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Kickaha tiró de ella, despejó al muerto de su vaina y empuñó el cuchillo. El primer sholkin que entró lo recibió de lleno en el plexo solar. Los otros, al verlo caer, se retiraron. Wolff recuperó el cuchillo, lo envainó y dijo:

—¿Adónde vamos ahora?

Kickaha se apoderó del cuchillo del muerto, diciendo:

— Por esa puerta no. Hay demasiados.

Wolff señaló otra puerta en la pared trasera y echó a correr hacia allí. Por el camino levantó la antorcha arrojada por el guardia. Kickaha hizo otro tanto.

La puerta estaba parcialmente obstruida por tierra, y tuvieron que pasar arrastrándose sobre manos y rodillas. Al fin encontraron el lugar por donde había caído el polvo. La luna reveló una abertura entre las losas del techo.

— Deben conocer esta salida — dijo Wolff —. No han de ser tan descuidados. Será mejor que avancemos.

Apenas habían dado unos pasos cuando se vio, allá arriba, el brillo de las antorchas. Los dos se escurrieron hacia adelante a toda prisa; las voces de los sholkin se oyeron, excitadas, a través de la abertura. Un segundo después, una espada se clavó en la tierra, errando por muy poco a la pierna de Wolff.

— Ahora saben que hemos salido de la cámara principal, y vendrán a buscarnos — dijo Kickaha.

Siguieron avanzando por bifurcaciones que parecían conducir a la parte trasera. De pronto, el piso se hundió bajo los pies de Kickaha. Trató de lanzarse hacia adelante mientras caía la piedra sobre la que estaba de pie, pero no tuvo tiempo suficiente. Uno de los lados de la baldosa se levantó, y la otra, al hundirse, arrojó a Kickaha dentro de un agujero. Kickaha, con un grito, soltó la antorcha, que cayo con él.

Wolff se quedó mirando la baldosa inclinada y el vacío abierto bajo ella. Del agujero no provenía luz alguna; era de suponer que la antorcha se había apagado al caer, o que el pozo era tan hondo que el resplandor no llegaba a la superficie. Con un gemido de angustia, Wolff se arrastró hasta el borde, iluminando el vacío con su antorcha. El pozo medía al menos tres metros de ancho y quince de profundidad. Había sido cavado en la tierra, y en varias partes se habían derrumbado grandes trozos. El fondo era un montículo de polvo. Pero no había señas de Kickaha; ni siquiera una depresión que indicara dónde había caído.

Wolff lo llamó. Al mismo tiempo se oyeron los gritos de los sholkin, que se lanzaban por los corredores.

No hubo respuesta. Se inclinó dentro del pozo tanto como pudo, para examinar el fondo. Pero el resplandor de su antorcha no reveló otra cosa que el otro hachón, caído y apagado.

En el fondo había bordes oscuros, como si hubiese pozos abiertos a los costados, y Wolff dedujo que Kickaha había entrado en uno de ellos.

Las voces se oyeron desde más cerca, y el primer parpadeo de una antorcha asomó por el recodo que llevaba a ese salón. Tenía que seguir adelante. Se irguió cuanto pudo, lanzó su antorcha hacia el otro extremo de la habitación y saltó hacia adelante con toda la fuerza de sus piernas. Cayó en posición casi horizontal, golpeando el borde de tierra suave y húmeda, y avanzó arrastrándose sobre el vientre. Estaba a salvo, aunque las piernas le colgaban todavía en el vacío.

Levantó la antorcha, aún encendida, y prosiguió el trabajoso ascenso. Hacia el final del corredor halló otra ramificación; uno de los lados estaba completamente bloqueado por la tierra caída. El otro estaba obstruido en parte por una gran laja de piedra pulida, que formaba un ángulo de cuarenta y cinco grados con el suelo. A costa de varias despellejaduras en el cuello y en la espalda, logró deslizarse entre la tierra y la laja. Se encontró entonces en una enorme cámara, cuyo tamaño superaba al de aquélla en la cual estaban los esclavos.

Las piedras, al deslizarse, habían formado en el otro extremo una serie de toscas terrazas. Por allí trepó hacia un rincón del techo por donde entraba la luz de la luna. Era la única salida posible. Apagó la antorcha, para evitar que los sholkin, desde arriba, pudieran ver su resplandor a través del pequeño agujero. Se acurrucó por un rato en la angosta saliente que había bajo la cavidad, y escuchó con atención. Si habían visto la luz de su antorcha, lo atraparían en cuanto saliera del agujeró, y no tendría forma de defenderse. Al fin, puesto que los gritos se oían sólo a la distancia, salió por aquella única vía.

