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– ¿Ninguna pregunta sobre eso, agente?-entonó Gordean a sus espaldas.

Danny dio media vuelta.

– No.

– ¿No diría usted que es contrario a sus hábitos? Sin duda tiene usted una agradable familia. Una esposa o una amante, una bonita familia que se escandalizaría de esto. ¿No le gustaría hablarme de ellos mientras se toma una copa de ese exquisito coñac Napoleón que tanto le gusta?

Durante una fracción de segundo Danny sintió terror; Gordean y Niño Bonito se convirtieron en siluetas de papel, delincuentes en los cuales debía vaciar su arma. Giró y salió dando un portazo. Vomitó en la calle, encontró una manguera que salía de la casa vecina, bebió y se enjuagó la cara. Más sereno, llevó el Chevy al otro lado del camino y aparcó para esperar con las luces apagadas.

Niño Bonito salió de la casa veinte minutos más tarde y avanzó por una rampa hacia la playa. Danny lo dejó llegar a la escalera, le dio cinco segundos más de ventaja y echó a correr. Sus botas de motociclista taconeaban sobre el cemento; el chico se volvió y se detuvo. Danny caminó más despacio.

– Hola -lo saludó Christopher-. ¿Quieres disfrutar del paisaje con…?

Danny le dio un puñetazo en el vientre, aferró un mechón de cabello oxigenado y le abofeteó la cara hasta que los nudillos se le mojaron de sangre. La luna le iluminó el rostro: ninguna lágrima, ojos abiertos y resignados. Danny dejó que el chico se arrodillara en el suelo y vio cómo se encorvaba sobre el quimono.

– Viste a ese hombre en la oficina de Gordean. ¿Por qué no me lo has dicho?

Christopher se limpió la sangre de la nariz.

– Felix no quería que hablara de eso. -Ningún gemido, ningún desafío, nada en la voz.

– ¿Haces todo lo que ordena Felix?

– Sí.

– ¿De manera que viste a un hombre así?

Christopher se puso en pie y se apoyó en la baranda con la cabe_ za inclinada.

– El hombre tenía un pelo realmente hermoso, como el de una estrella de cine. Yo hago trabajo de archivo en la agencia, y en los últimos días lo he visto a menudo en la parada de autobuses de Sunset.

Danny se masajeó los nudillos contra la manga de la cazadora.

– ¿Quién es?

– No lo sé.

– ¿Lo has visto con un coche?

– No.

– ¿Lo has visto hablando con alguien?

– No.

– ¿Pero le hablaste a Felix sobre él?

– S-sí.

– ¿Y cómo reaccionó?

Christopher se encogió de hombros.

– No lo sé. No reaccionó demasiado.

Danny se apoyó en la baranda apretando los puños.

– Sí reaccionó, así que habla.

– Felix no quiere que hable.

– No, pero si no hablas voy a hacerte daño.

El chico se apartó, tragó saliva y habló deprisa; era la primera vez que actuaba como soplón y quería terminar de una vez.

– Al principio pareció asustado, luego reflexionó y me dijo que señalara al hombre desde la ventana la próxima vez que lo viera.

– ¿Lo viste de nuevo?

– No. No volví a verlo.

Danny pensó: y nunca lo verás, pues ahora sabe que estoy al corriente de sus pasos.

– ¿Gordean lleva registros de su servicio de presentaciones?

– No. Tiene miedo de hacerlo.

Danny le dio un codazo.

– Te gustan los juegos, así que aquí tienes uno. Yo digo una cosa y tú la asocias con Gordean, a quien sin duda conoces a fondo. Y mírame, así sabré si estás mintiendo.

El chico se volvió, mirándolo de frente. Sus atractivos rasgos estaban maltrechos y demacrados. Danny le clavó los ojos, pero los labios trémulos lo obligaron a mirar hacia el mar.

– ¿Conoce Gordean a algún músico de jazz, gente que frecuente los clubes del distrito negro?

– No lo creo. No es su estilo.

– Piensa deprisa. Estaca cortante. Es un palo con hojas de afeitar en la punta, un arma.

