Había bungalows a ambos lados de la calle; un letrero indicaba que el lugar era «La Paloma Drive Norte, 1900». Danny aceleró. La calle era cada vez más empinada y no había coches en movimiento a la vista. Las luces de las casas le daban un poco de claridad. La Paloma Drive se convirtió en una cima y se acható. Allí estaba su sedán pardo, al borde de la calle, la portezuela abierta.
Danny frenó detrás, encendió las luces altas, desenfundó el arma. Bajó y avanzó revólver en mano. Miró dentro y no vio nada salvo una pulcra tapicería, retrocedió y vio un Pontiac Super Chief 48 abandonado en una calle despoblada rodeada de colinas oscuras.
El corazón le palpitaba aceleradamente, tenía la garganta seca y las piernas flojas, y le temblaba la mano del arma. Escuchó y no oyó nada salvo sus propios ruidos; buscó rutas de escape y vio una docena de calzadas que conducían a patios traseros y la sierra de las Montañas de Santa Mónica.
Danny pensó: «Actúa como un policía, anda despacio, estás a cargo de un caso de homicidio.» Esa frase lo calmó; enfundó la 45, se arrodilló y registró el asiento delantero.
Nada en el asiento; la documentación sujeta a la columna de dirección, donde debía estar. Danny desató la tira de plástico sin tocar superficies planas, la puso a la luz de sus faros y leyó:
Wardell John Hascomb, Iola Sur 9816 1/4, Los Ángeles. Número de permiso, California 416893-H; número de matrícula, California JQ 1338.
South Central, distrito negro, la zona donde el asesino había robado el coche con que trasladó a Martin Goines.
Él.
Danny empezó a temblar. Regresó a Sunset y enfiló hacia el oeste hasta que encontró una gasolinera con teléfono. Con manos trémulas, insertó una moneda en la ranura y llamó a Circulación.
– ¿Sí? ¿De parte de quién?
– Agente Upshaw, Hollywood Oeste.
– ¿El que llamó hace media hora?
– Sí, maldita sea. Busque esto en Vehículos Robados: sedán Pontiac Super Chief 1948, JQ 1338 de California. Si es robado, quiero saber de dónde se lo llevaron.
– Comprendido. -Silencio. Danny esperó en la cabina, tiritando. Sacó libreta y pluma para anotar los datos. Vio «Augie Luis Duarte» y comprendió por qué le resultaba familiar: había un Juan Duarte en el informe de la UAES que estudiaba. Eso no significaba nada. Duarte era un apellido mexicano tan extendido como García o Hernández.
La voz volvió.
– Lo robaron esta tarde frente a Normadie Sur 9945. El dueño es un tal Wardell J. Hascomb, negro, domiciliado en…
– Ya tengo eso.
– ¿Sabe, agente? Su colega era mucho más amable.
– ¿Qué?
El hombre parecía irritado, como si estuviera hablando con un cretino.
– El agente Jones. Llamó para que le repitiera esos cuatro nombres que le di a usted. Dijo que usted había perdido las notas.
Ahora la cabina le pareció helada. No existía ese agente. Alguien, tal vez «él», lo había observado mientras vigilaba la oficina de Gordean, tan cerca como para oír su conversación con el empleado y deducir que estaba solicitando registros de vehículos.
– Describa la voz -dijo Danny, tiritando.
– ¿La de su colega? Demasiado culta para ser la de un detective, y…
Danny colgó, insertó la última moneda y marcó la línea directa de la oficina de Hollywood. Una voz respondió «Detectives» y Danny dijo:
– El sargento Shortell. Dígale que es urgente.
– Bien.
Un chasquido, un bostezo del veterano sargento.
– Sí. ¿Quién habla?
– Upshaw. Jack, el asesino me ha estado siguiendo en un auto robado.
– ¿Qué demonios…?
– Sólo escuche. Me di cuenta, él escapó y abandonó el coche. Anote esto: Pontiac Super 48, pardo, La Paloma Drive, saliendo de Sunset en Pacific Palisades, donde el camino se achata en una loma. Que dactiloscopia investigue el coche, usted interrogue. Se marchó a pie y allí sólo hay colinas, así que estoy seguro de que se nos ha escapado, pero hágalo de todos modos. Y deprisa… yo no estaré allí para supervisar.
– Santo cielo.
