– Podrías encontrar a una chica tú también. Te iría bien.
– Puede.
– No te pongas celoso -dijo él.
– ¿Por qué debería estarlo?
– No lo sé, pero si no es eso… ¿entonces qué te pasa?
– Nada -mentí-. Es sólo que aún pienso en Sofía, quiero que la ayudes a conocer a otras chicas. Puedes ser su puente hacia el mundo. Como hicimos nosotros contigo cuando eras pequeño.
– Me asusta pensar que no seré capaz de ayudarla como esperas que haga -dijo con aquella voz que tendía a utilizar sólo para hablarnos a Sofía y a mí-. A veces me pregunto si estaré a la altura de lo que quieres que sea.
– ¿Lo que yo quiero que seas? -pregunté sorprendido.
– Desde que éramos pequeños, sentí que me arrastrabas. Aún lo siento ahora. Es como… como si siempre me contaras algo, incluso cuando no dices nada. Como si tuviera tu voz metida en la cabeza. -Se encogió de hombros-. En realidad no me importa. Es sólo que lo encuentro raro. Puede que incluso me guste. -Rió-. Debes pensar que estoy loco.
– No, a veces yo también te oigo hablar, cuando todo está en silencio. Es porque crecimos juntos. Eso lo hace todo diferente. Es como cuando tu padre te llevaba en brazos y tú me cogiste la mano. Ese tipo de cosas cambia a la gente.
Justo después de decir eso, deseé inmediatamente no haberlo dicho: Wadi tenía una regla no escrita según la cual las intimidades entre Sofía, él y yo quedaban entre nosotros. Seguramente yo estaba deseoso de mantener nuestras vidas tal como eran.
– Así pues, ¿me ayudarás? -me apresuré a preguntar.
– ¿Tengo otra opción? -me dijo mientras me golpeaba un brazo.
– No -respondí. No le devolví el puñetazo porque, si lo hacía, él habría pensado que me estaba defendiendo por haber roto la regla.
Wadi torció los labios en una mueca.
– ¿Por qué tengo la sensación de que esta vez serás tú quien me traerá problemas a mí esta vez? -dijo-. ¡Y además a propósito!
Durante los dos años siguientes, visitamos a mis tíos con tanta frecuencia como nos fue posible. Aunque al principio Sofía se mostró reticente a salir sin papá o sin mí, Wadi estuvo a la altura de las circunstancias. Consiguió embelesarla con su galantería y su enérgico entusiasmo a la hora de mostrarle la ciudad. A medida que se acercaba a la edad adulta, se volvió más atrevido con sus payasadas para alargar el momento de volver cuando la tozudez de ella parecía estar a punto de vencerlo. A veces parecía como si esa recién descubierta madurez le permitiera más libertad para actuar como un chiquillo con ella.
Muchos años más tarde, supe que, a algunos de los estudiantes de la escuela jesuita a la que iba Wadi, sus padres incluso les prohibieron hablar con él. Como muchas otras cosas, mi primo lo llevó en secreto, y ahora me doy cuenta de la valentía que mostró cuando iba por toda la ciudad con Sofía.
Desde la habitación que yo tenía en el piso de arriba, a menudo veía cómo Wadi y mi hermana salían de casa. Y aunque la soledad a menudo me acompañaba en el alféizar, me sentía extrañamente bien por el hecho de quedarme solo, como si me hubieran liberado de una obligación. En esos momentos de mi juventud, poco a poco fui aceptando mi naturaleza solitaria.
En las pocas ocasiones en las que acompañé a Wadi y a sus amigos al río o a un salón de té por uno de los barrios hindúes cercanos, me di cuenta de que Sofía había aprendido a reír sin taparse la cara con el pelo. Y aunque tendía a pegarse a Wadi o a mí como una hoja durante una tormenta, las chicas de vez en cuando se la llevaban para contarle un secreto entre risas ahogadas. Al cabo de un tiempo la adoptaron como su protegida, y le enseñaron cómo debía andar cuando llevase un largo y suelto vestido portugués y unos bonitos zapatos de piel y cómo se sostenía un parasol, algo que nunca se cansaba de enseñarnos a mí, a Nupi y a papá. Siempre recordaré la tarde que volvió a la casa de nuestro tío con el pelo recogido con una cinta de color azul y plateado. Papá y yo la felicitamos, pero me dio miedo pensar en lo guapa que estaba y lo adulta que parecía. Y a juzgar por cómo me miró de reojo, sé que mi padre pensó lo mismo.
