Danny regresó a Los Ángeles por la carretera de la costa, con las ventanillas abiertas para quedarse con la cazadora puesta y abrochada. Siguiendo las órdenes de Considine, aparcó a tres calles del cuartel de Hollywood y caminó el resto del trayecto. Llegó a la sala de reuniones a tiempo para su cita del mediodía.
Sus hombres ya estaban allí, sentados en la primera fila de sillas. Mike Breuning y Jack Shortel charlaban y fumaban. Gene Niles estaba a cuatro sillas de distancia, hojeando una pila de documentos. Danny cogió una silla y se sentó frente a ellos.
– Aún tiene facha de policía -comentó Shortell.
– Sí -admitió Breuning-, pero los comunistas no lo notarán. Si fueran tan listos no serían comunistas, ¿verdad?
Danny rió.
– Terminemos con esto, Upshaw -dijo Niles-. Tengo mucho que hacer.
Danny sacó libreta y pluma.
– Yo también. Sargento Shortell, usted primero.
– He hecho mis deberes. Llamé a noventa y un talleres dentales, describí nuestro hombre a los encargados y obtuve un total de dieciséis candidatos: tipos raros, con antecedentes. Eliminé a nueve por el grupo sanguíneo, cuatro están actualmente en la cárcel. Hablé con los otros tres. Ninguna pista, y los tres tienen coartadas. Seguiré trabajando, y lo llamaré si doy con algo.
– De acuerdo -dijo Danny, volviéndose a Breuning-. Mike, ¿qué tienen usted y el sargento Niles?
Breuning consultó un cuaderno.
– No tenemos nada. En cuanto a las mordeduras, consultamos los archivos del Departamento de Policía, el condado y los municipales. Encontramos a un marica negro que le arrancó la verga a mordiscos a su amiguito, un gordo rubio con antecedentes de violación de niñas que muerde a las pequeñas y dos fulanos que concuerdan con la descripción, ambos en Atascadero por asalto con agravantes. En cuanto los bares, nada. Los aficionados a los mordiscos no andan por los bares de homosexuales diciendo: «Muerdo. ¿Quieres probar?» Los policías con experiencia en homosexuales con quienes hablé lo tomaron a risa. Archivos de Antivicio y delincuentes sexuales, nada. Robo, el mismo resultado. Comparé los dos archivos, ninguna coincidencia. El chico de las quemaduras, nada. Había seis candidatos maduros y canosos, todos bajo custodia o con coartada para las noches de las muertes, con testigos respetables. Los nuevos interrogatorios, cero: ya es historia antigua. El distrito negro, Griffith Park, la zona donde abandonaron a Goines, nada. Nadie vio nada, a nadie le importa un comino. Los soplones, olvídalo. Este tipo es un solitario, y apuesto mi pensión a que no se asocia con elementos criminales. Hablé personalmente con los tres únicos candidatos que conseguí en la Oficina de Libertad Condicional del estado y el condado: dos de ellos eran damiselas y el otro una verdadera joya, un fulano alto y canoso con pinta de predicador que se tiró a tres infantes de Marina durante la guerra y se lubricaba el miembro con pasta de dientes. Los tres estaban en la Misión de la Medianoche, confirmado nada menos que por la hermana Mary Eckert en persona.
Breuning calló, sin aliento, y encendió un cigarrillo. Continuó.
– Gene y yo apretamos las tuercas a todos los vendedores de heroína del lado sur que pudimos encontrar. No eran muchos. El lugar está seco. Corre el rumor de que Jack D., Mickey C., o ambos, se están preparando para introducir un cargamento de mercancía barata. Investigamos a los jazzistas. Nada que concuerde con la descripción de nuestro hombre. Lo mismo con barbitúricos. Nada. Y conste que pusimos todo nuestro empeño.
Niles rió entre dientes; Danny miró sus distraídos garabatos: una página de ceros concéntricos.
– Mike, ¿qué pasa con las estacas cortantes? Archivos, informadores.
Breuning entornó los ojos.