– Ya lo creo. Consígame además los antecedentes de estos cuatro hombres: Donald Wachtel, Franklin 1638, Santa Mónica; Timothy Costigan, Saticoy 11692, Van Nuys; Alan Marks, Cuarta Avenida 209, Venice; Augie Duarte, Vendome 1890, Los Ángeles. ¿Entendido?
– Entendido -dijo Shortell.
Danny colgó y salió en busca de «él». Regresó a La Paloma y encontró el coche tal como lo había dejado. Sacó la linterna por la ventanilla y la apuntó hacia los bungalows, los callejones, los patios y las colinas. Gente convencional sacando la basura; perros, gatos y un coyote asustado transfigurado por el resplandor en los ojos. Ningún hombre alto y maduro de adorable pelo plateado escapando serenamente de una detención por robo de un vehículo. Danny regresó a Sunset y se acercó despacio a la playa, escrutando ambos lados de la calle; en la carretera de la costa, hurgó en su memoria buscando la dirección de Felix Gordean. Recordó: Carretera de la Costa del Pacífico 16822. Enfiló hacia allí.
Estaba del lado de la playa, un edificio colonial de madera blanca construido sobre columnas que se hundían en la arena. El nombre de Felix Gordean en letras art déco sobre el buzón. Danny aparcó frente a la casa y llamó al timbre, sonaron campanillas como las de Marmont. Abrió la puerta un niño bonito en quimono. Danny le mostró la placa.
– Departamento del sheriff. Quiero ver a Felix Gordean.
El chico le cerró el paso.
– Felix no se encuentra bien.
Danny le echó un vistazo: el pelo rubio oxigenado le revolvió el estómago. Detrás del chico se veía un salón muy moderno, con un espejo que cubría una pared entera: cristal ahumado como el de los espejos unidireccionales de las salas de interrogatorios de la policía. Vandrich: a Gordean le gustaba mirar a hombres follando con hombres.
– Dile que es el agente Upshaw -dijo Danny.
– Está bien, Christopher. Hablaré con el agente.
El niño bonito se sobresaltó al oír la voz de Gordean, Danny entró y vio al hombre. Vestía una elegante bata de seda y miraba hacia el espejo. No se volvió.
– ¿Va a mirarme a mí?-dijo Danny.
Gordean giró lentamente.
– Hola, agente. ¿Olvidó algo la otra noche?
Christopher se acercó y se plantó junto a Gordean, dedicando un mohín y una risita al espejo.
– Cuatro nombres que necesito investigar. Donald Wachtel, Alan Marks, Augie Duarte y Timothy Costigan -espetó Danny.
– Esos hombres son mis clientes y amigos, y todos estuvieron en mi oficina esta tarde. ¿Ha andado espiándome?
Danny avanzó hacia los dos, apartándose del espejo.
– Sea concreto. ¿Quiénes son?
Gordean se encogió de hombros y se apoyó las manos en las caderas.
– Como he dicho, clientes y amigos.
– Como he dicho, sea concreto.
– Muy bien. Don Watchel y Al Marks son locutores de radio, Tim Costigan era cantante de las grandes orquestas y Augie Duarte es un actor incipiente para quien he encontrado trabajo en publicidad. Tal vez usted lo haya visto en televisión. Le encontré un papel de campesino en un anuncio para la Asociación de Sembradores de Críticos de California.
Niño Bonito se abrazaba el cuerpo, cautivado por el espejo. Danny olió el miedo de Gordean.
– ¿Recuerda mi descripción del sospechoso? ¿Alto, canoso, cuarentón?
– Sí. ¿Qué tiene que ver?
– ¿Ha visto a alguien así cerca de su oficina?
Silencio de Gordean, Christopher apartó los ojos del espejo, boquiabierto. Un breve apretujón de manos, rufián a Niño Bonito; silencio del chico. Danny sonrió.
– Eso es todo. Lamento haberlo molestado.
Dos hombres entraron en el salón. Llevaban calzoncillos de seda roja, uno se estaba quitando una máscara con lentejuelas. Los dos eran jóvenes y musculosos, con las piernas afeitadas y el torso embadurnado con algún ungüento. El más alto le lanzó un beso a Danny. Su amigo frunció el ceño, se enganchó los dedos en los calzoncillos, regresó al pasillo y se perdió de vista. Reían entre dientes, Danny sintió ganas de vomitar y se dirigió a la puerta.