de la temporada de fútbol. Era un formidable defensa con poca inteligencia y una gran cleptomanía que ahora lo aterraba: sin piernas ni pelotas, cortesía de Liam Considine, formidable calvinista.

Así que Desmond reclutó a su enclenque hermano menor, pensando que su extrema delgadez le permitiría entrar en lugares que él ahora temía saquear, que le conseguiría las cosas que quería: la raqueta de tenis de Joe Sintson, el aparato de radio de Jimmy Harris, el collar de dientes de alce de Dan Klein y todas las cosas buenas de que disfrutaban otros chicos, para su exasperación. El pequeño Malcom, que no podía dejar de blasfemar aunque el reverendo le advirtió cuando cumplió catorce años que el castigo sería una azotaina en vez de la cena de jabón de brea y aceite de castor a que estaba acostumbrado. El pequeño Mal se convertiría en ladrón, o el reverendo sabría sus comentarios referentes a que Jesús lo hacía con Rex el Perro Maravilla y que María Magdalena se acostaba con Willy, el viejo que repartía hielo con su jamelgo. El reverendo sabía que Des no tenía suficiente imaginación para inventar estas cosas.