Danny enfiló hacia Rampart, la división del Departamento que se encargaba de los delitos de Bunker Hill. Después de mencionar a Mal Considine logró que el teniente lo atendiera, instantes más tarde estaba en un almacén mohoso registrando archivos de informes desechados.
Las cajas estaban marcadas según el año, Danny encontró dos cajas de cartón marcadas «1942». Dentro los informes estaban sueltos, trabajos de varias páginas unidos con sujetapapeles, sin papel carbón entre uno y otro. Estaban apilados sin orden ni concierto: robos de carteras, atracos, hurtos, allanamientos, escándalos y vagancia. Danny se sentó en una caja de informes del 48 y se puso a trabajar.
Buscó los números de código penal en la esquina superior derecha: Robo de Casas, 459.1. Las dos cajas del 42 le dieron treinta y un casos; el próximo paso consistía en situar los lugares. Llevó los informes a la oficina, se sentó ante un escritorio vacío con un mapa de la División Rampart delante y buscó las calles de Bunker Hill. A los cuatro informes encontró una; a los seis informes, tres más. Memorizó las diez manzanas norte-sur y las ocho manzanas este-oeste del Hill, se enfrascó en el resto de las páginas y obtuvo once casos de robo no resueltos en Bunker Hill en el año 1942. Todas las direcciones quedaban a poca distancia de la casa de Thomas Cormier y del taller Joredco.
Luego seguían las fechas.
Danny volvió a hojear los informes rápidamente, la hora y la fecha del delito estaban escritas al pie de cada primera página. 16 de mayo, 1 de julio, 27 de mayo, 9 de mayo, 16 de junio y seis más hasta completar un total de once: una racha de robos sin resolver entre el 9 de mayo y el 1 de agosto de 1942. La cabeza le zumbaba. Leyó la lista de artículos robados y vio por qué Rampart no había puesto demasiado empeño en pescar al ladrón.
Chucherías, retratos familiares, joyas de fantasía, dinero de carteras y billeteras. Un reloj de pared. Una tabaquera de cedro. Una colección de estatuillas de vidrio. Un faisán embalsamado, un lince embalsamado montado en palisandro.
De nuevo «él», un «él» que no era Loftis. Tenía que ser «él».
Danny sintió un cosquilleo, como si lo guiaran con cables eléctricos. Regresó al almacén, encontró las cajas del 43 y el 44, las examinó y no encontró más robos de chucherías en Bunker Hill. Los únicos casos denunciados en esos años eran auténticos 459.1, con robo de objetos realmente valiosos; ya habían examinado las denuncias de robos conducentes a arrestos en toda la ciudad y el condado. Danny terminó y propinó una patada a las cajas. Dos datos le llamaban la atención.
El asesino, identificado como un sujeto maduro, tenía que estar vinculado con el ladrón que adoraba glotones, un joven. Chester Brown decía que Martin Goines y su cómplice de cara quemada habían trabajado en el Valle de San Fernando en el 43 y el 44, los cuarteles de policía de allí tal vez tendrían denuncias. Podría ir allí después de entrevistar a cierto tramoyista comunista. Y el verano del 42 era el punto álgido de las medidas de oscurecimiento durante la guerra: el toque de queda se imponía rigurosamente y se confeccionaban tarjetas de interrogatorio para las personas sorprendidas después de las diez de la noche. Lo más probable era que el aficionado a los glotones actuara a esas horas. Si aún existían las tarjetas…
Danny empezó a arrojar cajas vacías por el almacén, sudó su almuerzo alcohólico, se ensució con telarañas, humedad y excremento de ratón. Encontró una caja con las tarjetas del 41 al 43, hojeó las primeras y para su asombro comprobó que estaban en orden cronológico. Siguió estudiando; el fin de la primavera y el verano del 42 le dieron ocho nombres: ocho hombres blancos de diecinueve a cuarenta y siete años detenidos por estar en la calle después del toque de queda; los habían interrogado y dejado en libertad.
