– ¿Una subasta?
– Colecciono figuritas de Lisa Larson -contesta ella con sequedad.
– ¿Esos pequeños niños obesos sonrientes?
– Es arte, pero tú no entiendes de esas cosas.
Anja mira la pantalla.
– Está a punto de terminar. Sólo espero que nadie más puje ahora…
– Necesito tu ayuda -insiste Joona-. Es algo relacionado con tu trabajo. En realidad se trata de algo muy importante.
– Espera, espera, espera.
Ella levanta una mano hacia él para pedirle que guarde silencio.
– ¡Sí, ya son mías! -exclama a continuación-. Tengo a Amalia y a Emma.
Y rápidamente cierra la página.
– Bien, Joona, mi viejo amigo finlandés, ¿qué clase de ayuda necesitas?
– Tienes que hablar con la compañía de telefonía móvil y encargarte de conseguir la procedencia de la llamada que Benjamin Bark realizó el domingo pasado. Quiero datos precisos del lugar desde donde llamó. Dentro de cinco minutos.
– Dios mío, pues sí que estás de buen humor -suspira Anja.
– Tres minutos -se corrige Joona-. Tus incursiones en Internet te costarán dos minutos.
– Vete al infierno -murmura Anja cuando él abandona la habitación.
Joona se dirige a su despacho, cierra la puerta tras de sí, revisa el correo y lee una tarjeta postal de Disa. Ha viajado a Londres y dice que lo extraña. Disa sabe que detesta las fotografías de chimpancés jugando al golf o envolviéndose en papel higiénico y por eso mismo siempre busca postales con esos motivos. Joona duda si darle la vuelta a la tarjeta o tirarla simplemente, pero siente curiosidad, la voltea y se estremece con desagrado. Un bulldog con barba, gorro de marinero y una pipa en la boca. Sonríe ante el esfuerzo de Disa y cuelga la tarjeta en su tablón de anuncios justo cuando suena el teléfono.
– ¿Sí? -contesta.
– Ya tengo una respuesta -dice Anja.
– Ha sido rápido -dice Joona.
– Me han dicho que habían tenido problemas técnicos pero que hace ya una hora habían llamado al comisario Kennet Sträng para informarle de que la estación base quedaba en Gavie.
– En Gavie -repite él.
– También han dicho que aún no habían terminado con el trabajo, que dentro de uno o dos días, en todo caso esta semana, podrán decirnos con exactitud dónde se encontraba Benjamín cuando llamó.
– Podrías haber venido aquí a decírmelo personalmente; estás a cuatro metros de…
– No soy tu esclava, ¿comprendes?
– Sí.
Joona escribe «Gavie» en la página en blanco del bloc de notas que está frente a él y luego levanta nuevamente el auricular.
– Erik Maria Bark -responde Erik de inmediato.
– Soy Joona Linna.
– ¿Cómo va todo? ¿Ha averiguado algo?
– Acaban de informarme de la procedencia aproximada de la llamada.
– ¿Dónde está?
– Lo único que tenemos por ahora es que la estación base queda en Gavie.
– ¿Gavie?
– Un poco más al norte de Dalälven…
– Sé dónde está Gavie, es sólo que no lo entiendo, es decir…
Joona oye a Erik moverse por la habitación.
– Tendremos datos más concretos esta misma semana -dice Joona.
– ¿Cuándo?
– Creen que mañana o pasado.
Oye que Erik se sienta.
– Entonces se hará usted cargo del caso, ¿no es así? -pregunta con voz tensa.
– Así es, Erik -dice Joona con aspereza-. Encontraré a Benjamín, se lo prometo.
Erik carraspea y cuando su voz vuelve a serenarse, explica rápidamente:
– He pensado mucho en quién pudo haber hecho esto y tengo a alguien que quiero que investigue. Fue paciente mía, su nombre es Eva Blau.
– ¿Blau? ¿Como «azul» en alemán?
– Sí.
– ¿Lo amenazó?
– Es difícil de explicar.
– La investigaré de inmediato.
Se hace un silencio al otro lado del auricular.
