Conteniendo las lágrimas, empezó a manosear el cuerpo y a buscar con sus finos dedos; abrió el aro de oro de la nariz que codiciaba y se lo introdujo en su bolsillo. Encontró unas cuantas perlas y una amatista en bruto en una pequeña bolsa, esta última sin duda un recuerdo del valle de los cristales. También se quedó con todo eso. Luego soltó de un tirón la bolsa que contenía la pipa con la figura del anciano, pero la mano de Rig apareció de improviso, sobresaltándola, y los dedos del hombre se cerraron sobre ella. El marinero se la arrebató y la depositó solemnemente sobre el pecho del kobold.
Dhamon se desplazó a una zona de la orilla situada varios metros más allá. Se introdujo en el agua y empezó a lavar el lodo que quedaba en sus ropas y cabellos, dando la espalda al kobold y manteniendo los hombros bien erguidos. Echó la cabeza hacia atrás para mirar a lo alto de las montañas, cuyas cimas quedaban oscurecidas por las nubes; luego se frotó los brazos, para intentar eliminar algo del dolor que los embargaba, y giró el cuello a un lado y a otro.
—Guardaré estas bonitas chucherías como recuerdo del pobre Trajín —anunció Rikali al tiempo que se reunía con él y empezaba a lavarse también el barro de las ropas y los cabellos—. Las guardaremos en la biblioteca en una estantería donde todos nuestros amigos puedan verlas cuando vengan de visita.
—No sabes leer —repuso él, tajante—. ¿Para qué querrías una biblioteca? —Ahuecó las manos por encima de los ojos para ayudar a mantener la lluvia fuera de ellos mientras seguía estudiando la ladera del risco más cercano.
—Soy muy lista, Dhamon Fierolobo. Podría aprender a leer —contestó ella, guardando la amatista y las perlas en una bolsa que colgaba de su cintura, y recuperando el aro de oro para introducirlo en su dedo meñique; luego irguió la barbilla desafiante—. Tú podrías enseñarme a leer.
Dhamon señaló un estrecho sendero por el que manaba agua; en un principio creyó que era un arroyo, pero había un letrero junto a ella, por lo que supuso que se trataría de una calzada.
—¿Podemos seguir eso para regresar a Bloten, Rig?
El marinero estaba agachado bajo un árbol, usando la hoja de su arma para sacar barro y cavar una fosa para el kobold.
—Vaya, ¿no es eso conmovedor? —observó Rikali, echando un vistazo al cuerpo de la criatura y luego al ergothiano—. Pensaba que no se soportaban el uno al otro.
—Probablemente será la ruta más corta —siguió Dhamon, estudiando el sendero—, pero no parece la más fácil. Podríamos tomar el camino más largo, pero Maldred probablemente nos lleva mucha delantera, y quiero regresar a casa de Donnag tan rápido como sea posible.
—Pero Dhamon, estoy muy cansada —suplicó la semielfa—. Hemos estado andando y nadando toda la noche. Es tan temprano, sin duda no hace mucho que amaneció. ¿No podríamos dormir sólo una hora o dos? No he dormido desde hace más de un día. Y busquemos algo de comer. Por favor. Tengo tanta hambre.
Él se detuvo un instante, considerando la idea, pero luego sacudió la cabeza y se puso en marcha. La semielfa echó una ojeada por encima del hombro. Rig seguía ocupado con la tumba, así que, sin pensarlo dos veces, echó a correr para atrapar a Dhamon.
Ambos experimentaron ciertas dificultades para ascender por el resbaladizo sendero y tuvieron que agarrarse al letrero y también a las rocas para no perder el equilibrio. Era una marcha lenta, y de vez en cuando la mujer echaba una mirada abajo en dirección a Rig, que seguía trabajando.
—Primero quiero tener una pequeña conversación con Donnag sobre esta empresa descabellada a la que nos envió. Luego quiero hablarle de esa niña de la visión, la que tal vez esté provocando toda esta lluvia. Podría saber qué es todo esto —explicó Dhamon a la semielfa—. Desde luego, esa información le va a costar cara.
—Le costará una barbaridad —dijo Rikali.
—Creo qué está lloviendo porque su última patrulla mató a algunos de los dracs de la Negra. Gran número de ellos, según lo que nos contó durante la cena. La lluvia es una especie de represalia. Sólo que no sé qué tiene exactamente que ver la niña con ella.
