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– Yo no bebo -explicó Norm Kostenz, y se marchó saludando con el brazo.

Claire sirvió dos medidas grandes. Danny levantó el vaso para brindar.

– Por la causa.

– Por todas las cosas buenas -dijo Claire.

Danny bebió y frunció el ceño, un abstemio midiéndose con una bebedora experta; Claire bebió un sorbo y dijo:

– Ladrón de coches, revolucionario, seductor de mujeres. Estoy bastante impresionada.

Tenía que darle rienda, dejarla avanzar, envolverla.

– No lo estés, porque todo es una impostura.

– Oh. ¿Qué quieres decir?

– Que fui un revolucionario sin convicción y un ladrón asustado.

– ¿Y el seductor de mujeres?

El cebo daba resultado.

– Digamos que trataba de recuperar una imagen.

– ¿Alguna vez lo conseguiste?

– No.

– ¿Tan especial es ella?

Danny bebió un largo sorbo. El alcohol junto con la falta de sueño lo mareó un poco.

– Lo era.

– ¿Era?

Danny sabía que Kostenz le había contado la historia a Claire, pero le siguió el juego.

– Sí, era. Soy un viudo del HUAC, Claire. Las otras mujeres no eran…

– Ella -completó Claire.

– Exacto. No eran ella. No eran fuertes, ni dedicadas, ni…

– Ni ella.

Danny se echó a reír.

– Sí, ni ella. Maldita sea, me siento como un disco rayado.

Claire rió.

– Te haría una réplica incisiva sobre los corazones rotos, pero me pegarías.

– Sólo aporreo fascistas.

– ¿No eres duro con las mujeres?

– No es mi estilo.

– A veces es el mío.

– Me dejas boquiabierto.

– Lo dudo.

Danny terminó la copa.

– Claire, quiero trabajar para el sindicato, pero haciendo algo más que sacarles dinero a unas ancianas.

– Tendrás tu oportunidad. Y no son ancianas… a menos que pienses que una mujer de mi edad lo es.

Una apertura magnífica.

– ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y uno, treinta y dos?

Claire eludió el cumplido con una carcajada.

– Muy diplomático. ¿Cuántos tienes tú?

Danny trató de recordar la edad de Ted Krugman, y quizá tardó demasiado.

– Veintiséis.

– Bien, yo soy demasiado vieja para los chicos y demasiado joven para los gigolós. ¿Qué te parece esa respuesta?

– Evasiva.

Claire rió y acarició el cenicero.

– Cumpliré cuarenta en mayo. Así que gracias por tu apreciación.

– Fue sincera.

– No, no lo fue.

Tenía que abordarla ahora, regresar temprano a la oficina.

– Claire, ¿tengo credibilidad política para ti?

– Sí, la tienes.

– Entonces hay otra cuestión. Me gustaría verte, al margen de nuestro trabajo para el sindicato.

La cara de Claire se ablandó; Danny sintió el impulso de abofetear a la zorra para que se enfureciera y fuera una enemiga digna.

– Lo digo en serio -insistió. Joven Sincero y Directo, versión comunista.

– Ted, estoy comprometida -objetó Claire.

– No me importa -dijo Danny.

Claire metió la mano en la cartera, sacó una tarjeta perfumada y la puso en la mesa.

– Al menos deberíamos conocernos mejor. Unos cuantos miembros del sindicato se reunirán esta noche en mi casa. ¿Por qué no vienes para el final del mitin y saludas a todos? Luego, si te apetece, podemos pasear y conversar.

Danny guardó la tarjeta y se levantó.

– ¿A qué hora?

– A las ocho y media.

Llegaría temprano; puro policía, puro empeño.

– Esperaré ansiosamente.

Claire de Haven había recobrado la compostura y mostraba una expresión digna.

– También yo.

Krugman volvió a ser Upshaw.

Danny se dirigió al cuartel de Hollywood, aparcó a tres calles de distancia y caminó. Mike Breuning lo recibió sonriendo en la puerta de la sala de reuniones.

– Me debes una, agente.

– ¿Por qué?

– Están siguiendo a los sujetos de tu lista. Dudley lo autorizó, así que también le debes una a él.

Danny sonrió.