Habían llenado las tarjetas precipitadamente: todos tenían el nombre, la raza y la fecha de nacimiento del interrogado; sólo la mitad registraban los domicilios; en la mayoría de los casos, hoteles. Cinco de los hombres serían maduros en ese momento, posibles candidatos para su sospechoso; los otros tres eran jóvenes que podían ser el chico de las quemaduras antes de las quemaduras. O -si él era tangencial para el caso- el chico que adoraba los glotones de Thomas Cormier.
Danny guardó las tarjetas, fue a un teléfono público y llamó a Jack Shortell. El teniente del escuadrón pasó la llamada, Shortell respondió con voz consternada.
– ¿Sí? ¿Danny?
– Soy yo. ¿Qué pasa?
– Nada, salvo que todos los polizontes de la ciudad me miran mal, como si de pronto fuera aún peor que antes. ¿Qué has conseguido?
– Nombres, tal vez uno interesante. Hablé con ese tal Cormier y fui a Joredco. No logro ordenarlo del todo, pero estoy seguro de que nuestro hombre estuvo muy cerca de los glotones de Cormier. ¿Recuerdas al viejo cómplice de Martin Goines?
– Sí.
– Creo que me estoy acercando y que encaja en el cuadro. Entre mayo y agosto del 42 se produjeron una serie de robos no resueltos en Bunker Hill. Robos de chucherías cerca de Cormier y Joredco. La policía se encargaba entonces del toque de queda, y encontré ocho tarjetas de interrogatorio de la zona, de mayo a agosto. Tengo la corazonada de que los asesinatos se originaron entonces, durante la época de Sleepy Lagoon. Necesito que vayas eliminando posibilidades: dirección actual, grupo sanguíneo, antecedentes dentales, antecedentes penales y demás.
– Adelante, anoto.
Danny sacó sus tarjetas.
– Algunos tienen dirección, otros no. Primero, James George Whitacre, nacido 5/10/03, Havana Hotel, Nueve y Olive. Segundo, Ronald Dennison, 30/6/20, sin domicilio. Tercero, Coleman Masskie, 9/5/23, Beaudry Sur 236. Cuarto, Lawrence Thomas Waznicki, 29/11/08, Avenida Bunker Hill 641 1/4. Quinto, Leland Hardell, 4/6/24, American Eagle Hotel, calles Cuatro y Hill. Sexto, Loren Harold Nadick, 2/3/02, sin domicilio. Séptimo, David Villers, 15/1/04, sin domicilio. Y Bruno Andrew Gaffney, 29/7/06, sin domicilio.
– Ya lo tengo. Hijo, ¿te estás acercando?
Otra sacudida eléctrica: los robos de Bunker Hill terminaban el 1 de agosto de 1942, el asesinato de Sleepy Lagoon había ocurrido el 2 de agosto, y la ropa de la víctima estaba rasgada con una estaca cortante.
– Casi, Jack. Con algunas respuestas correctas y un poco de suerte, ese bastardo es mío.
Danny llegó a Variety International Pictures cuando anochecía y los piquetes empezaban a disolverse por ese día. Aparcó a la vista de todos, puso el letrero de «Vehículo policial» en el parabrisas y se prendió la placa a la chaqueta; avanzó hacia la garita del portero, no encontró caras familiares, le irritó que lo ignoraran. El vigilante lo dejó entrar y Danny enfiló directamente hacia el plató 23.
El letrero de la pared indicaba que Matanza salvaje aún estaba en producción, la puerta estaba abierta. Danny oyó estampidos, miró al interior y vio que un vaquero y un indio se tiroteaban en colinas de papel mâché. Las luces los enfocaban, las cámaras rodaban, el mexicano que Danny había visto en el depósito de cadáveres estaba barriendo nieve artificial frente a otro escenario: búfalos pintados en cartón.