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– Había otra persona.

Tan pronto como dijo eso, supe que alguien de mi familia había testificado contra mí con todo detalle, y contra mi padre, también. ¿De qué otro modo podía saber que mi hermana también estaba allí?

– ¿Quién estaba contigo? -preguntó.

El corazón me latía con fuerza. Sabía que eso podía significar que incluso mi claudicación sería en vano. Si el Santo Oficio encarcelaba a Sofía, yo no sería capaz de vivir mi vida, incluso si me ponían en libertad. Ya no me importaba el daño que me hubiera hecho. Nuestro pasado no podía salvarse, pero podía proteger nuestro presente y nuestro futuro.

– No recuerdo a nadie más -mentí-. A menos que…, quizás… quizás alguna sirvienta de mi tía estuviera con nosotros.

– ¡Era alguien de tu familia! -insistió.

– No, nadie.

– Hasta ahora he sido indulgente -dijo con tono amenazador-. Pero te recuerdo que el fuego y el agua están de mi parte en esta batalla por tu alma, como también lo estuvieron en la batalla por la de tu padre.

– No soportaría que me quemaran.

– ¡Aguantarás lo que Jesucristo disponga!

– Mi hermana -gemí-. Mi hermana estaba allí. Es cierto. Pero ella era una jovencita. Me dijo que los africanos no deberían salir de su tierra natal. Es inocente.

– Parece una chica lista. ¿Tu padre le permitió besar a la Virgen?

– No, aunque ella lo hizo de todos modos -mentí-. Mi hermana siempre ha sido muy tozuda.

– Ya veo -respondió, sonriendo como si me hubiera ganado en una competición. Me di cuenta de que sabía que mentía pero, aun así, no siguió con sus acusaciones.

– ¿Y qué pasa con los muertos? -preguntó.

– No os entiendo.

– Para los nuevos cristianos como tú -dijo con una sonrisa-, las espinas muertas pueden estar incluso más afiladas que las vivas.

– ¿Eso tiene algo que ver con la respuesta a vuestro acertijo? -pregunté yo.

– Puede.

Sacó un manuscrito que había mantenido oculto en su regazo y lo puso sobre la mesa, entre nosotros. Reconocí la cubierta inmediatamente: un pavo real mostrando la cola esmeralda, azul y púrpura, desplegada bajo el título, escrito en caracteres dorados en hebreo.

Tendí la mano sin pensar, como habría intentado hacer para salvar a un ser amado de las manos del Ángel de la Muerte, pero lo apartó de mí. Nos miramos a los ojos durante un buen rato y me di cuenta de lo que disfrutaba demostrándome de ese modo que un miembro de mi familia nos había traicionado a mi padre y a mí.

– Sí -dijo, asintiendo-. El manuscrito de tu bisabuelo ahora nos pertenece a nosotros. Ningún judío volverá a verlo jamás, ni llegará a conocer su existencia.

Yo estaba empapado en sudor y me costaba respirar. La tía María, el tío Isaac o Wadi debían haber robado el manuscrito; eran los únicos que sabían que estaba escondido en el fondo del guardarropa de papá.

– Ahora, Tiago Zarco, piensa en el acertijo -dijo el cura de forma seductora, como si me invitara a dar un paso con él hacia la redención-. «Te hablo en mi viaje hacia ti -y sólo hacia ti- desde mi punto de partida hasta el final. Y aunque siempre muero en el mismo sitio, puedes oírme hablar desde mi tumba sellada si prestas atención. ¿Quién soy?»

Se puso el manuscrito de mi bisabuelo junto a la oreja como si escuchara lo que había dentro.

– Un libro -susurré, y me di cuenta de que debería haberlo adivinado.

– Buen chico -sonrió el cura.

– Un libro le habla a cada lector y siempre acaba en el mismo sitio -dije-. Cuando cerramos la cubierta por última vez, el viaje se acaba y acaba en la tumba, aunque aún podemos oír cómo nos habla.

– Podríamos habernos ahorrado mucho sufrimiento si fueras más listo, ¿sabes?

– Lo siento -me disculpé. Sabía que era absurdo, pero no pude evitar comportarme como si le hubiera herido yo a él.

