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En una columna horizontal, el monopolio de cerebros de la UAES; en otra, los nombres de las organizaciones comunistas a las cuales pertenecían. En una columna vertical encima del gráfico, los nombres de testigos voluntarios y su «capacidad acusatoria» valorada en estrellas, con líneas que se entrecruzaban con los dirigentes y las organizaciones. Cada estrella indicaba la cantidad de días de intervención que merecía cada testigo voluntario según la evaluación de Satterlee, a partir del mero poder del tiempo, el lugar y los rumores: qué rojo iba adónde, decía qué, y qué rojo renegado estaba allí para escuchar. Era un asombroso, desconcertante, estupendo y abrumador acopio de información imposible de refutar.

Y seguía viendo a Danny Upshaw en apuros, vadeando basura, aunque el chico estaba del lado de los buenos.

Buzz salió al porche trasero. Durante horas había buscado formas de escapar con el pretexto de escribir informes; tres llamadas telefónicas habían solucionado los desaguisados de Audrey con las cuentas. Una para Mickey, contándole una rebuscada saga acerca de un apostador que había burlado a un anónimo recaudador que se acostaba con la hermana del apostador y no podía denunciarlo, aunque al fin el recaudador le había exigido los seis mil dólares que debía: en realidad, la cifra que Audrey le había birlado a Mick. La segunda para Petey Skouras, un recaudador discreto que por mil dólares aceptó hacer el papel de enamorado que al fin rectificaba sus errores; sabía que Johnny Stompanato husmearía en busca del nombre que Buzz se negaba a dar, lo descubriría y le arrancaría una confesión a golpes: la devolución del dinero garantizaba que ése sería su único castigo. La tercera para un prestamista independiente: siete mil dólares al veinte por ciento -debía devolver ocho mil cuatrocientos el 10 de abril-, con lo cual Audrey ya no tendría más problemas. Era el regalo de Buzz por los malos tragos de Audrey: Gene Niles sin cara en la cama. Dadas las circunstancias, el asunto de los comunistas era una bendición. Si no sucumbían a su mutua pasión, él y su leona podrían sobrevivir.

El chico seguía siendo el punto conflictivo de la partida.

Hacía doce horas que había examinado el apartamento de Niles. ¿Tendría que volver para dejar indicios de que Niles se había fugado? ¿Tendría que haber colocado alguna pista incriminatoria? Cuando lo echaran de menos, ¿supondría el Departamento que Niles era una manzana podrida de Dragna y olvidaría el asunto? ¿Lo acusarían del atentado con la bomba y presionarían a Mickey? ¿Sospecharían un asesinato y buscarían al asesino sin regatear esfuerzos?

Dudley Smith y Mike Breuning estaban al fondo del patio, de pie junto al sofá de Ellis Loew, abandonado bajo la lluvia porque el fiscal anteponía el deber a la comodidad. El sol despuntaba; Dudley lo señalaba riendo. Buzz vio nubarrones oscuros que se acercaban desde el mar. Pensó: arréglalo, arréglalo. Actúa como el capitán Mal le dijo al chico.

Actúa como un policía.

29

Danny abrió la puerta y encendió la luz. Las G sangrientas que imaginaba desde su visita al depósito de cadáveres se convirtieron en ese cuarto despojado y pulcro. Advirtió algo extraño. Examinó el cuarto por partes hasta que lo descubrió: la alfombra estaba arrugada cerca de la mesita, y él siempre la alisaba con el pie antes de salir.

Trató de recordar si lo había hecho esa mañana. Recordó haberse vestido de Ted Krugman, pasar de la desnudez a la cazadora de piel ante el espejo del cuarto de baño, recordó que había salido pensando en Felix Gordean mientras las palabras de Mal Considine -«Exprímelo, Danny»- le martilleaban en el cerebro. No recordaba su metódico gesto con la alfombra, quizá porque Ted K. no era meticuloso. Ninguna otra cosa parecía fuera de lugar, no había modo de que nadie irrumpiera en el apartamento de un policía…

Danny pensó en su archivo, corrió hacia el armario del vestíbulo y abrió la puerta. Estaba allí, las fotos y papeles intactos, cubiertos por alfombras viejas con las arrugas donde correspondía. Examinó el cuarto de baño, la cocina y el dormitorio, vio que todo estaba igual, se sentó junto al teléfono y hojeó el libro que acababa de comprar.

La familia de las comadrejas. Filosofía y hábitos. Acababa de comprarlo en la librería Stanley Rose.

Capítulo 6, página 59: El glotón.

Miembro de la familia de las comadrejas, originario del Canadá, el noroeste del Pacífico y el norte del Medio Oeste de Estados Unidos. Peso, entre 20 y 25 kilos; el animal más feroz de la tierra. Temerario, capaz de atacar a animales de tamaño varias veces superior al suyo, capaz de alejar a osos y pumas de sus presas. No soportaba que otras criaturas disfrutaran de una buena comida y a menudo las atacaba para quedarse con las sobras. Equipada con un aparato digestivo de alta eficiencia: los glotones comían deprisa, digerían deprisa, defecaban deprisa y siempre tenían hambre; tenían un apetito descomunal, acorde con su carácter maligno. Esos pequeños canallas sólo querían matar, comer y ocasionalmente copular con otros miembros de su intratable raza.

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Gulo luscus. Glotón.

El alter ego de un asesino que ansiaba morder, mutilar, violar, comer carne con un hambre inconmensurable: sexual y emocional. Un hombre que se identificaba totalmente con un animal obscenamente rapaz, una identidad asumida para vengar viejos agravios. Las mutilaciones animales constituían el medio concreto, la reconstrucción interior de lo que le hacían a él.

Danny observó las imágenes del final del libro, arrancó tres fotos del glotón, buscó en su archivo las fotos de Tamarind 2307 y formó un collage sobre la cama. Puso en el medio a esa criatura parecida a una comadreja, alumbró el conjunto de imágenes con la lámpara de pie, retrocedió, observó y reflexionó.

Una criatura gorda de pies anchos con ojos turbios y una piel parda y gruesa para protegerse del frío. Cola ondulada, hocico corto y puntiagudo, uñas afiladas y dientes largos y aguzados desnudos ante la cámara. Un chico feo y consciente de ello se desquitaba hiriendo a la gente a la que culpaba por volverlo así. Imágenes mientras se fundían el animal y el 2307: el asesino estaba desfigurado o creía estarlo; como los testigos presenciales indicaban que no tenía deformaciones faciales, quizá la mutilación estuviera en el cuerpo. El asesino pensaba que era feo y lo relacionaba con el sexo, de allí que Augie Duarte tuviera esa herida de la mejilla al hueso y el pene le asomara por la boca. Una gran deducción, puramente instintiva, pero que sabía sólida: «él» conocía al chico de la cara quemada, que era demasiado joven para ser el asesino, «él» se inspiraba o se excitaba con sus cicatrices, de ahí las heridas en la cara. Los asaltos con estaca cortante se estaban investigando en todos los puestos policiales de la ciudad, se estaban revisando los métodos de los ladrones de coches; le dijo a Jack Shortell que llamara a los criadores de animales salvajes, los proveedores de zoológicos, los cazadores y los mayoristas de pieles, compararlos con los mecánicos dentales y seguir adelante. Ladrón de casas, aficionado al jazz, proveedor de heroína, fabricante de dentaduras, ladrón de coches, amante de los animales, homosexual, pederasta, invertido, frecuentaba la compañía de prostitutos. Estaba esperando en alguna parte, un dato en un archivo policial, un desconcertado técnico dental que dijera: «Sí, recuerdo a ese sujeto.»