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Un enfermero entró con un hombre de unos treinta años con ropa caqui, un individuo bajo y flaco de caderas anchas, ojos grises y hundidos. Un rizo castaño y grasiento le cubría la frente. El ordenanza dijo «Es el» y salió; Vandrich suspiró.

– Esto es una farsa. Tengo contactos en la centralita, y la operadora me dijo que se trata de asesinatos. No soy asesino. Los músicos de jazz son vuestras víctimas. Hace años que tratáis de crucificar a Bird, ahora me queréis a mí.

Danny, sin perder la calma, evaluó a Vandrich consciente de que éste hacía lo mismo.

Te equivocas. Esto es por Felix Gordean, Duane Lindenaur y George Wiltsie. Sé que no eres un asesino.

Vandrich se desplomó en una silla.

– Felix es una obra de arte, no tengo idea de quién es Duane no-sé-cuánto, y George Wiltsie se ponía relleno en la entrepierna para impresionar a todos los maricones ricos de las fiestas de Felix. ¿Y por qué vas vestido de hombre malo? ¿Crees que así me harás hablar? Es una imagen barata, y hace tiempo que dejé de creer en ella.

Danny pensó: Listo, experimentado, tal vez conoce el juego. La alusión al «hombre malo» causó su efecto. Danny se acarició las mangas de la cazadora, disfrutando de la suavidad de cuero.

– Los tienes confundidos, Cy. No saben si estás loco o no.

Vandrich sonrió. Movió burlonamente la cadera.

– ¿Crees que soy un impostor?

– Sé que lo eres, y sé que los jueces del Tribunal de Delitos Menores se cansan de dar a los mismos personajes noventa días aquí cuando podrían acusarlos de robo y endilgarles una buena sentencia. Una sentencia en San Quintín. Allí dentro no te piden nada, toman lo que quieren.

– Y sin duda sabes bastante sobre el particular, a pesar de tu dura vestimenta de cuero.

Danny se entrelazó las manos sobre la nuca. Sintió la caricia del cuello de piel de la cazadora.

– Necesito saber qué sabes sobre George Wiltsie y Felix Gordean, y qué sabe Gordean sobre ciertas cosas. Si colaboras, siempre tendrás sentencias de noventa días. Si me jodes el negocio, el juez recibirá una carta diciendo que has ocultado pruebas en un caso de triple homicidio.

Vandrich rió entre dientes.

– ¿Asesinaron a Felix?

– No. Wiltsie, Lindenaur y un trombonista llamado Martin Goines, que usaba el apodo «Cuerno de la Abundancia». ¿Has oído hablar de él?

– No, pero soy trompetista y me llamaban los Labios del Éxtasis. Tiene doble sentido, por si no lo has captado.

Danny festejó la ocurrencia.

– Cinco segundos o le escribo al juez.

Vandrich sonrió.

– De acuerdo, polizonte. Incluso te haré una observación preliminar gratuita. Pero quiero hacerte una pregunta. ¿Felix te habló de mí?

– Sí.

Vandrich hizo un pequeño número, cruzando las piernas y moviendo afectadamente las manos: el maricón convertido en mujercita para someterse a la autoridad. Danny empezó a sudar. Su disfraz de izquierdista era caluroso, excesivo.

– Habla de una vez -apremió Danny.

Vandrich se calmó.

– Conocí a Felix durante la guerra, cuando yo me hacía el loco para que no me alistaran. Representé esa comedia en todas partes. Entonces vivía de una herencia, me daba la gran vida. Iba a las fiestas de Felix y una vez salí con Georgie; Felix pensó que yo estaba chiflado. Así que si te mandó a verme, tal vez te tomaba el pelo. Ésta es mi observación preliminar gratuita.

Y la confirmación de lo que el instinto le decía sobre Gordean: ese alcahuete no podía respirar sin hacer un cálculo, lo cual significaba que estaba ocultando algo.

– Muy bien -dijo Danny.

Sacó su libreta y miró la lista de preguntas que había preparado.

– Robos de casas, Vandrich. ¿Sabías si George Wiltsie estaba involucrado en el asunto, o conoces a alguien relacionado con Felix Gordean que haga ese trabajo?

Vandrich negó con la cabeza.

– No. Como te decía, George Wiltsie y yo salimos una vez. La charla no era su fuerte, así que nos limitamos a lo nuestro. Nunca mencionó al tal Lindenaur. Lamento que lo hayan matado, pero yo sólo compro cosas bonitas en las tiendas. No me asocio con gente que roba en casas.