– ¿Cómo podías ignorar tu identidad cuando tu bisabuelo te había estado contando toda la vida que eras un cristiano nuevo? Cada año tu padre te leía sobre su conversión. Es increíble lo tonto que puedes llegar a ser.

– Ahora me doy cuenta. Es imperdonable.

– Todos los pecados pueden perdonarse si se confiesan de todo corazón a Nuestro Señor. Y si rezamos con devoción para ser dignos de Él.

Su voz se había vuelto amable; estaba contento con el resultado. Mi ignorancia y desolación le ofrecían la oportunidad de mostrarse misericordioso. Puede que nadie considere que lo que uno mismo hace esté mal, pienso desde entonces. Incluso los demonios del infierno probablemente piensan que su trabajo es bueno y necesario.

– ¿Y estás preparado para una confesión completa de tus crímenes? -prosiguió Pinto.

– Sí.

Durante la hora siguiente, el secretario tomó nota de mi declaración. El Inquisidor hizo llamar a un soldado, quien ordenó al Analfabeto que me pusieran grilletes en los tobillos y las muñecas.

Tras hacerme salir a empujones, se nos unió un minúsculo cura de Castilla. Después de tanto tiempo a la sombra, sentí los rayos del sol en la cara como si fueran hierro candente, y casi tuve que cerrar los ojos para contener las lágrimas. El Analfabeto cogió mi cadena como si fuera la correa de un perro y me instó a avanzar tirando de ella. Las heridas que me provocaron los grilletes pronto empezaron a doler, pero el dolor me ayudó: evitó que pensara demasiado en ideas perturbadoras. La gente me miraba y me señalaba. Un mercader, entre risas, gritó que me pagaría un baño y me lanzó una moneda de cobre.

Un jornalero con el torso desnudo, intentando ser ingenioso, levantó las manos en señal de devoción para burlarse de mí y dijo «Jai Shri Dalit», lo que significaba «Alabado sea el Señor Intocable». Varios hombres de aspecto ordinario me abuchearon.

– ¿Adónde vamos? -pregunté mientras avanzábamos por el empedrado hacia el calor sofocante, pero ni el cura ni el Analfabeto me respondieron.

Llegamos a la iglesia de los dominicos. Una vendedora de flores india de rostro adusto, a quien reconocí de mi larga guardia ante el Sagrado Oficio, estaba sentada junto a la puerta con alhelíes rosados trenzados en el pelo canoso. Llevaba una cruz de madera alrededor del cuello y cuando me acerqué la besó y me ofreció una flor de hibisco. Cuando iba a recoger la flor blanca, el Analfabeto tiró de mi cadena y me hizo caer al suelo.

Cuando levanté la vista, mi guardia ya le había pegado un bofetón a la florista que la dejó tendida en el suelo.

He pensado mucho en la bondad espontánea de esa mujer desde ese día. Más que cualquier otra cosa, la brutalidad que el Analfabeto demostró con ella sería la razón por la que intentaría, años más tarde, arruinar su vida; por esa razón, aún hoy en día, deseo con toda mi alma haberlo conseguido.

Dentro de una pequeña capilla me rociaron la frente con agua bendita mientras el cura recitaba en latín: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…».

Luego volvimos a la prisión. Me pareció que la fachada se levantaba ante mí como un fantasma y retrocedí lo que me permitieron los grilletes. Sentí tal pánico que me oriné encima. Pedí ayuda a los espectadores que asistían embobados a la escena, lo que provocó que el Analfabeto me rodeara el cuello con el brazo para asfixiarme. Caí al suelo entre arcadas. Me arrastró sin tregua para que avanzara, por lo que me vi obligado a continuar a cuatro patas sobre los roñosos adoquines de la plaza.

– Puede que esté bautizado, pero todavía insiste en caminar como un judío -le dijo el Analfabeto al cura, tras lo que estallaron en carcajadas.

Dos días más tarde, un cura al que no había visto jamás me leyó en el gran salón un documento que enumeraba mis crímenes. Lo firmé con mano temblorosa; el Inquisidor no accedió a contarme si eso significaba la vida o la muerte para mí. Se limitó a decirme que ése era el único camino hacia Jesucristo.