– Quizá sólo nos parezca agresivo a nosotros -repone Erik.
– ¿Qué quiere decir?
– Quizá sepa lo que hace en todo momento. Quiero decir…, en el adosado no encontraron sangre del padre en sus ropas.
– No, pero…
– Eso indica que actúa de forma fría y calculadora, por lo que tal vez haya decidido vengarse de mí por medio de Benjamín.
Se hace el silencio. Por el rabillo del ojo, Erik ve que la rubia de la cafetera está de pie dando sorbos a su taza mientras observa por la ventana los distintos edificios del hospital.
Joona baja la mirada a la mesa, luego la cruza con la suya y dice sinceramente con su suave y afectuoso tono finlandés:
– Lo siento de veras, Erik.
Tras despedirse de Joona en el exterior de la cafetería, Erik se dirige a su despacho, que es al mismo tiempo su habitación durante las guardias en el hospital.
No puede creer que Benjamín haya sido secuestrado. Todo es sencillamente increíble, resulta demasiado absurdo que un desconocido haya irrumpido en su casa y se haya llevado a su hijo a rastras por el pasillo y el rellano hasta la calle, y luego a otro lado.
Nada de todo eso es lógico.
Quien se ha llevado a su hijo no puede ser Josef Ek. No puede serlo. Erik se niega a creerlo. Es imposible.
Con la sensación de que todo su mundo se está desmoronando, se sienta ante su viejo escritorio y telefonea a las mismas personas una y otra vez, como si en los matices de sus voces pudiera descifrar que han pasado por alto algún detalle importante, si mienten o están ocultando información. Siente que se está comportando como un histérico cuando llama a Aida tres veces seguidas. La primera ocasión le pregunta si sabe si Benjamín tenía algún plan especial para el fin de semana. La segunda llama para preguntarle si tiene el teléfono de algún otro amigo de él; le explica que él no sabe con quién se relaciona Benjamín en el colegio. La tercera vez pregunta si ella y Benjamín han discutido y luego le da todos los teléfonos en los que puede localizarlo, incluido el del hospital y el móvil de Simone.
A continuación llama una vez más a David y éste le confirma que no ha visto a Benjamín desde las clases del día anterior. Entonces empieza a llamar a la policía. Pregunta qué pasa, si han avanzado algo. Después llama a todos los hospitales de Estocolmo. Telefonea al móvil apagado de Benjamín por enésima vez y a continuación a Joona Linna, le exige que intensifique la búsqueda, que solicite más recursos, y finalmente le ruega que haga todo lo posible por encontrar a su hijo.
Luego Erik se dirige a la habitación de Simone pero se detiene en el exterior. Todo le da vueltas, siente que algo se ciñe a su alrededor. Su cerebro lucha por comprender. En su interior oye un repiqueteo incesante: «Encontraré a Benjamin, encontraré a Benjamín.»
A través de la ventanilla de la puerta, Erik ve a su esposa. Está despierta pero su rostro refleja cansancio y confusión, los labios están pálidos y las ojeras son ahora más pronunciadas. Su pelo cobrizo está enredado a causa del sudor. Da vueltas a su anillo de bodas, lo hace girar y lo presiona contra el nudillo. Erik se pasa la mano por el pelo, se toca la barbilla y nota lo mucho que pincha la barba. Simone lo ve a través de la ventana de la puerta pero parece no inmutarse.
Erik entra y se deja caer en la butaca a su lado. Ella lo observa y luego baja la mirada. Él ve que tiene los labios contraídos en un gesto de dolor. De sus ojos brotan grandes lágrimas y su nariz enrojece.
– Benjamín intentó agarrarme, alargó la mano para coger la mía -susurra ella-. Pero yo estaba allí tirada, no podía moverme.
La voz de Erik es débil cuando dice:
– Acabo de saber que Josef Ek se ha escapado… Huyó anoche.
– Tengo frío -dice ella.
Simone lo golpea en la mano cuando él intenta echarle por encima la manta azul del hospital.
