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Wolff preguntó qué excusa daría para no utilizar la lanza.

— Ya inventaré otra historia — respondió su amigo —. Digamos que un caballero ladrón robó tu lanza y que has jurado no utilizar otra mientras no recuperes la robada. Lo aceptarán; se pasan la vida haciendo votos ridículos. Actúan exactamente como los caballeros de la Mesa Redonda del Rey Arturo. En la Tierra no hubo nunca caballeros semejantes, pero al Señor debe haberle gustado la idea de repetir aquí una especie de Camelot. Es muy romántico, digas lo que digas.

Wolff, aunque a desgana, aceptó cualquier cosa, con tal de llegar a la propiedad de von Elgers lo antes posible. La armadura de Kickaha le resultaba chica y le trajeron la de un caballero yiddish que Kickaha había matado en la víspera. Los sirvientes le colocaron las planchas azules y la cota de malla y le ayudaron a montar a caballo. Su montura era una hermosa yegua palomina y había pertenecido también a oyf Roytfeldz, el caballero muerto. Hasta ese momento, Wolff creía que haría falta una grúa para levantar hasta la silla el peso de la armadura, pero subió con poca dificultad. Kickaha le explicó que en otros tiempos había sido así, pero en la actualidad los caballeros habían regresado a las planchas más livianas y a la cota de malla.

El intermediario Yiddish llegó para anunciar que funem Laksfalk había aceptado el desafío, a pesar de la falta de credenciales del sarraceno Wolff. Si el valiente y honorable caballero bandido Horst von Horstmann respondía por él, sería bastante para funem Laksfalk. El discurso era una formalidad, pues el campeón Yiddish no era capaz de rechazar un desafío.

— Aquí, lo principal es la audacia — dijo Kickaha a Wolff.

Había logrado salir de su tienda y estaba dando a su amigo las últimas instrucciones.

— Bien, me alegro de que hayas venido — agrego —. Ya no soportaba una caída más y no me atrevía a retirarme.

Una vez más sonaron las trompetas. El palomino y el negro partieron a galope tendido y se cruzaron a toda velocidad. Ambos jinetes adelantaron sus espadas, que chocaron violentamente. El impacto paralizó la mano y el brazo de Wolff, pero cuando volvió a la carga notó que la espada de su contrincante estaba en el suelo. El Yiddish desmontó velozmente para levantarla antes de que Wolff lo hiciera; en su prisa, resbaló y quedó tendido en tierra cuan largo era.

Wolff sofrenó a su caballo y desmontó con toda lentitud, dando tiempo al otro para que se recuperara. Ante tal caballerosidad, ambos campamentos estallaron en vítores. Según las reglas, Wolff podría haber permanecido en la silla y matar a funem Laksfalk sin permitirle recoger el arma.

Ya en tierra se enfrentaron mutuamente. El caballero Yiddish levantó su visera, dejando ver un rostro agradable. Tenía ojos azules, muy claros, y un grueso bigote.

— Os ruego me dejéis ver vuestro rostro, noble señor — dijo —. Habéis dado muestras de ser un verdadero caballero al no golpearme mientras estaba indefenso en el suelo.

Wolff levantó su visera durante unos pocos segundos. Después, ambos avanzaron y volvieron a chocar las espadas. Una vez más, el golpe de Wolff fue tan poderoso que arrancó la hoja de la mano contraria.

Funem Laksfalk levantó su visera, esa vez con el brazo izquierdo.

— No puedo usar el brazo derecho — dijo —. ¿Me permitiríais usar el izquierdo?

Wolff hizo un saludo y retrocedió. Su adversario aferró el largo puño de la espada y se aproximó, blandiéndola desde el costado con toda su fuerza. Una vez más, el impacto de Wolff anuló su fuerza.

Por tercera vez, funem Laksfalk levantó su visera.

— Sois el campeón más extraordinario que jamás haya conocido. Aunque detesto reconocerlo, me habéis derrotado. Y eso es algo que nunca he dicho ni pensado decir. Tenéis la fuerza del mismo Señor.

— Podéis conservar vuestra vida, vuestro honor, vuestra armadura y vuestro caballo — replicó Wolff —. Sólo deseo que se nos permita, a mi amigo von Horstmann y a mí, marchar sin más desafíos. Debemos cumplir con una cita.

