Выбрать главу

La película saltó del cilindro; Claire se levantó, encendió las luces y cambió los rollos. Danny trató de adoptar su mejor versión de Ted Krugman relajado: piernas cruzadas, manos en la nuca. Claire se volvió y dijo:

– Reservaba esto para después, pero pensé que podríamos necesitarlo ahora.

Danny guiñó el ojo, sacudiendo la cabeza, Ted el seductor. Claire encendió el proyector y apagó las luces; volvió al diván y se acurrucó de nuevo. La segunda película del programa doble cubrió la pantalla.

No había música, títulos, ni subtítulos como en las películas mudas. Sólo negrura. Las motas grises eran el único indicio de que la película se estaba proyectando. La oscuridad se resquebrajó en las esquinas de la pantalla, una forma se materializó y una cabeza de perro cobró nitidez: un perro de pelea con máscara. El perro atacó la cámara, la pantalla se ennegreció de nuevo, luego se disolvió lentamente en blancura.

Danny recordó el criador de perros y su anécdota sobre los tipos de Hollywood que habían comprado animales para filmarlos, recordó a los hombres enmascarados de la casa de Felix Gordean. Advirtió que había cerrado los ojos y contenía el aliento para pensar mejor quién sabía qué, decía qué, mentía en qué. Abrió los ojos, vio dos perros atacándose a dentelladas. Un rojo superpuesto se esparcía en dibujos surrealistas sobre el blanco y negro, desapareciendo y tiñendo la sangre de su verdadero color. Un chorro enturbió la lente de la cámara, primero gris, luego rojo superpuesto. Pensó en un Walt Disney enloquecido y como en respuesta, un maligno Pato Donald apareció en la pantalla, un falo emplumado colgándole hasta los pies palmeados. El pato saltó de un lado a otro, furioso e impotente como el verdadero Donald; Claire rió, Danny vio que los perros se estudiaban y embestían. El perro más oscuro hincó los dientes en el perro manchado. Los hundió con fuerza. Danny supo que el asesino, fuera quien fuese, se había vuelto loco viendo esa película.

La pantalla negra. Danny se mareó de tanto contener el aliento, consciente de que Claire lo observaba. Luego todo en color, hombres desnudos estudiándose como los perros, buscándose con la boca, primeros planos de hombres haciendo el sesenta y nueve, un retroceso y Felix Gordean en disfraz de diablo rojo, bailando y saltando. Danny tuvo una erección, Claire le apoyó la mano, como si lo supiera. Danny se contorsionó, trató de cerrar los ojos. No pudo. Siguió mirando.

Un rápido corte; Niño Bonito Christopher, desnudo, apuntando su miembro erecto hacia la cámara. La cabeza casi eclipsaba la pantalla como si fuera un ariete gigante, y los bordes blancos del fondo parecían labios y dientes entreabiertos perpetuando la imagen a través del rigor mortis

Danny se levantó, corrió hacia la parte delantera de la casa, encontró un cuarto de baño y cerró con pestillo. Calmó sus temblores con una letanía: ACTÚA COMO UN POLICÍA, ACTÚA COMO UN POLICÍA, ACTÚA COMO UN POLICÍA; se obligó a pensar en datos, abrió el botiquín y obtuvo uno de inmediato: un frasco de secobarbital de sodio, causa de la muerte de Wiltsie y Lindenaur, somníferos de Reynolds Loftis recetados por el Dr. D. Waltrow, 14/11/49. Buscó entre ungüentos, bálsamos y más píldoras, pero no encontró nada más. Descubrió una segunda puerta, entreabierta, junto a la ducha.

La abrió y vio un cuarto pequeño, muy acogedor, con más libros, sillas dispuestas alrededor de una tumbona de piel, otro escritorio atiborrado de cosas. Miró los objetos: guiones mimeografiados con correcciones en los márgenes. Abrió cajones y encontró pilas de hojas con el membrete de Claire de Haven, sobres, sellos postales, una vieja billetera de piel. En la billetera encontró documentos vencidos de Reynolds Loftis: tarjeta de la biblioteca, tarjetas de organizaciones izquierdistas, un permiso de conducir de California del 36 con una etiqueta pegada al dorso, Datos Médicos de Emergencia, alérgico a la penicilina, artritis crónica, sangre cero positivo.

¿«Él»?

Danny cerró los cajones, abrió la puerta, se pasó una toalla por la cara y regresó despacio a la sala de proyección. Las luces estaban encendidas, la pantalla estaba en blanco, Claire estaba sentada en el sofá.

