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Era un típico apartamento de soltero: un cuarto con cama plegable, cuarto de baño, cocina diminuta. Un escritorio se hallaba frente a la ventana tapiada; Buzz fue hacia él, usando los faldones de la camisa para coger cuanto tocaba. Diez minutos después encontró pruebas circunstanciales sólidas.

Un certificado de la Escuela de Demoliciones del Ejército, Camp Polk, Louisiana, declarando que el cabo Eugene Niles había finalizado un curso sobre explosivos en diciembre de 1931: él era responsable de la bomba en la casa de Mickey.

Cartas de la ex esposa de Niles, acusándole de verse con las rameras de Brenda Allen. La mujer había leído la transcripción del gran jurado y sabía que su esposo hacía travesuras en la celda de Hollywood, el motivo por el cual Niles quería matar a Mickey.

Una libreta de direcciones que incluía los nombres y números de teléfono de cuatro importantes matones de Jack Dragna, tres recaudadores de Dragna -policías que él había conocido cuando estaba en el Departamento- y una nota extraña: «Karen Hiltscher, Sheriff, Hollywood Oeste», con signos de exclamación en letras rojas. Aparte de eso, más corroboración de que Niles odiaba a Mickey antes de la tregua con Jack D. En definitiva, parecía una acción individual mal urdida: Niles había perdido la cabeza cuando la bomba no acabó con Mickey.

Buzz apagó las luces y limpió el picaporte al salir. Caminó hasta Sunset y Vermont, arrojó las llaves de Niles en una alcantarilla y se echó a reír hasta que le dolieron los flancos. Acababa de salvar la vida del hombre más peligroso y más generoso que había conocido, y no tenía modo de decírselo. Buzz se arqueó de risa y tuvo que sentarse en un banco. Rió hasta que cayó en la cuenta de algo y se quedó mudo.

Danny Upshaw había aporreado a Gene Niles. Los polizontes de la ciudad odiaban a los polizontes del condado. Cuando clasificaran a Niles como desaparecido, los polizontes de la ciudad caerían como moscas en el estiércol sobre un chico inexperto que ya estaba con mierda hasta las rodillas.

26

Danny trataba de sorprender solo a Felix Gordean.

Había empezado su vigilancia en el aparcamiento del Chateau Marmont; Gordean lo frustró dirigiéndose a su oficina en compañía de Niño Bonito Christopher. Había llovido a cántaros durante las tres horas en que él había observado la puerta principal de la agencia; no habían entrado coches en el garaje, la calle estaba inundada y él había aparcado en una zona prohibida a pesar de haber dejado en casa su identificación, su insignia y su 45 porque en realidad era Ted Rojo Krugman. La cazadora de piel de Ted y la amonestación de Considine lo mantuvieron tibio y seco a pesar de la ventanilla abierta; Danny resolvió que si Gordean no salía de la oficina a la una, lo abordaría sin más contemplaciones.

A la una menos veinticinco se abrió la puerta. Gordean salió, abrió un paraguas y cruzó Sunset. Danny puso en marcha los limpiaparabrisas y lo vio entrar en Cyrano's. El portero lo recibió como si fuera el cliente más popular del local. Danny dio a Gordean treinta segundos para que se sentara, se subió el cuello de la cazadora y echó a correr bajo la lluvia.

El portero le echó una mirada rara, pero lo dejó entrar; Danny parpadeó, vio paredes de terciopelo rojo y dorado, una larga barra de roble. Felix Gordean se estaba tomando un martini en una mesa lateral. Danny dejó atrás a un grupo de fulanos con aire de ejecutivos y se sentó frente a Gordean, quien casi se tragó el palillo que tenía en la boca.

– Quiero saber todo lo que usted sabe -espetó Danny-. Quiero que me informe bien sobre los hombres cuyas inclinaciones descubrió, y quiero que me dé un informe sobre todos sus clientes. Lo quiero ahora.

Gordean jugó con el palillo.

– Diga al teniente Matthews que me llame. Quizás él y yo podamos llegar a un acuerdo.

– Al diablo con el teniente Matthews. ¿Va usted a decirme lo que quiero saber? ¿Ahora?