Danny anotó «No».

– ¿Qué me dices de dentistas y mecánicos dentales, hombres capaces de fabricar postizos?

Vandrich enseñó sus dientes perfectos.

– No. Y no he visitado a un dentista desde la escuela secundaria.

– Un joven, tal vez un chico, con la cara llena de cicatrices, la cara quemada envuelta en vendajes. Robaba casas durante la guerra.

– No. Qué asco.

Danny anotó «No» dos veces.

– Estaca cortante. Es un palo largo de madera con una o varias hojas de afeitar en la punta. Es un arma de cuando la guerra, para rasgar los trajes de colores chillones de los mexicanos.

– Doble asco, y asco por los pachucos con trajes de colores chillones en general.

No, no, no, no, subrayados. Danny hizo su pregunta clave.

– Hombres altos, canosos, cuarentones. Pelo canoso y atractivo, fulanos que conocen clubes de jazz, con dinero para comprar droga. Homosexuales que frecuentaban las fiestas de Gordean en tus tiempos.

– No -respondió Vandrich.

Danny pasó a una hoja en blanco.

– Este es tu plato fuerte, Cyril. Felix Gordean. Todo lo que sepas, todo lo que hayas oído, todo lo que hayas pensado.

– Felix Gordean es… una… obra… de… arte -dijo Vandrich, arrastrando las palabras-. No sale con hombre, mujer ni bestia, y sólo se excita cuando la gente se sincera, cuando admite lo que es, y entonces le brinda sus servicios. Tiene una agencia artística legal, y conoce a muchos jóvenes, tipos sensibles y creativos… y… tienden a ser…

Danny quiso gritar MARICA, PUTO, INVERTIDO, PEDERASTA, y arrojar la inmundicia de los archivos del Escuadrón Hollywood por la garganta de Vandrich, para que él la escupiera hacia fuera y Danny pudiera escupir sobre ella. Se acarició las mangas de la chaqueta y dijo:

– Se excita cuando logra que los demás confiesan que son homosexuales, ¿no?

– Pues… sí.

– Puedes decirlo, Vandrich. Hace cinco minutos tratabas de coquetear conmigo.

– Es… es una palabra difícil. Es desagradable, clínica y fría.

– Conque Gordean hace que estos homosexuales confiesen. ¿Después qué?

– Luego le agrada exhibirlos en sus fiestas y ponerlos en contacto. Les consigue trabajos de actor, luego cobra dinero por presentarlos. A veces celebra fiestas en su casa de la playa y mira por unos espejos. Él puede mirar hacia dentro, pero los tipos del dormitorio no pueden ver qué hay detrás.

Danny recordó su primera incursión en el Marmont: espiando, la entrepierna apretada contra la ventana, meciéndose.

– Conque Gordean es mirón de maricas, y le gusta ver cómo follan los invertidos. Veamos esto. ¿Lleva registros de su servicio de presentación?

Vandrich había apoyado la silla contra la pared.

– No. Por lo menos no los llevaba entonces. Se decía que tenía una excelente memoria, y le aterraba anotar cosas… por temor a la policía. Pero…

– ¿Pero qué?

– P-pero se… dice que le gusta memorizarlo todo, y una vez le oí decir que su mayor sueño era tener información sobre todos sus conocidos y un modo lucrativo de usarla.

– ¿Como el chantaje?

– S-sí, yo pensé en eso.

– ¿Crees que Gordean es capaz?

Ningún jadeo, tartamudeo ni titubeo.

– Sí.

Danny acarició el suave cuello de piel, pegajoso de sudor.

– Lárgate de aquí.

Gordean ocultaba información.

La agencia artística era su sistema para satisfacer su voyeurismo.

Chantaje.

Ninguna reacción sospechosa de Gordean ante la mención de Duane Lindenaur, extorsionador; Charles Hartshorn -«bajo y calvo»-quedaba fuera de sospecha por su aspecto, un dato corroborado por los comentarios del sargento Frank Skakel y su advertencia sobre el poder de Hartshorn: el abogado quedaba al margen por el momento. Si Gordean mismo actuaba como extorsionador, lo de Lindenaur era pura coincidencia: los dos hombres se movían en un mundo plagado de víctimas del chantaje. La agencia de talentos era el lugar para empezar.