– No creí que un chico tan duro como tú fuera tan remilgado -comentó ella.

Danny se sentó junto a Claire. Las piernas de ambos se rozaron. Claire se apartó, se inclinó hacia delante. Danny pensó: ella lo sabe, pero no puede saberlo.

– No soy un esteta -dijo.

Claire le tocó la cara con la mano tibia; la cara de ella estaba fría.

– ¿De verdad? Todos mis amigos del Partido de Nueva York estaban como locos por el Nuevo Drama, el Kabuki y cosas parecidas. ¿La película no te ha recordado a Cocteau, aunque con más sentido del humor?

Danny no sabía quién era Cocteau.

– Cocteau nunca me ha atraído. Tampoco Salvador Dalí ni todos esos tipos. Sólo soy un tonto de Long Island.

Claire lo siguió acariciando. La mano era tibia, pero la cautivante suavidad de la noche anterior se había esfumado.

– Yo veraneaba en Easthampton cuando era niña. Era encantador.

Danny rió, feliz de haber leído el folleto turístico de Considine.

– Huntington no era exactamente Easthampton, cariño.

Claire se estremeció ante esa palabra de afecto. Iba a apartar la mano, pero lo siguió acariciando.

– ¿Quién filmó esa película?-preguntó Danny.

– Un hombre brillante llamado Paul Doinelle.

– ¿Sólo para que la vieran amigos?

– ¿Por qué lo dices?

– Porque es obscena. No puedes distribuir películas así. Va contra la ley.

– Lo dices muy en serio, como si te importara una ley burguesa que restringe la libertad artística.

– Era desagradable. Me preguntaba qué clase de hombre podría disfrutar con eso.

– ¿Por qué dices «hombre»? Yo soy mujer, y aprecio el arte de ese tipo. Tienes una visión restringida, Ted. Es un rasgo desfavorable para la gente de nuestra causa. Y sé que esa película te ha excitado.

– No es verdad.

Claire rió.

– No seas tan evasivo. Dime qué quieres. Dime qué quieres hacer conmigo.

Ella iba a follarlo sólo para saber qué sabía, lo cual significaba que ella sabía, lo cual significaba…

Danny abrazó a Claire y le besó el cuello y las mejillas; ella suspiró: un sonido falso, como el de una muchacha del Club Largo fingiendo que desnudarse en público era el éxtasis. Claire le tocó la espalda, el pecho, los hombros, masajeándolo con fuerza, como si tratara de contenerse para no triturarlo. Danny trató de besarle los labios, pero ella mantuvo la boca cerrada; Claire bajó hasta su entrepierna. Danny estaba frío y encogido allí abajo, y la mano de Claire empeoraba las cosas.

Danny se sintió ahogado por su propio cuerpo. Claire echó las manos hacia atrás, se quitó el suéter y el sostén con un solo movimiento. Los senos eran pecosos, con manchas que parecían cancerosas. El izquierdo era más grande, colgaba de forma extraña, y los pezones aparecían oscuros y chatos, rodeados de estrías. Danny pensó en traidores y mexicanos lamiendo esos pechos, Claire susurró: «Vamos, bebé», una canción de cuna para inducirlo a contar a mamá qué sabía, a quién conocía, en qué mentía. Claire le acarició el cuerpo con los senos; él cerró los ojos y no pudo; pensó en chicos y en Tim y en «él» y no pudo…

– ¿Seductor de mujeres?-se detuvo Claire-. Oh, Teddy, ¿cómo pudiste representar esa comedia?

Danny la apartó, se fue de la casa dando un portazo y regresó a su casa pensando: Ella no puede saber quién soy. Una vez dentro, fue a buscar sus informes, examinó páginas para demostrarlo con certeza, vio «Juan Duarte, monopolio de cerebros de UAES, extra/tramoyista de Variety» en una hoja, recordó a Augie Duarte ahogándose con su miembro en una plancha del depósito de cadáveres, recordó a los tres mexicanos en el plató de Matanza salvaje el día en que había interrogado a los conocidos de Duane Lindenaur, recordó a Norm Kostenz tomándole una foto después de la pelea en el piquete. Recordó, recordó, recordó: el mexicano que lo miraba con el ceño fruncido en el depósito era un actor mexicano del plató, tenía que ser un pariente de Augie Duarte, Juan Duarte el actor/tramoyista comunista. El hombre tachado en el registro de reuniones tenía que ser el de Duarte, lo cual significaba que había visto la foto de Kostenz y había contado a Loftis y Claire que Ted Krugman era un detective a cargo del asesinato de Augie.