– Ya lo creo. ¿Quiénes son? ¿Les dio usted mi número?

– No. Son lo que llamarías muchachos de Dudley. Ya sabes, gente de la Oficina de Homicidios que Dudley crió desde que eran novatos. Son listos, pero sólo responden a él.

– Breuning, esta investigación es mía.

– Lo sé, Upshaw. Pero tienes suerte de contar con los hombres que tienes, y Dudley también trabaja en la investigación del gran jurado, así que quiere que estés contento. Da gracias a tu suerte. No tienes rango y estás a cargo de siete hombres. Cuando yo tenía tu edad, arrestaba vagabundos en calles míseras.

Danny entró en la sala de reuniones. Sabía que Breuning tenía razón, pero aun así estaba irritado. Había policías de paisano y de uniforme dando vueltas, riéndose por algo que había en el panel de novedades. Danny miró por encima del hombro de los demás y vio una nueva caricatura, peor que la que había arrancado Jack Shortell.

Mickey Cohen, colmillos, gorro judío y una gigantesca erección, penetrando el trasero de un hombre con uniforme del Departamento del sheriff. Los bolsillos del agente desbordaban de dólares; el globo de Cohen decía: «¡Sonríe, cariño! ¡Mickey C. te la da kosher

Danny se abrió camino y arrancó la obscenidad de la pared; dio media vuelta, se enfrentó a un contingente de policías hostiles e hizo trizas el pedazo de cartulina. Los policías abrieron la boca, se calmaron y lo miraron fijamente. Gene Niles se abrió paso entre ellos y se enfrentó a Danny.

– Hablé con un tipo llamado Leo Bordoni -espetó-. No se decidía a cantar, pero noté que lo habían interrogado antes. Creo que usted le echó el guante, y creo que fue en el apartamento de Goines. Cuando le describí el lugar, me pareció que él ya había estado allí.

Excepto por Niles, la sala era un borrón.

– Ahora no, sargento -dijo Danny severamente, la voz de la autoridad.

– Al demonio con eso. Creo que usted se entrometió en mi jurisdicción. Sé que usted no recibió esa noticia por la radio e intuyo de dónde la consiguió. Si puedo probarlo, está usted…

– Ahora no, Niles.

– Al demonio con eso. Yo tenía un buen caso de asalto en marcha hasta que apareció usted con esos maricas. ¡Usted está obsesionado con los invertidos, no se los puede sacar de la cabeza, y tal vez sea un maldito maricón!

Danny atacó. Rápidas izquierdas y derechas, puñetazos rápidos que le dieron de lleno a Niles, le destrozaron la cara sin detenerle el cuerpo. Los policías hostiles se alejaron. Danny lanzó un gancho al vientre, Niles lo esquivó y le lanzó un uppercut que aplastó a Danny contra la pared. Se quedó allí, un blanco inmóvil, fingiendo que no existía; Niles le descargó la manaza derecha contra la cintura. Danny se escabulló a tiempo y el puño de Niles se estrelló contra la pared; al ruido de huesos astillados siguió un grito. Danny se movió a un lado, hizo girar a Niles y le pegó una y otra vez en el estómago, Niles se arqueó. Danny notó que los policías hostiles cerraban el cerco. «¡Basta!», gritó alguien; fuertes brazos lo sujetaron y lo rescataron. Era Jack Shortell, susurrando «Tranquilo, tranquilo» mientras lo abrazaba como un oso. Los brazos lo soltaron y alguien gritó: «¡El comandante de guardia!» Danny se aflojó y dejó que el veterano policía lo sacara por una puerta lateral.

Krugman-Upshaw-Krugman.

Shortell llevó a Danny hasta el coche, arrancándole la promesa de que intentaría dormir. Danny condujo hasta su casa, cada vez más deshecho e inseguro. Al fin le venció el agotamiento y recurrió a diálogos Ted-Claire para permanecer despierto. El diálogo lo acompañó hasta la cama, y al pasar bebió un sorbo de la botella de Mal Considine. Tapándose con la chaqueta de cuero de Krugman, se durmió de inmediato.

Lo acompañaron mujeres extrañas y «él».