El Yiddish respondió que así sería, y Wolff regresó a su campamento, donde lo saludaron con gran alegría, aun aquellos que lo habían considerado un perro khanshem.

Con una risa satisfecha, Kickaha ordenó levantar el campamento. Wolff le preguntó si no ahorrarían tiempo retirándose sin cortejos.

— Por supuesto, pero no se estila — respondió Kickaha —. ¡Oh, bueno, tienes razón! Los enviaré a su casa. Y nos quitaremos todos estos blindajes.

Antes de alejarse mucho, oyeron ruido de cascos. Funem Laksfalk venía por el camino, siguiéndolos, también sin armadura. Se detuvieron a esperarlo.

— Nobles caballeros — dijo él, sonriente —, sé que lleváis una misión. ¿Sería demasiado pretencioso de mi parte unirme a vosotros? Me sentiría honrado. Considero que sólo uniéndome a vosotros puedo redimirme de mi derrota.

Kickaha miró a Wolff, diciendo:

— Decide tú. Pero me gusta su forma de ser.

—¿Os comprometéis a ayudarnos en todo? Mientras no se trate de algo deshonroso, naturalmente. Podéis liberaros de vuestro juramento cuando lo deseéis, pero debéis prometer, por lo más sagrado, que jamás os pasaréis al bando de nuestros enemigos.

— Lo juro por la sangre de Dios y la barba de Moisés. Esa noche, mientras armaban campamento en un matorral, a la orilla de un arroyo, Kickaha dijo:

— Hay un problema que puede complicarse al tener a Funem Laksfalk con nosotros. Es necesario limpiarte la piel y sacarte la barba. De lo contrario, Abiru puede identificarte cuando lo encontremos.

— Una mentira siempre lleva a otra — dijo Wolff —. Bueno, dile que soy el hijo menor de un barón que me expulsó por las falsas acusaciones de un hermano celoso. Desde entonces ando de viaje, disfrazado de sarraceno. Pero tengo intenciones de regresar al castillo de mi padre, que ya ha muerto, para desafiar a mi hermano a duelo.

—¡Fabuloso! ¡Eres otro Kickaha! Pero ¿qué pasará cuando sepa lo de Criseya y el cuerno?

— Ya se nos ocurrirá algo. La verdad, quizá. De cualquier modo, puede echarse atrás cuando vea que la lucha es contra el Señor.

A la mañana siguiente llegaron a la aldea de Etzelbrand. Allí, Kickaha compró algunas sustancias químicas al brujo blanco de la localidad, y preparó una mezcla para quitar la tintura. Una vez que salieron de la aldea, se detuvieron junto al arroyo. Funem Laksfalk los observó con interés que se transformó en sospecha cuando la barba desapareció, seguida por la tintura.

— ¡Por los ojos del Señor! ¡Erais un kahmshem, pero ahora podríais ser un yiddish!

Kickaha se lanzó a la creación de una historia, llena detalles, según la cual Wolff era el hijo bastardo de una doncella judía y un caballero teutónico empeñado en una gesta. El caballero, llamado Robert von Wolfram, se había hospedado en el castillo de un yiddish tras cubrirse de gloria durante un torneo. El y la doncella se habían enamorado, demasiado profundamente. Cuando el caballero se marchó, con el juramento de regresar apenas hubiese cumplido con su hazaña, Rivke había quedado encinta. Pero Robert von Wolfram pereció, y la muchacha debió soportar la vergüenza de su embarazo. El padre la expulsó de su casa, y fue enviada a una pequeña aldea de Khamshem para vivir allí hasta su muerte. Había muerto al dar a luz al pequeño Robert; sin embargo, un viejo y fiel sirviente reveló al hijo el secreto de su nacimiento. El joven bastardo juró entonces que, al llegar a la madurez, iría al castillo de sus padres para reclamar su legítima herencia. El padre de Rivke ya había muerto, pero su hermano, un viejo perverso, tenía la posesión del castillo. Robert planeaba recobrar ese feudo, por las buenas o por las malas.

Cuando la historia concluyó, Funem Laksfalk tenía los ojos llenos de lágrimas.

— Cabalgaré a tu lado, Robert — dijo —, y te ayudaré a luchar contra tu malvado tío. Así podré redimirme de mi derrota.