Danny escribió sus impresiones, pensando que Mike Breuning no había seguido a Augie Duarte, y que tal vez tampoco hubieran vigilado a los otros tres. El único motivo posible de Breuning era complacerlo, mantenerlo contento con el caso de homicidio para que fuera eficaz como infiltrado y complaciera a Dudley Smith en su cruzada anticomunista. Shortell había llamado a los otros tres, les había advertido sobre el peligro y trataba de organizar entrevistas: Jack era ahora el único policía en quien podía confiar, y tantearía a los «muchachos» de Dudley para ver si los tres «amigos» de Gordean habían estado bajo vigilancia. El había observado la agencia de Gordean buscando más matrículas, más víctimas potenciales, más información y tal vez a Gordean a solas para presionarlo, pero el garaje había permanecido vacío, el alcahuete no había aparecido y no observó movimiento en la oficina. Quizá la lluvia hubiera ahuyentado a «clientes» y «amigos». Y tenía que interrumpir la vigilancia para ver a Claire de Haven.
Algo cayó frente a la puerta: el Evening Herald. Danny salió a recoger el periódico, vio un titular sobre Truman y embargos comerciales. Lo abrió por la segunda página por si había una nota sobre su caso y de una ojeada comprobó que no había nada. Una pequeña columna en la esquina inferior derecha le llamó la atención.
Se suicida el abogado Charles Hartshorn:
sirvió a los privilegiados y a los infortunados.
Esta mañana Charles E. (Eddington) Hartshorn, de 52 años, un eminente abogado que actuó en causas sociales, fue hallado muerto en el salón de su casa de Hancock Park. Al parecer se trata de un suicidio por asfixia. El cuerpo de Hartshorn fue descubierto por su hija Betsy, de 24 años, quien acababa de regresar de un viaje y declaró al periodista Bevo Means: «Papá estaba deprimido. Un hombre había hablado con él, y papá estaba seguro de que se relacionaba con cierta investigación para un gran jurado. La gente siempre lo fastidiaba porque trabajó de forma voluntaria para el Comité de Defensa de Sleepy Lagoon, y resultaba extraño que un hombre rico quisiera ayudar a mexicanos pobres.»
El teniente Walter Reddin, de la Estación Wilshire de la Policía de los Ángeles, declaró: «Se trata de un suicidio por ahorcamiento. No había ninguna nota, pero no descubrimos indicios de lucha. Hartshorn encontró una cuerda y una viga y se colgó, y es lamentable que tuviera que descubrirlo su hija.»
Sobreviven a Hartshorn, ex socio de Hartshorn, Welborn & Hayes, su hija Betsy y su esposa Margaret, de 49 años. Se aguardan noticias sobre el funeral.
Danny dejó el periódico, desconcertado. Hartshorn había sido la víctima de Duane Lindenaur en 1941; según Felix Gordean, asistía a sus fiestas y no tenía suerte «ni en el amor ni en la política». Danny nunca había sospechado de ese hombre por tres razones: no concordaba con la descripción del asesino, la extorsión databa de hacía nueve años, y el sargento Frank Skakel, a cargo de la investigación de la extorsión, decía que Hartshorn se negaba a hablar con la policía acerca del incidente, y enfatizaba viejos precedentes. Hartshorn era apenas otro nombre en el archivo, un elemento tangencial que conducía a Gordean. Nada a destacar en el abogado; aparte de la informal observación de Gordean sobre la «política», nada indicaba que fuera propenso a defender causas, y el archivo del gran jurado no decía nada sobre él, a pesar del predominio de información sobre Sleepy Lagoon. Pero un miembro del equipo de investigación lo había interrogado.
Danny llamó a Mal Considine a la Fiscalía de Distrito, no pudo hablar con él y llamó a casa de Ellis Loew. A la tercera llamada oyó el acento de Oklahoma de Buzz Meeks:
– ¿Sí? ¿Quién es?
– Agente Upshaw. ¿Está Mal?
– No está aquí, agente. Habla Meeks. ¿Necesitas algo?
El hombre parecía alicaído.
– ¿Sabes si alguien interrogó a un abogado llamado Charles Hartshorn?-preguntó Danny.
