– ¿Es posible que Benjamín esté en esa casa? -pregunta ella-. ¿Es posible, papá?
– Eso es lo que vamos a investigar.
– Por favor… -exclama ella con impaciencia.
– Charley me va a mandar los planos por mensajero.
– ¿Qué planos? Paso de planos, papá. ¿A qué esperas? Vayamos allí, soy capaz de romper todos y cada uno de los…
– Eso no serviría de nada -la interrumpe él-. El tema es urgente, pero no creo que ganemos tiempo si vamos a la casa y empezamos a derribar una pared tras de otra.
– Pero algo tenemos que hacer, papá.
– En los últimos días la casa ha estado llena de policías -explica él-. Si hubiera algo evidente, lo habrían encontrado, aunque no estuvieran buscando a Benjamín.
– Pero…
– Debo examinar esos planos, ver dónde se podría construir un cuarto oculto, conseguir medidas que pueda comparar con las que tomamos en la casa.
– Pero si allí no hay ninguna habitación, ¿dónde está?
– La familia Ek compartía una casa de veraneo a las afueras de Bolinas con el hermano del padre… Le he pedido a un amigo que vive allí que vaya a echar un vistazo. Conoce bien la zona donde tenía la casa la familia; está situada en la parte más antigua de un complejo residencial de vacaciones.
Kennet mira su reloj y marca un número en el teléfono.
– Hola Svante, soy Kennet, quería saber…
– Ya estoy allí -lo interrumpe su amigo.
– ¿Dónde?
– En el interior de la casa -dice Svante.
– Sólo tenías que echar un vistazo.
– Los nuevos propietarios, los Sjölin, me han dejado pasar y…
Se oye a alguien hablar de fondo.
– Se llaman Sjölin -se corrige Svante-. Son los dueños de la casa desde hace más de un año.
– Gracias por tu ayuda.
Kennet interrumpe la conversación. Una profunda arruga le recorre la frente.
– ¿Y la cabaña? -sugiere Simone-. ¿La cabaña donde estaba la hermana?
– Hemos mandado gente allí varias veces, pero tú y yo podríamos ir a echar un vistazo de todos modos.
Acto seguido ambos guardan silencio; tienen la mirada pensativa y ensimismada. Se oye un ruido en la portezuela del correo. El periódico de la mañana, que llega tarde, cae pesadamente sobre el suelo del vestíbulo. Ninguno de ellos se mueve. Suenan algunas portezuelas más lejos y luego se abre la puerta del portal.
Kennet sube de repente el volumen de la radio policial. Han emitido un llamamiento. Alguien contesta solicitando información. Hay un breve intercambio de palabras, Simone comprende algo sobre una mujer que ha oído gritos en el piso de al lado. Mandan un coche para allá. De fondo alguien se ríe y empieza una larga explicación sobre por qué a su hermano menor, que ya es adulto, aún le untan las tostadas del desayuno todos los días. Kennet vuelve a bajar el volumen.
– Prepararé café -dice Simone.
Su padre saca entonces una guía de Estocolmo de su chaleco verde militar, retira los candelabros de la mesa y los deja junto a la ventana antes de buscar algo en el plano. Simone está de pie detrás de él y observa la intrincada red de carreteras, trenes y rutas de autobús de colores rojos, azules, verdes y amarillos que se entrecruzan, las extensiones de bosque y los diseños geométricos que conforman las poblaciones del extrarradio.
Los dedos de Kennet siguen una carretera amarilla al sur de Estocolmo que pasa por Älvsjö, Huddinge, Tullinge y llega hasta Tumba. Juntos observan la página de Tumba y Salem. Es un mapa descolorido de un antiguo núcleo urbano en el que recientemente se ha construido un nuevo centro comercial cerca de la estación de cercanías. Observan lo práctico de la construcción del período posterior a la guerra, con edificios altos y tiendas, una iglesia, un banco y una tienda de venta de alcohol. Alrededor del lugar se ramifican hileras de adosados y chalets. Justo al norte de la población hay unos campos amarillos de heno que, unos veinte kilómetros más al norte, son reemplazados por bosques y lagos.
Kennet repasa los nombres de las calles de la urbanización de adosados y señala con un círculo un punto entre los pequeños rectángulos paralelos como costillas.