– Otro cero. Y eso es asunto de mexicanos un tanto rebuscado. Sé que el doctor Layman declaró que las heridas se hicieron con esa arma, pero ¿no podría estar equivocado? A mi juicio, no encaja.
Un payaso de Dudley Smith descalificando a Norton Layman, doctor en medicina. Danny replicó secamente:
– No. Layman es el mejor, y tiene razón.
– Entonces no creo que sea una buena pista. Creo que nuestro hombre leyó algo acerca de esas estacas o presenció uno de los disturbios y se excitó con el asunto. Es un condenado psicópata, esos tipos no actúan racionalmente.
Había algo raro en el comentario de Breuning, Danny se encogió de hombros para disimular su recelo.
– Creo que usted se equivoca. Creo que las estacas son esenciales en el modo de pensar del asesino. El instinto me dice que se está vengando de viejos agravios, y que cada una de las mutilaciones tiene mucho que ver con eso. Así que quiero que usted y Niles registren los archivos de los vecindarios mexicanos y busquen viejos informes: el 42, el 43, esa época, los disturbios, Sleepy Lagoon, la época en que apaleaban a los mexicanos.
Breuning clavó los ojos en Danny.
– El instinto -masculló Niles.
– Sargento -dijo Danny-, si tiene algún comentario, dígalo en voz alta.
Niles sonrió burlonamente.
– De acuerdo. Primero, no me gusta el Departamento del sheriff ni su amigote Mickey Hebraico, y según un contacto que tengo en el condado, usted no es el buen chico que parece. Segundo, hice mis propias investigaciones y hablé con un par de reos de San Quintín en libertad condicional que afirmaron que Martin Goines no podía ser maricón, y les creo. Tercero, creo que usted me jodió personalmente al no informar sobre la calle Tamarind, y eso no me gusta.
Que no sea Bordoni, que no sea Bordoni. Danny conservó la calma.
– No me importa lo que a usted le guste ni lo que usted piense. ¿Quienes eran esos reos?
Se miraron de hito en hito. Niles miró su libreta.
– Paul Arthur Koenig y Lester George Mazmanian. Y cuarto, usted no me gusta.
Había llegado el momento de actuar. Danny miró a Niles mientras se dirigía al sargento Shortell del Departamento del sheriff.
– Jack, en la pizarra de novedades hay un dibujo que ofende a nuestro Departamento. Arránquelo.
La voz de Shortell, admirativa.
– Será un placer, jefe.
Ted Krugman.
Ted Krugman.
Theodore Michael Krugman.
Teddy Krugman, Tramoyista Rojo Comunista Subversivo.
Amigo de Jukey Rosensweig, de Actores Jóvenes Contra el Fascismo, y Bill Wilhite, jefe de célula del PC de Brooklyn; ex amante de Donna Patrice Cantrell, militante izquierdista en la Universidad de Columbia en el 43, suicida en el 47: un salto desde el Puente George Washington cuando recibió la noticia de que su padre socialista había intentado suicidarse cuando lo citó el HUAC, transformándose en un vegetal mediante la ingestión de un cóctel demoledor que le abrasó los sesos reduciéndolo a menos que idiota. Ex miembro de AFL-CIO, el PC de Long Island Costa Norte, Comité de Defensa de los Obreros de la Confección, Americanos Comprometidos Contra el Fanatismo, Amigos de la Brigada Abraham Lincoln y Juego Limpio para la Liga Paul Robeson. Campamentos estivales socialistas cuando niño, desertor del Colegio de la Ciudad de Nueva York, rechazado en el servicio militar por sus ideas subversivas. Le gustaba trabajar en el teatro porque conocía a personas políticamente relevantes, además de mujeres. Trabajó en muchos espectáculos de Broadway, y en un puñado de películas de segunda fila, rodadas en Manhattan. Activista, pendenciero, un tipo duro. Le encantaba asistir a mítines y manifestaciones, firmar peticiones y usar la jerga comunista. Presente en la escena izquierdista neoyorquina hasta el 48. Luego nada.