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2.- Estabas preocupado por la falsa identidad de Upshaw. No te preocupes. La hemos examinado una y otra vez. «Ted Krugman» no tenía conocidos directos entre los miembros de la UAES; a lo sumo lo conocían de oídas, pero lo conocían. Upshaw es un agente muy listo, sabe cómo actuar y sospecho que disfruta con la farsa.

3.- ¿Dónde está el doctor Lesnick? Necesito hablar con él, hacerle preguntas profesionales y conocer su opinión sobre ciertos aspectos del diario de Eisler. Además, todos sus archivos terminan en el verano del 49. ¿Por qué? Hay una laguna (42-44) en el archivo de Loftis, clave para la época en que expresaba rabiosamente opiniones comunistas y presentaba una mala imagen cinematográfica de la policía para «erosionar el sistema americano de jurisprudencia». Espero que no se haya muerto. Parecía casi muerto hace diez días. Haz que el sargento Bowman lo encuentre y cerciórate de que me llame.

4.- Cuando hayamos reunido y ordenado las pruebas, necesitaremos pasar un buen tiempo decidiendo a qué testigos haremos comparecer. Algunos estarán conmocionados y furiosos por culpa de Dudley y sus abusos. Como te decía, sus métodos serán contraproducentes. En cuanto tengamos suficientes testigos, quiero hacerme cargo de los interrogatorios y realizarlos a mi modo, con suavidad, ante todo para garantizar la seguridad de nuestra investigación.

5.- Dudley está obsesionado por el episodio de Sleepy Lagoon, y siempre lo trae a colación en los interrogatorios. Todo indica que los acusados eran inocentes, y creo que debemos evitar testimonios sobre Sleepy Lagoon en el tribunal, a menos que nos lleven tangencialmente hacia declaraciones propicias. El caso fue favorable para la izquierda de Los Ángeles, y no podemos permitirnos el lujo de presentar como mártires a los miembros de la UAES (muchos) que también integraron el Comité de Defensa. Ahora tengo un rango superior al de Dudley, y se lo haré saber para que actúe con más suavidad con los testigos. A la luz de lo antedicho, y en concordancia con mi nuevo rango, te pido que me asciendas a oficial al mando de esta investigación.

Tuyo,

capitán M. E. Considine,

jefe de investigación de la Fiscalía de Distrito

Mal sintió un escozor al escribir este nuevo título, pensó en comprarse una pluma cara para celebrar la ocasión. Se desplazó hacia las pilas de archivos, oyó «¡Atención!» y vio un pequeño objeto azul volando hacia él. Buzz Meeks se lo había arrojado. Lo atajó por reflejo: una cajita de terciopelo.

– Un símbolo de paz, capitán -dijo Meeks-. No pienso pasarme el día con un tipo que tal vez quiso hacerme matar sin adularlo un poco.

Mal abrió la caja y vio un par de galones plateados de capitán. Miró a Meeks.

– No pido un apretón de manos ni un agradecimiento -continuó el gordo-, pero me gustaría saber si fuiste tú quien me disparó esos torpedos.

Había algo raro en Meeks: su habitual encanto viscoso resultaba más discreto, y tenía que saber que lo ocurrido en el 46 ya no tenía importancia. Mal cerró la cajita y se la devolvió.

– Gracias, pero no.

Meeks cogió el regalo.

– Mi último intento de cordialidad, capitán. Cuando abordé a Laura, no sabía que era la mujer de un policía.

Mal se alisó el chaleco; Meeks siempre le daba la sensación de que necesitaba ir a la tintorería.

– Toma los archivos del final. Ya sabes lo que quiere Ellis.

Meeks se encogió de hombros y obedeció, un profesional. Mal empezó con la primera ficha, leyó un largo informe de Inmigración, entrevió a un ciudadano sólido con ideas erróneas inspiradas por la gran inflación europea y dejó la carpeta a un lado. Los archivos dos y tres eran muy similares; miraba de soslayo a Meeks, preguntándose qué buscaba. El cuatro, el cinco, el seis, el siete y el ocho eran refugiados que habían huido de Hitler, un veneno que parecía justificar los virajes hacia la extrema izquierda. Meeks vio que lo miraba y le guiñó el ojo; Mal comprendió que estaba feliz o contento por algo. Terminó con el nueve y el diez, y entonces oyó golpes en la puerta.