– Quiero encontrarme con usted y con Simone cuanto antes -dice Joona al cabo.
– ¿Sí?
– En ningún momento se ha realizado una reconstrucción de los hechos, ¿verdad?
– ¿Una reconstrucción?
– Investigaremos quién podría haber visto al secuestrador de Benjamín. ¿Estarán en casa dentro de media hora?
– Llamaré a Simone -dice Erik-. Lo esperaremos allí.
– Bien.
– Joona -dice Erik.
– ¿Sí?
– Sé que apresar al autor de un delito suele ser cuestión de horas, que es el primer día el que cuenta -dice Erik lentamente-. Y ya han pasado…
– ¿Cree que no lo encontraremos?
– Es que… No lo sé -suspira Erik.
– No acostumbro a equivocarme -replica Joona en voz baja-, y creo sinceramente que encontraremos a su hijo.
Joona cuelga el teléfono, coge el papel con el nombre de Eva Blau y vuelve al despacho de Anja. En el aire flota un intenso aroma a naranjas. Junto al teclado de color rosa del ordenador hay un frutero con varios cítricos, y en una pared cuelga una gran lámina brillante que muestra a la musculosa Anja practicando el estilo mariposa en los Juegos Olímpicos.
Joona sonríe.
– Fui guardacostas en el servicio militar, podía nadar a lo largo de diez kilómetros con boyas de señalización, pero nunca supe nadar en estilo mariposa.
– Un gasto inútil de energía, eso es lo que es.
– Yo creo que es muy hermoso, pareces una sirena -dice Joona.
La voz de Anja revela cierto orgullo cuando intenta explicar:
– La técnica de coordinación es bastante exigente, se trata de un ritmo cruzado y… Pero ¿qué más da?
Anja estira la espalda satisfecha y su amplio busto casi roza a Joona, que está de pie junto al escritorio.
– Sí -dice él sacando el papel-. Ahora quiero que busques a una persona.
La sonrisa de Anja se congela en su rostro.
– Imaginaba que querías algo de mí, Joona. Sabía que era demasiado bonito para ser cierto, demasiado agradable. Te he ayudado con la estación de telefonía y luego has aparecido de nuevo con una hermosa sonrisa. Incluso he creído que me invitarías a cenar o algo parecido…
– Lo haré, Anja. A su debido tiempo.
Ella sacude la cabeza y coge el papel de la mano de Joona.
– Que busque a una persona, dices… ¿Hay prisa?
– Hay mucha prisa, Anja.
– Entonces, ¿por qué estás aquí burlándote de mí?
– Creí que querías…
– Eva Blau -dice Anja pensativamente.
– No es seguro que sea su nombre real.
Anja se muerde los labios preocupada.
– Un nombre inventado -dice-. No es mucho. ¿No tienes nada más? ¿Alguna dirección o algo parecido?
– No, ninguna dirección. Lo único que sé es que hace diez años fue paciente de Erik Maria Bark en el hospital universitario Karolinska, probablemente sólo por unos meses. Pero verifícalo con los registros, no sólo con los comunes, sino también con todos los demás. Comprueba si hay alguna Eva Blau inscrita en la universidad. Si compró un coche, estará en el registro de transporte. O si alguna vez solicitó una Visa, o la tarjeta de préstamo de alguna biblioteca…, asociaciones, Alcohólicos Anónimos… También quiero que busques entre personas de identidad protegida, víctimas de delitos…
– Sí, pero ahora vete para que pueda trabajar de una vez -lo interrumpe Anja, despachándolo.
Joona apaga el audiolibro en el que Per Myrberg, con su singular mezcla de tranquilidad e intensidad, lee Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski. A continuación aparca su coche junto a Lao Wai, el restaurante asiático donde sirven comida vegetariana al que Disa tiene tanto empeño por ir a cenar. Echa un vistazo a través de la ventana y lo sorprende la ascética y sencilla belleza de los muebles de madera, la ausencia de lo superfluo, la falta de objetos decorativos en el local.
Cuando llega a casa de Simone, Erik ya está allí. Se saludan y Joona le resume brevemente lo que piensa hacer.