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Las novedades llamaban a una puerta que aún distaba de abrirse. Un hermano de Loftis con la cara quemada vinculaba de nuevo al actor con «él», pero contradecía su intuición de que el asesino se inspiraba sexualmente en la deformidad del muchacho; sugería que Aficionado a Glotones y Cara Quemada eran el mismo y apuntaba a la posibilidad de que fuera cómplice de los asesinatos, un modo de explicar estas nuevas contradicciones en la edad.

– Háblame del chico. ¿Por qué lo llamaste pobre diablo?

– Siempre estaba adulando a los mexicanos. Contó que un blanco grandote había matado a José Díaz. Quería congraciarse con nosotros afirmando que el asesino no era mexicano. Todos sabían que sí lo era: los polizontes sólo capturaron a los mexicanos equivocados. Contaba la descabellada historia de que había presenciado la muerte, pero no tenía detalles, y cuando lo presionaban cerraba el pico. El Comité recibió algunas cartas anónimas donde se acusaba a un blanco como culpable, y era evidente que el chico las enviaba. Eran cartas de un chiflado. El chico decía que estaba huyendo del asesino, y una vez le dije: «Pendejo, si el asesino te está buscando, ¿para qué vienes a estas protestas, donde podría atraparte?» El chico aseguraba que tenía una protección especial, pero no añadía más. Como te he dicho, era un debilucho. Si no hubiera sido hermano de Reynolds, nadie lo habría aguantado.

Llamadas a la puerta.

– ¿Qué le ocurrió?-preguntó Danny.

Duarte se encogió de hombros.

– No lo sé. No lo he visto desde Sleepy Lagoon, y creo que nadie más lo ha visto. Reynolds no habla de él. Es raro. Creo que hace años que Chaz, Claire y Reynolds no hablan de él.

– Benavides y López. ¿Dónde están ahora?

– Filmando otra puta película de vaqueros. ¿Crees que la historia del hermano de Reynolds tiene algo que ver con Augie?

Danny no respondió. Sólo pensó. El hermano de Reynolds Loftis era el ladrón de la cara quemada, el cómplice de Goines, muy posiblemente el aficionado a los glotones de Bunker Hill. Los robos en Bunker Hill se habían interrumpido el 1 de agosto de 1942; a la noche siguiente, habían asesinado a José Díaz en Sleepy Lagoon, cinco kilómetros al sudeste de Bunker Hill. El hermano de Loftis alegaba que había visto a un «blanco grandote» matando a José Díaz.

Llamadas a la puerta. Un salto tras otro.

Dudley Smith era un blanco grandote con una profunda tendencia a la crueldad. Se había unido al equipo del gran jurado con el deseo de mantener a raya a testimonios incriminatorios sobre Sleepy Lagoon, pensando que, con acceso a los testigos y la documentación, podría frenar toda inminente prueba acusatoria. Se asustó cuando Hartshorn mencionó por teléfono la estaca cortante, él y Breuning, o uno de ellos, habían ido desde Wilshire para hablar con el hombre; Hartshorn empezó a sospechar. Premeditadamente o por el impulso del momento, Smith, Breuning o ambos lo habían matado y simulado un suicidio. Más llamadas como truenos pero la puerta aún seguía cerrada ante la pregunta más importante: ¿Cómo se relacionaban los actos de Smith -el asesinato de José Díaz, los intentos de silenciar pruebas, el asesinato de Charles Hartshorn- con los homicidios Goines/Wiltsie/Lindeanaur/Duarte? ¿Y por qué había matado Smith a Díaz?

Danny miró en torno y a través de las puertas de los platós vio fugaces escenas de paisajes: el salvaje Oeste, pantanos selváticos.

– Vaya con Dios -le dijo a Duarte, dejándolo allí sentado.

Regresó a casa para ver la documentación del gran jurado, pensando que al fin había llegado a detective a ojos de Maslick y Vollmer. Entró airosamente en el edificio, pulsó el botón del ascensor y oyó pasos a sus espaldas. Se volvió y vio a dos hombres corpulentos que empuñaban armas. Intentó desenfundar la suya, pero un gran puño con manopla de bronce le pegó primero.