– ¿Dónde cono está ese mensajero? -farfulla Kennet.
Simone sirve café en un par de tazas y pone ante su padre el paquete con los terrones de azúcar.
– ¿Cómo pudo entrar? -pregunta.
– ¿Josef Ek? Bueno, o bien tenía llave o bien alguien le abrió la puerta.
– ¿No se puede abrir con una ganzúa?
– Esa cerradura no, es demasiado difícil; sería mucho más fácil forzar la puerta.
– ¿Echamos un vistazo al ordenador de Benjamín?
– Deberíamos haberlo hecho ya -dice Kennet-. Lo he pensado antes pero luego lo he olvidado, estoy empezando a estar cansado.
Simone se da cuenta de que su padre se ve anciano. Nunca antes había pensado en su edad. Él la mira con gesto triste.
– Trata de dormir un poco mientras yo miro el ordenador -dice ella.
– Joder, no.
Cuando entran en el cuarto del chico, ambos tienen la sensación de que nunca hubiera estado habitado. De repente Benjamin está terriblemente lejos.
Simone siente cómo una oleada de nausea crece en su estómago. Nota el terror en la boca mientras traga una y otra vez. Desde la cocina le llega el sonido de la radio policial, que murmura, crepita y parlotea. Allí dentro, en la oscuridad, aguarda la muerte como una ausencia negra, una carencia de la que ella está segura de que jamás podrá recuperarse.
Enciende el ordenador y la pantalla parpadea, las luces se encienden y, con un resoplido, el ventilador empieza a girar y el disco duro imparte sus órdenes. Cuando suena la melodía de bienvenida del sistema operativo es como si una parte de Benjamin regresara.
Cada uno de ellos coge una silla y se sientan. Simone hace clic en la foto en miniatura de Benjamin para iniciar la sesión.
– Lo haremos lenta y metódicamente, cariño -dice Kennet-. Empezamos con el correo y…
Pero se interrumpe cuando el ordenador pide una contraseña para continuar.
– Inténtalo con su nombre -dice.
Ella teclea «Benjamin», pero se le deniega el acceso. Luego escribe «Aida», invierte los nombres, los junta. Escribe «Bark», «Benjamin Bark», se ruboriza cuando lo intenta con «Simone» y «Sixan», lo prueba también con «Erik», con los nombres de los grupos y cantantes que escucha Benjamin: Sexsmith, Ane Brun, Rory Gallagher, Lennon, Townes Van Zandt, Bob Dylan.
– Nada -dice Kennet-. Tendremos que hacer venir a alguien que nos abra esta lata.
Simone lo intenta entonces con algunos títulos de películas y nombres de directores de los que suele hablar su hijo pero se rinde después de un rato, es imposible.
– Ya deberíamos tener aquí esos planos -dice Kennet-. Voy a llamar a Charley a ver qué pasa.
Ambos dan un respingo cuando llaman a la puerta. Simone se queda de pie en el pasillo y mira con el corazón desbocado a su padre mientras éste camina hacia la entrada y gira el pomo de la puerta.
La mañana de diciembre es clara como la arena, la temperatura es de algún grado positivo cuando Kennet y Simone entran en el barrio de Tumba en el que nació y se crió Josef Ek, el mismo en el que masacró a casi toda su familia a la edad de quince años. La casa tiene el mismo aspecto que las del resto de la calle: pulcra y sencilla. Si no fuera por el precinto policial azul y blanco que la rodea, nadie podría sospechar que hace pocos días fue el escenario de dos de los crímenes más sangrientos y despiadados de la historia de Suecia.
En la parte delantera hay una bicicleta con ruedas auxiliares apoyada contra un contenedor de arena. El precinto se ha soltado en un extremo y el viento ha hecho que se enganchase en el buzón de enfrente. Kennet no detiene el coche, sino que pasa lentamente por delante de la casa. Simone mira hacia las ventanas con los ojos entornados. Parece totalmente desierta. De hecho, toda la hilera de adosados da la impresión de estar a oscuras. Continúan hasta el final de la calle sin salida, dan media vuelta y vuelven a acercarse a la escena del crimen cuando suena el móvil de Simone.