—Amor, no puedes decirlo en serio. Era una visión, un sueño mágico que Trajín hizo surgir de ese estanque. Ni siquiera sabes si es real.
—¿Real? La primera visión nos mostró la salida, ¿no es cierto? Yo diría que eso la hace real. Shrentak parecía muy real.
—¿Una niña que hace llover? ¡Ja! Apuesto a que Trajín le preguntaba algo totalmente distinto, nada que ver con la lluvia. Por eso aparecio la criatura. Apuesto a que pensaba en algún lugar agradable y cálido y seco donde pudiera encontrar compañía agradable y…
—No —su compañero sacudió la cabeza con vehemencia—. La niña es la causa. Ha anegado pueblos, uno a los pies de esta catarata. Talud del Cerro también podría ser arrastrado por las aguas. Esta lluvia no es en absoluto natural.
—¿Por qué iba a querer alguien hacer llover tanto? —Rikali ladeó la cabeza y arrugó la frente—. ¿Por qué querría alguien inundar pueblos de cabreros y granjeros? No tiene sentido.
—Lo tiene si eres una hembra de Dragón Negro que quiere ampliar su ciénaga y busca venganza.
Siguieron andando con cuidado por el sendero, que en realidad ahora se había convertido en un arroyo cada vez más ancho, por lo que de vez en cuando tenían que sujetarse a rocas para que sus pies no resbalaran y los hicieran caer. Rikali volvió a mirar por encima del hombro. A Rig no se lo veía por ninguna parte.
—Además, era una niña, no un Dragón Negro —continuó la semielfa.
—Los dragones son poderosos, Riki. Ese animal podría adoptar la forma de una chica, o la chica podría ser un agente de un dragón.
—¿Una niña dragón? ¿Cómo sabes tantas cosas sobre esas criaturas, amor? Debe provenir de todas esas cosas que puedes leer. Tendrías que enseñarme a leer. De todos modos, creía que habías acabado con los dragones.
—He acabado con ellos, Riki querida —Dhamon soltó una breve carcajada.
La mujer sonrió satisfecha y se esforzó por mantenerse al paso del hombre.
—No quiero volver a tener nada que ver con ellos. Pero la información sobre la niña es valiosa. Sospecho que el ogro me pagará bastantes monedas por ella; además de la espada que deseo.
Rikali lanzó una risita disimulada y estiró el brazo para agarrar el codo de Dhamon; pero sus manos se agitaron desesperadamente cuando pisó una roca cubierta de resbaladizo musgo y perdió el equilibrio. Aterrizó con un fuerte golpe en el centro de la corriente de agua, salpicando agua por todas partes. Su compañero giró en redondo para sujetarla, pero no llegó a tiempo, y la semielfa empezó a resbalar, junto con el río, montaña abajo.
Rig, que había finalizado por fin su tarea y ascendía desde la base del sendero, corrió para intentar atrapar a Rikali, pero sólo consiguió desgarrarle la manga cuando ésta pasó como una exhalación por su lado. El marinero soltó su alabarda y se lanzó tras ella. Al poco salió a la superficie e hizo señas a Dhamon.
—¡Dhamon, será mejor que bajes aquí! —Empezó a limpiarle la sangre que brotaba de un corte en la mejilla—. ¡Está herida!
También había sangre en su frente y manando por la nariz. La mujer gimió en voz baja, crispando labios y dedos, y el marinero le separó los labios con suavidad para mirar dentro de la boca. Había dos dientes rotos, y los restos de uno de ellos estaban enterrados en la mejilla. Rig los arrancó cuidadosamente.
—No hay nada roto aquí —anunció tras palparle con cuidado las costillas—. ¡Dhamon!
El otro no se había movido. Seguía unos metros más allá, en lo alto de la montaña, observándolos.
—¡Te oí decir algo en una ocasión sobre atender caballeros heridos en un campo de batalla! —siguió chillando el marinero—. ¿Qué tal si echas una mano? Al fin y al cabo, es tu novia.
—Sólo cree que lo es —respondió él en voz tan baja que Rig no pudo oírlo, luego aguardó unos instantes antes de deslizarse sendero abajo para reunirse con ellos—. No tenemos tiempo para este… retraso —dijo, con la voz preñada de irritación.