Despertó esposado a una silla. Sentía la cabeza espesa, las muñecas entumecidas, la lengua hinchada. Estaba en un cubículo para interrogatorios, y había tres figuras borrosas sentadas alrededor de una mesa donde descansaba un gran revólver negro.

– La calibre 38 es el arma estándar de su Departamento, Upshaw -dijo una voz-. ¿Por qué lleva una 45?

Danny parpadeó y escupió un grumo sanguinolento, parpadeó de nuevo y reconoció la voz: Thad Green, jefe de detectives del Departamento de Policía de Los Ángeles; logró enfocar a los dos hombres que flanqueaban a Green, eran los polizontes de paisano más corpulentos que había visto.

– Le he hecho una pregunta, agente.

Danny trató de recordar la última vez que había tomado una copa. Chinatown. Supo que no podía haber perdido los cabales con un trago de burbon. Tosió secamente y dijo.

– La vendí cuando llegué a detective.

Green encendió un cigarrillo.

– Eso es un delito interdepartamental. ¿Cree estar por encima de la ley?

– ¡No!

– Su amiga Karen Hiltscher afirma lo contrario. Dice que usted la ha manipulado pidiendo favores especiales desde que llegó a detective. Le contó al sargento Eugene Niles que usted irrumpió en Tamarind 2307 al saber que habían asesinado allí a dos víctimas. Le contó al sargento Niles que su historia acerca de una amiga cerca del bar de Franklin y Western es un embuste, que ella oyó la noticia por la radio de la policía y se la comunicó a usted por teléfono. Niles iba a denunciarlo, agente. ¿Lo sabía?

A Danny le zumbaba la cabeza. Tragó sangre, reconoció al hombre a la izquierda de Green como el dueño de la manopla.

– Sí. Sí, lo sabía.

– ¿A quién le vendió la 38?-preguntó Green.

– A un sujeto en un bar.

– Una infracción, agente. Un delito. No le importa demasiado la ley, ¿verdad?

– ¡Claro que me importa! ¡Soy policía! ¡Mierda! ¿Qué es esto?

El que lo había golpeado dijo:

– Lo han visto discutiendo con un rufián de homosexuales llamado Felix Gordean. ¿Recibe dinero de él?

– ¡No!

– ¿De Mickey Cohen?

– ¡No!

Green volvió a tomar la voz cantante.

– Se le puso al mando de un equipo de Homicidios, una compensación por su trabajo para el gran jurado. Al sargento Niles y al sargento Mike Breuning les resultaba muy extraño que un apuesto y joven agente se interesara tanto en una serie de homicidios de homosexuales. ¿Le molestaría decirnos por qué?

– ¡No! ¿Qué demonios es esto? ¡Irrumpí en el número 2307 de la calle Tamarind! ¿Qué demonios quieren de mí?

El tercer policía, con aspecto de levantador de pesas, dijo:

– ¿Por qué se pelearon usted y Niles?

– El me coaccionaba el asunto de la calle Tamarind, amenazaba con denunciarme.

– ¿Eso lo enfureció?

– Sí.

– ¿Induciéndole a pelear?

– ¡Sí!

– Hemos oído otra versión, agente -dijo Green-. Nos han dicho que Niles lo llamó «maricón».

Danny reflexionó, buscó una respuesta, siguió pensando. Pensó en denunciar a Dudley y lo descartó: no le creerían. No todavía.

– Si Niles dijo eso, no lo oí.

El que le había pegado rió.

– ¿Dio en el blanco, hijo?

– ¡Bastardo!

El levantador de pesas le dio un bofetón, Danny le escupió en la cara.

– ¡No! -aulló Green.

El hombre de la manopla contuvo al levantador de pesas, Green encendió un nuevo cigarrillo con la colilla del anterior.

– Díganme de qué se trata -jadeó Danny.

Green indicó a los otros dos que retrocedieran, dio una calada y preguntó:

– ¿Dónde estuvo usted anteanoche entre las dos y las siete de la mañana?

– En casa, en mi cama. Dormido.

– ¿Solo, agente?

– Sí.