– Es culpa tuya -dice-. Tenías tantas ganas de volver a practicar hipnotismo que…
– Por favor, Simone, no ha sido culpa mía. Intentaba salvar a una persona, mi trabajo consiste en…
– ¿Y mi hijo no cuenta? -grita ella.
Cuando Erik intenta tocarla, Simone lo empuja.
– Voy a llamar a papá -dice con voz temblorosa-. Él me ayudará a encontrar a Benjamín.
– No quiero que lo llames bajo ningún concepto -replica Erik.
– Sabía que dirías eso, pero la verdad es que me importa un bledo lo que tú sientas, sólo quiero recuperar a Benjamin.
– Lo encontraré, Sixan.
– ¿Por qué no te creo?
– La policía hace todo lo que puede, y tu padre es…
– ¿La policía? La policía es la que ha dejado escapar a ese loco -dice ella, alterada-. ¿No es así? No van a mover un dedo para encontrar a Benjamin.
– Josef es un asesino en serie y la policía quiere encontrarlo. Pero no soy tonto, y sé que Benjamin no es importante para ellos, no se preocupan por él, no de verdad, no como nosotros, no como…
– Eso mismo es lo que he dicho yo -lo interrumpe ella, molesta.
– Joona Linna me ha explicado que…
– Es culpa suya, fue él quien te hizo hipnotizarlo.
Erik niega con la cabeza y luego traga con esfuerzo.
– Yo tomé la decisión.
– Papá podría conseguirlo -dice ella en voz baja.
– Quiero que tú y yo repasemos cada detalle juntos, necesitamos pensar, necesitamos paz y tranquilidad para…
– ¿Y qué cono podemos hacer nosotros? -grita ella.
Se hace el silencio. Erik oye que alguien enciende la televisión en la habitación contigua.
Simone permanece tumbada en la cama con el rostro vuelto hacia el otro lado.
– Tenemos que pensar -dice Erik con precaución-. No estoy seguro de que fuera Josef Ek el que…
– Tú eres tonto -le espeta ella.
Intenta levantarse de la cama pero no tiene fuerzas.
– ¿Puedo decir algo?
– Voy a conseguir una arma y pienso encontrarlo -dice ella.
– La puerta de entrada estaba abierta dos noches seguidas pero…
– Ya te lo dije -lo interrumpe ella-. Te dije que alguien había entrado en el piso pero tú no me creíste, nunca lo haces, si me hubieras creído, entonces…
– Escúchame -exige Erik-. Josef Ek estaba en cama en el hospital la primera noche, no pudo haber sido él quien entró en el piso y abrió el frigorífico.
Ella no lo escucha, sólo intenta levantarse. Jadea con enfado y consigue caminar hasta el estrecho armario en el que está colgada su ropa. Erik se queda de pie sin ayudarla, la observa vestirse temblorosa, la oye maldecir entre dientes.
Capítulo 24
Sábado 12 de diciembre, por la tarde
Por la tarde, Erik por fin consigue que le den el alta hospitalaria a Simone. En su casa todo está patas arriba: la ropa de cama, tirada en el pasillo; las lámparas, encendidas; el grifo del baño, abierto; los zapatos están revueltos sobre la alfombra de la entrada; el teléfono, tirado sobre el suelo de parquet, con las pilas a un lado.
Erik y Simone miran a su alrededor con la agobiante sensación de que ha desaparecido para siempre algo muy importante de su hogar. Los objetos les resultan ajenos, exentos de significado.
Simone coge una silla, se sienta y se dispone a quitarse las botas. Erik cierra el grifo del baño y luego va a la habitación de Benjamin. Mira el tablero rojo del escritorio. Los libros de texto junto al ordenador, forrados de papel gris. En el tablón de corcho hay una fotografía suya, de la época de Uganda, sonriente y bronceado, con las manos en los bolsillos de la bata. Erik toca levemente los vaqueros de Benjamin que cuelgan de la silla, junto con el jersey negro.
Vuelve al salón y ve que Simone está de pie con el teléfono en la mano. La observa introducir de nuevo las pilas y marcar un número.
– ¿A quién llamas?
– Voy a llamar a papá -contesta.