– No.

Danny sonrió.

– Tiene usted cuarenta y ocho horas para cambiar de opinión.

– ¿O?

– O comunicaré a los periódicos todo lo que sé sobre usted.

Gordean chasqueó los dedos llamando a un camarero, Danny salió del restaurante y echó a andar bajo la lluvia. Recordó su promesa de llamar a Jack Shortell, entró en la cabina situada enfrente de la agencia, marcó. Lo atendió el mismo Shortell, con voz tensa.

– Habla Upshaw, Jack. ¿Qué tenemos…?

– Tenemos otro cadáver. Unos agentes del Departamento de Policía lo encontraron anoche, en una barraca a orillas del río Los Ángeles. El doctor Layman está haciendo la autopsia, así que…

Danny dejó el auricular colgando y a Shortell gritando. Se dirigió deprisa al centro, aparcó frente al depósito de cadáveres y casi tropezó con un cuerpo que entraba en una camilla. Jack Shortell ya estaba allí, sudando, la placa prendida a la chaqueta. Vio a Danny y le cerró el paso.

– Prepárate -le dijo.

Danny contuvo el aliento.

– ¿Para qué?

– Es Augie Luis Duarte, uno de los sujetos de tu lista -respondió Shortell-. Los policías que lo encontraron lo identificaron por su permiso de conducir. El Departamento tenía el cadáver desde las doce y media de anoche. El que lo halló no sabía nada sobre nuestro trabajo en colaboración. Breuning estuvo aquí y acaba de irse, mascullando que Duarte se le escabulló cuando «él» lo seguía. Danny, sé que son patrañas. Anoche te anduve buscando para decirte que nuestras averiguaciones acerca de ladrones de coches y estacas cortantes no habían conducido a nada. Hablé con una empleada del cuartel de Wilshire, y me dijo que Breuning estuvo allí toda la noche con Dudley Smith. Llamé de nuevo más tarde, y la empleada me dijo que aún estaban allí. Breuning dijo que los otros tres hombres todavía están bajo vigilancia, pero no le creo.

A Danny le retumbaba la cabeza; los efluvios del depósito le revolvieron el estómago y le hicieron arder los cortes que se había hecho al afeitarse. Se dirigió a la puerta que decía «Doctor Norton Layman», la abrió y vio al patólogo forense más importante del país escribiendo en una tablilla. Detrás de él había un cuerpo desnudo y acostado; Layman se hizo a un lado como diciendo: «Disfruta del espectáculo.»

Augie Duarte, el mexicano apuesto que dos noches atrás había salido de la agencia de Gordean, estaba boca arriba en una plancha de acero inoxidable. No se observaban manchas de sangre; tenía el estómago lleno de heridas que mostraban tubos intestinales; las mordeduras le cubrían el torso en un diseño sin superposiciones. Le habían desgarrado las mejillas hasta las encías y el hueso de la mandíbula; le habían seccionado el pene, se lo habían insertado en la más profunda de las heridas y se lo habían doblado de tal modo que el glande salía por la boca y los dientes se cerraban sobre el prepucio. El rigor mortis perpetuaba la obscenidad.

– ¡Cielos! -exclamó Danny-. Maldita sea.

– La lluvia lavó el cuerpo y mantuvo las heridas frescas -comentó Layman-. Encontré una astilla de diente en uno de ellas y preparé un molde. Es inequívocamente animal, y pedí a un ayudante que lo hiciera examinar por un ortodoncista forense del Museo de Historia Natural. Lo están examinando ahora.

Danny apartó los ojos del cadáver y salió en busca de Jack Shortell, sofocado por el hedor a formaldehído. Los pulmones le pedían aire fresco. Había un grupo de mexicanos con aire de familia del difunto junto a la rampa de entrada; un sujeto con aire de pachuco lo miró con ira. Danny trató de encontrar a Shortell. Sintió una mano en el hombro.

Era Norton Layman.

– Acabo de hablar con el hombre del Museo. Ha identificado el espécimen. El asesino usa dientes de Gulo luscus, vulgarmente conocido como «glotón».