Baile en la secundaria de San Berdoo, 1939. Glenn Miller y Tommy Dorsey por los altavoces. Susan Seffert lo lleva al gimnasio y al vestuario de chicos, usando como señuelo una lata de galletas. Ya dentro, le desabrocha la camisa, le lame el pecho, le muerde el vello. Él trata de entusiasmarse mirando su propio cuerpo en el espejo, pero sigue pensando en Tim; eso le hace bien pero resulta doloroso, no se pueden tener ambas cosas. Le dice a Susan que conoció a una mujer mayor a quien quiere ser fiel y menciona a la suicida Donna, quien le compró esa bonita cazadora de aviador, un auténtico trofeo de héroe de guerra. «¿Qué guerra?», pregunta Susan; la acción se esfuma porque él sabe que algo no encaja, faltan dos años para Pearl Harbor. Luego ese hombre alto, sin rasgos faciales, de pelo plateado, desnudo, está allí, rodeándolo en un círculo, y mientras entorna los ojos besa a Susan en la boca.

Luego un pasillo con espejos, él persiguiéndolo a «él»; Karen Hiltscher, Roxy Beausoleil, Janice Modine y mujeres de Sunset Strip se abalanzan sobre él mientras él arroja excusas.

– Hoy no puedo. Tengo que estudiar.

– No sé bailar, soy muy tímido.

– En otra ocasión, ¿de acuerdo?

– Encanto, no nos liemos. Trabajamos juntos.

– No quiero.

– No.

– Claire, eres la única mujer verdadera que he conocido desde Donna.

– Claire, quiero follarte tanto como follaba a Donna y a todas las demás. Ellas disfrutaban porque yo disfrutaba con ellas.

Lo estaba alcanzado a «él», viendo con más precisión a ese hombre canoso con contextura de letrina de ladrillos. La aparición dio media vuelta; no tenía cara, pero tenía el cuerpo de Tim y un miembro mayor que el de Demon Don Eversall, quien solía pasearse por la ducha, juntar agua en el descomunal prepucio, empuñar su verga y ronronear: «Ven a beber de mi copa del amor.» Besos intensos; cuerpos fundidos, uno dentro del otro, Claire salía del espejo, diciendo:

– Eso es imposible.

Luego un escopetazo, y otro, y otro.

Danny despertó sobresaltado. Oyó un cuarto timbrazo, vio que había empapado la cama de sudor, sintió ganas de orinar y apartó la chaqueta para encontrar sus pantalones mojados. Fue hasta el teléfono y barbotó:

– ¿Sí?

– Danny, habla Jack.

– Sí, Jack.

– Hijo, he logrado quitarte de encima al comandante de guardia un teniente llamado Poulson. Es amigote de Al Dietrich, y se muestra razonable en cuanto a nuestro Departamento.

Danny pensó: y Dietrich es amigote de Felix Gordean, quien tiene conocidos en el Departamento de Policía y en la Fiscalía de Distrito, y Niles está relacionado con vete a saber quién en el Departamento del sheriff.

– ¿Y Niles?

– Lo han distanciado de nuestra misión. Le dije a Poulson que te estaba acosando, que él empezó la pelea. Creo que estarás bien. -Una pausa, luego-: ¿Estás bien? ¿Has dormido?

El sueño regresaba, Danny ahuyentó una imagen de «él».

– Sí, he dormido. Jack, no quiero que Mal Considine se entere de lo que ha pasado.

– ¿Es tu jefe en el gran jurado?

– Sí.

– Bien, yo no le diré nada, pero es probable que alguien se vaya de la lengua.

Mike Breuning y Dudley Smith lo reemplazaron a «él».

– Jack, tengo que trabajar en la otra misión. Te llamaré mañana.

– Algo más -añadió Shortell-. Ha habido suerte con nuestras averiguaciones acerca de coches robados: se llevaron un Oldsmobile a dos manzanas de La Paloma. Lo abandonaron en el muelle de Samo, sin huellas, pero añadiré «ladrón de coches» a nuestros antecedentes. Y hemos hecho ciento cuarenta y una llamadas a talleres dentales. Vamos despacio, pero presiento que lo atraparemos.

«Él».

Danny rió. Le dolían las heridas del día anterior, y nuevas magulladoras le hacían arder los nudillos.

– Sí, lo atraparemos.