– No sé de qué estás hablando.

– Un hombre como el que viste en la parada de autobuses, un hombre que use los servicios de Gordean.

– No. Nunca había visto a ese hombre de la parada de autobuses, y no conozco a ningún…

– Dentistas, mecánicos dentales, hombres que puedan hacer postizos.

– No. Demasiado tosco para Felix. Oh Dios, todo esto es tan raro.

– Heroína. Tipos que la vendan, tipos que la usen, tipos que puedan conseguirla.

– No, no, no. Felix odia a los adictos, opina que son vulgares. ¿Podemos darnos prisa? Nunca tardo tanto cuando salgo a pasear, y Felix podría preocuparse.

Danny sintió ganas de aporrearlo de nuevo; clavó los ojos en el agua, imaginando aletas de tiburón que hendían las olas.

– ¡Cállate y responde! El servicio. Felix se excita cuando otros admiten lo que son, ¿verdad?

– Cielos… sí.

– ¿Alguno de esos cuatro hombres que mencioné son maricas que él descubrió?

– N-no lo sé.

– ¿Maricas en general?

– Donald y Augie, sí. Tim Costigan y Al Marks son simples clientes.

– ¿Han trabajado alguna vez para el servicio Augie y Don?

– Augie sí, es todo lo que sé.

– ¡Christopher! ¿Te has caído al agua y te has ahogado?

Danny dejó de mirar el oleaje para observar la playa. Felix Gordean estaba de pie en el porche trasero, una figura diminuta iluminada por faroles de papel. Detrás de él había una cristalera entreabierta; los dos tipos fornidos estaban abrazados en el suelo, en el interior.

– Por favor, ¿puedo irme?-murmuró Christopher.

Danny volvió a mirar sus tiburones imaginarios.

– No hables de esto con Gordean.

– ¿Cómo le explico lo de mi nariz?

– Dile que te mordió un tiburón.

– ¡Christopher! ¡Ven de una vez!

Danny regresó a La Paloma Drive. Una luz de arco voltaico alumbraba el Pontiac abandonado; Mike Breuning estaba sentado en el capó de un coche policial sin insignias, mirando el trabajo de un técnico de dactiloscopia. Danny apagó el motor e hizo sonar el claxon; Breuning se le acercó y se apoyó en la ventanilla.

– Ninguna huella salvo las del dueño del coche. Las identificamos porque tiene registrada un arma. Ningún antecedente con los nombres que le diste a Shortell, quien está interrogando a los vecinos. ¿Qué pasó? Jack dijo que el asesino te perseguía.

Danny se apeó del coche, molesto por el remoloneo de Breuning.

– Estaba vigilando una agencia del Strip, una agencia artística dirigida por un tipo que además es alcahuete de homosexuales. Obtuve algunos números de permisos de conducir y llamé a Circulación. Luego llamó un tipo que se hizo pasar por policía y también los averiguó. Alguien me siguió y huyó cuando me di cuenta. Robaron este coche en el distrito negro, cerca del lugar donde robaron el coche en que trasladaron el cadáver de Martin Goines. Tengo un testigo presencial que vio cerca de la agencia artística a un hombre cuya descripción concuerda con la del asesino. Eso significa que hay que poner a esos cuatro hombres bajo vigilancia. Ahora.

Breuning soltó un silbido.

– Nada salvo las huellas del dueño -informó el técnico desde el coche.

– Usted y Jack interrogarán a los vecinos. Sé que no servirá de mucho, pero quiero que lo hagan. Cuando terminen, revisen las hojas de servicio de las compañías de taxis para ver si recogieron a alguien en las Palisades y en Santa Mónica Canyon. Interroguen a los conductores de autobuses de la línea Sunset. Tuvo que huir de algún modo. Quizá robó otro coche, así que haga indagaciones en las oficinas de Los Ángeles Oeste, el Departamento de Policía de Samo y el Departamento del sheriff de Malibú. Iré a casa un momento, luego me dirigiré al Southside para ver dónde robaron el Pontiac.