Estaba cerca del montículo de tierra que cubría la parte posterior del edificio. Allá abajo brillaban las antorchas. Abiru agitaba el puño ante 'un soldado, hablando a gritos.

Wolff contempló el montículo que tenía ante sí, imaginando las piedras y los huecos que ocultaría; recordó también el pozo por el cual Kickaha se había precipitado a la muerte.

Levantó la espada, murmurando:

¡Ave atque vale, Kickaha!

¡Ojalá hubiese podido cobrar más vidas (especialmente la de Abiru) a cambio de la de Kickaha! Pero debía mostrarse sensato. Debía pensar en Criseya y en el cuerno. Y se sintió débil y vacío, como si hubiese perdido parte del alma.

Capitulo 11

DRACHELANDIA

Pasó esa noche escondido entre las ramas de un árbol enorme, a cierta distancia de la ciudad. Sus propósitos eran seguir a los traficantes de esclavos para rescatar a Criseya y apoderarse del cuerno a la primera oportunidad. Los traficantes deberían tomar el camino junto al cual esperaba, puesto que era el único sendero hacia el interior de Teutonia. La aurora lo encontró esperando, sediento y con hambre. Hacia mediodía estaba impaciente. Ya no lo buscarían sin duda. Al caer la tarde decidió bajar para conseguir siquiera un sorbo de agua. Cuando se dirigía al arroyo cercano, un gruñido lo obligó a trepar a otro árbol. Una familia de leopardos salió de entre la maleza y se acercó a beber. Cuando al fin se fueron, el sol estaba ya muy próximo al borde del monolito.

Volvió al camino, seguro de que nadie habría podido pasar por allí sin que él lo viese, pues no se había alejado mucho. Sin embargo, nadie se aproximaba.

Aquella noche se deslizó por entre las ruinas, cerca del edificio del cual escapara. No había nadie a la vista. Seguro ya de que habían partido, rondó por las calles y los pastizales, hasta encontrar un hombre recostado contra un árbol. El hombre estaba semi-inconsciente a causa del dhiz, pero Wolff lo despertó con fuertes bofetadas, le apretó la hoja del cuchillo contra la garganta y comenzó a interrogarlo. Aunque ni él ni el dholinz dominaban el idioma Khamshem, logró entender que Abiru y su gente habían partido por la mañana en tres grandes canoas guerreras, tripuladas por remeros dholinz.

Wolff desmayó al hombre de un golpe y volvió hacia el malecón. Estaba desierto. Tuvo, por lo tanto, la oportunidad de apoderarse de un angosto y liviano bote, impulsado por una vela, y soltó amarras.

Tras recorrer tres mil kilómetros, llegó a la frontera entre Teutonia y la zona civilizada de Khamshem. La pista lo había conducido por el río Gizirit, corriente abajo, a lo largo de cuatrocientos cincuenta interminables kilómetros. Después debió cruzar el campo abierto. La caravana viajaba mucho más despacio, y Wolff pudo haberla alcanzado mucho antes, pero la había perdido de vista tres veces, demorado por los tigres y por los pájaros-hacha.

El terreno se elevó gradualmente. De pronto, una meseta apareció en mitad de la selva. Por dos veces, Wolff había escalado seis mil metros; aquellos mil ochocientos no le hicieron mella. Una vez en lo alto, se encontró en un terreno diferente. El clima no era más fresco que abajo, pero allí crecían hayas, sicomoros, cedros, nogales y tilos. Sin embargo, la fauna era distinta. Tras caminar unos tres kilómetros en la penumbra de un bosque de hayas, se vio forzado a buscar un escondrijo.

Un dragón pasó lentamente a su lado; le echó una mirada, dejó escapar un siseo, y siguió de largo. Se parecía a las representaciones orientales comunes; medía unos doce metros de longitud y tres de altura, y estaba cubierto por grandes escamas; pero no exhalaba fuego. En realidad, se detuvo a treinta metros de Wolff y empezó a comer pasto. Por lo tanto, debía haber más de una especie de dragones. Wolff descendió del árbol, preguntándose cómo podría distinguir a los carnívoros de los herbívoros. El dragón continuó masticando; el vientre emitía un trueno apagado, iniciando la digestión.