– Toc, toc. ¿Quién es? Es Dudley Smith. ¡Alerta, rojos!

Mal se levantó. Dudley se le acercó y le dio una serie de palmadas en la espalda.

– Seis años menos que yo y eres capitán. ¡Fantástico! Muchacho, mis más sinceras felicitaciones.

Mal se imaginó poniendo en vereda al irlandés, dándole órdenes e imponiéndole respeto.

– Muchas gracias, teniente.

– Y tienes un genio perverso acorde con tu nuevo rango. ¿No dirías eso, Turner?

Meeks se meció en la silla.

– Dudley, no consigo que este hombre hable.

Dudley rió.

– Sospecho que hay un viejo rencor entre ambos. No sé cuál es el origen, aunque apostaría a que cherchez la femme es un buen camino. Malcolm, mientras estoy aquí déjame preguntarte algo sobre nuestro amigo Upshaw. ¿Está husmeando en nuestra investigación, más allá de su trabajo de infiltrado? Los otros hombres del caso de los homosexuales le tienen manía y opinan que es un petulante.

Mal aún oía el eco de «mientras estoy aquí» y el trueno de «cherchez la femme». Comprendió que Dudley sabía qué había ocurrido entre él y Meeks.

– Eres tan sutil como un tren de carga, teniente. ¿Qué pasa con Upshaw?

Dudley soltó su carcajada.

– Mike Breuning también tiene problemas con el chico -explicó Meeks-. Anoche me llamó y me dio una lista de nombres, cuatro tipos que Upshaw quiere hacer vigilar. Me preguntó si eran para el caso de los homosexuales o para el gran jurado. Le dije que no lo sabía, que no había visto al chico, que sólo lo conocía de oídas.

Mal se aclaró la garganta, irritado por sentirse excluido de la conversación.

– ¿Qué significa de oídas, Meeks?

El gordo sonrió.

– Estuve investigando a Reynolds Loftis y descubrí una pista de Antivicio del Departamento de Policía de Samo. Loftis fue arrestado en un bar de homosexuales en el 44, en compañía de un abogado muy influyente llamado Charles Hartshorn. Interrogué a Hartshorn, quien al principio creyó que yo era detective de Homicidios, porque conocía a uno de los homosexuales muertos del caso de Upshaw. Supe que el sujeto no era un asesino. Lo presioné con fuerza, luego lo dejé en paz diciéndole que procuraría que el condado no se metiera con él.

Mal recordó el informe de Meeks a Ellis Loew: la primera corroboración externa de la homosexualidad de Loftis.

– Estás seguro de que Hartshorn no era esencial para el caso de Upshaw?

– Jefe, el único crimen de ese sujeto es ser un homosexual con dinero y familia.

Dudley rió.

– Lo cual es preferible a ser un homosexual sin dinero ni familia. Tú eres padre de familia, Malcolm. ¿No te parece acertada esta ley?

Mal perdió los estribos.

– Dudley, ¿qué demonios quieres? Dirijo este caso y Upshaw está trabajando para mí, así que dime por qué estás tan interesado en él.

Dudley Smith hizo un número de vodeviclass="underline" un joven compungido arrastrando los pies, encorvando los hombros con timidez y frunciendo el labio inferior.

– Muchacho, me estás hiriendo los sentimientos. Sólo quería celebrar tu buena suerte y hacerte saber que Upshaw ha provocado la ira de sus colegas, hombres no acostumbrados a recibir órdenes de aficionados de veintisiete años.

– Te refieres a la ira de un recaudador de Dragna que le guarda rencor al Departamento del sheriff y a tu protegido.

– Es una forma de verlo, sí.

– Muchacho, Upshaw es mi protegido. Yo soy capitán y tú eres teniente. No olvides lo que esto significa. Ahora hazme el favor de largarte y dejarnos trabajar.