– Sí. Yo lo hice, la semana pasada. ¿Por qué?
– Acabo de leer que se suicidó.
Un largo silencio, un largo suspiro.
– Maldita sea -rezongó Meeks.
– ¿Qué quieres decir?
– Nada, chico. ¿Es por tu caso de homicidio?
– Sí. ¿Cómo lo has sabido?
– Bien, interrogué a Hartshorn y creyó que yo era de Homicidios, porque acababan de liquidar a un sujeto que años atrás había tratado de extorsionarlo por su homosexualidad. Esto sucedió cuando tú te uniste a nosotros, y recuerdo algo acerca de Lindenaur por los periódicos. Chico, fui polizonte durante años, y Hartshorn no ocultaba nada excepto el hecho de que le gustaban los chicos, así que no te hablé de él… Pensé que no podía ser un sospechoso.
– Meeks, de todas formas tendrías que habérmelo contado.
– Upshaw, tú me permitiste llegar a un acuerdo con la vieja reina, por lo cual estoy en deuda contigo. Tuve que presionarlo y lo tranquilicé diciéndole que mantendría alejados a los de Homicidios. Pero el pobre diablo era incapaz de matar una mosca.
– ¡Maldita sea! ¿Por qué fuiste a hablar con él? ¿Porque estaba conectado con el Comité de Defensa de Sleepy Lagoon?
– No. Estaba rastreando datos sobre los comunistas y supe que Hartshorn fue arrestado con Reynolds Loftis en un bar de homosexuales de Santa Mónica en el 44. Quería sonsacarle más datos sobre Loftis.
Danny se apoyó el teléfono en el pecho para que Meeks no oyera sus resuellos, para que no oyera cómo su cerebro hurgaba en esos nuevos datos a medida que los relacionaba.
Reynolds Loftis era alto, canoso, maduro.
Estaba vinculado con Charles Hartshorn, un suicida, objeto de los chantajes de Duane Lindenaur, víctima número tres.
Era el amante homosexual de Chaz Minear a principios de los 40. En los archivos psiquiátricos del gran jurado, Sammy Benavides mencionaba que el «puto» Chaz conseguía efebos mediante «una agencia de citas», una posible referencia al servicio de Felix Gordean, quien había empleado a las víctimas George Witsie y Augie Duarte.
La noche anterior, en el distrito negro, Claire de Haven había actuado como un amasijo de nervios: el asesino había seducido a Goines en esa zona y un vendedor de heroína había hablado con ella en el Zombie. Claire había disimulado, pero el equipo del gran jurado sabía que era adicta desde hacía tiempo. ¿Claire había conseguido la droga que había matado a Martin Goines?
Danny alzó el auricular y oyó a Meeks al otro lado de la línea.
– ¿Chico, estás ahí?
Atinó a enganchar el auricular con la barbilla.
– Sí, te escucho.
– ¿Hay algo que no me has dicho?
– Sí… no… Maldita sea, no lo sé.
Hubo un largo silencio. Danny miró las fotos de los glotones.
– Agente, ¿me estás diciendo que Loftis es sospechoso de esos asesinatos?
– Estoy diciendo que quizás. Un quizá muy posible. Concuerda con la descripción del asesino y… concuerda con todo.
– Demonios -masculló Buzz Meeks.
Danny colgó, recordando que mentalmente había besado a Reynolds Loftis, y le había gustado.
De Krugman a Upshaw a Krugman, puro policía de Homicidios.
Danny se dirigió a Beverly Hills sin mirar por el espejo retrovisor. Enfocó su Cámara Humana sobre las heridas de glotón de Reynolds Loftis; la combinación de las fotos de Tamarind 2307, el cuerpo de Augie Duarte y los apuestos rasgos de Loftis embadurnados de sangre le hacían accionar el cambio de marchas aun cuando no era necesario, tan sólo para ahuyentar las imágenes. Al acercarse, vio las luces de la casa alegremente encendidas, como si la gente del interior no tuviera nada que ocultar. Caminó hasta la puerta y encontró una nota bajo la aldaba: «Ted. Volveré dentro de un momento. Ponte cómodo. – C.»