Sofía estaba deslumbrada por sus nuevos amigos y hablaba de ellos como si se tratara de visitantes de un país lejano con grandes conocimientos. Su manera de vestir y de actuar se volvió más portuguesa, aunque cuando volvíamos a nuestra granja siempre se ponía un sari.
– De lo contrario, mamá no me reconocería -me explicó una tarde mientras plantábamos patatas en el huerto. Era una hortaliza que acababa de llegar a nuestro distrito por primera vez, y Nupi, que había quedado encantada con su sabor, nos había reclutado para que la ayudásemos en su plan para incorporarla a sus guisos.
A veces somos capaces de distinguir un momento decisivo en la vida de alguien.
– Eso es absurdo -le dije-. Mamá te reconocería incluso en la oscuridad más absoluta. Y no le importaría que parecieras más portuguesa que india.
Sofía se echó a llorar al oírme decir aquello. Mientras la abrazaba para consolarla, no fui capaz de recordar si en toda mi vida me había sentido tan cercano a ella como entonces.
– Mis amigos creen que es guapísima -me confirmó Wadi a la mañana siguiente de haberse acostado tarde tras salir con ella a recorrer la feria de San Juan de Goa.
Al oír eso fue como si se hubiese abierto una puerta en mí: pude avanzar hacia mi futuro sin tener que mirar atrás, hacia mi hermana. Hasta ese momento, ni siquiera me había dado cuenta de que mi libertad había sido prisionera de su infelicidad. De repente me di cuenta de que no había sentido envidia de la activa vida social de Sofía porque -en algún lugar dentro de mí- siempre había sabido que debía renunciar a esas nuevas amistades para recuperar mi destino. A veces me cegaba ante mis propias motivaciones.
Sofía y Sara -la joven que Wadi estaba cortejando- se llevaron especialmente bien. Recuerdo que Sara en aquel entonces era una chica delgada, de pelo oscuro, siempre vestida de un modo demasiado recargado. Tendía a sonreír como si luchara contra la tristeza, lo que hizo que Sofía y yo intentáramos todo tipo de payasadas para hacerla reír. Le gustaba especialmente que mi hermana imitara a una tortuga comiendo una hoja de col, un número cómico que había aprendido de papá, por supuesto.
La madre de Sara había muerto de viruela cuando era muy pequeña, y su padre había cuidado de ella, lo que establecía una similitud especial entre ellas. Saber eso también confirió un significado más profundo al modo tan rápido y posesivo con el que le cogía la mano a mi hermana cada vez que se encontraban. Sofía me contó muchos secretos sobre Sara, no sin antes hacerme jurar que no los revelaría. Sara se convirtió en la primera chica a la que conocía con cierto grado de intimidad.
Con la cabeza sobre mi regazo, Sofía me contó que uno de los chicos se había caído al río mientras intentaba demostrar que sabía mantener el equilibrio, o que Sara había encontrado la moneda que siempre se escondía dentro de una hogaza de bolo rei y se la había regalado a ella. Una vez vino a mi habitación después de un viaje en barco con Wadi y sus padres, y se acostó a mi lado en la oscuridad.
– Gracias por ser mi hermano -susurró.
Por el modo furtivo con el que Wadi siempre se aseguraba de saber dónde estaba Sara -y los modales de caballero que utilizaba para tratarla-, era obvio que estaba perdidamente enamorado de ella. Lo que Sara sentía por él era más difícil de definir. Sospecho que estaba asustada del alcance de los sentimientos encontrados que Wadi despertaba en ella, porque parecía en guardia permanente cuando estaba en su presencia y tensa, como a punto de salir huyendo. Su confianza no mejoró cuando la tía María le dijo que su familia no era lo suficientemente buena para que mis tíos aceptaran una invitación a cenar. Yo no estaba allí cuando lo dijo, pero Sofía sí, y me dijo que la pobre chica se puso a llorar por la humillación, como si la hubieran obligado a comer basura. Ojalá hubiera podido estar ahí para asegurarle que mi tía habría rechazado a cualquiera que hubiera escogido su amado hijo.