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– Reconstruiremos el secuestro con detalle. La única que estaba presente cuando ocurrió fue usted, Simone.

Ella asiente con decisión.

– Hará de sí misma. Yo seré el secuestrador y usted, Erik, será Benjamín.

– Bien -dice él.

Joona mira el reloj.

– Simone, ¿a qué hora cree que el secuestrador entró en la casa?

Ella carraspea.

– No estoy segura…, pero el periódico aún no había llegado…, por lo que debió de ser antes de las cinco. Me levanté a beber agua a las dos…, luego estuve un rato despierta… Calculo que debió de ser entre las tres y las cinco.

– Bien, haremos un promedio y pondré el reloj a las tres y media -dice Joona-. Cerraré la puerta con llave e iré de puntillas hasta la cama de Simone, simularé ponerle una inyección y luego me acercaré a Benjamin, o sea, a usted, Brik. En su cuarto le pondré una inyección y luego lo sacaré de allí. Lo arrastraré a lo largo del vestíbulo y a través de la puerta de entrada. Usted es más pesado que su hijo, así que compensaremos el tiempo restando algún minuto. Simone, intente moverse exactamente del mismo modo que lo hizo entonces. Colóquese en la misma posición en que estaba en todo momento. Quiero saber lo que vio, exactamente lo que pudo ver o sólo intuir.

Simone asiente con el rostro pálido.

– Gracias -suspira-. Gracias por hacer esto.

Joona la mira con sus ojos grises.

– Encontraremos a Benjamin -asegura.

Simone se pasa la mano rápidamente por la frente.

– Iré al dormitorio -dice con voz ronca, y ve a Joona salir del apartamento con las llaves en la mano.

Ella está acostada bajo las mantas cuando Joona entra. Él camina rápidamente hacia ella. No corre, pero se mueve con determinación. Nota un cosquilleo cuando él le agarra el brazo y finge ponerle una inyección. Al tiempo que encuentra los ojos del comisario inclinado sobre ella, recuerda cómo se despertó al sentir un pinchazo en el brazo y cómo vio deslizarse una sombra sigilosamente en dirección al pasillo. El solo recuerdo le hace sentir un molesto cosquilleo en el lugar donde la pincharon. Cuando deja de ver la espalda de Joona, se incorpora, se frota el pliegue del brazo y se pone lentamente de pie. Sale al pasillo, entorna los ojos para mirar en el cuarto de Benjamin y ve a Joona inclinarse sobre la cama. De repente, pronuncia las palabras exactas como si hubieran resonado en su memoria:

– ¿Qué estáis haciendo? ¿Puedo pasar?

Continúa vacilante en dirección al aparador. Entonces recuerda que se quedó sin fuerzas y cayó al suelo. Las piernas se le doblan a la vez que recuerda cómo se hundió más y más profundamente en una mudez negra tan solo entrecortada por destellos de luz cada vez más breves. Se recuesta contra la pared y ve a Joona arrastrar a Erik por los pies. El recuerdo reproduce lo inconcebible: cómo Benjamin intentó aferrarse al marco de la puerta, cómo su cabeza golpeó contra él y cómo trató de asirse a ella con movimientos cada vez más débiles.

Cuando Erik es arrastrado frente a Simone y sus miradas se cruzan, es como si por un corto instante una figura de niebla o vapor se dibujara en el pasillo. Ve el rostro de Joona desde abajo. Éste cambia de pronto y un breve destello del secuestrador se abre paso en su conciencia. El rostro en sombras y la mano amarilla sobre el tobillo de Benjamin. El corazón de Simone late con fuerza cuando oye a Joona arrastrar a Erik hasta la escalera y luego cerrar la puerta tras de sí.

Un malestar flota en el apartamento. Simone no puede evitar la sensación de haber sido anestesiada nuevamente, está enmudecida y siente los miembros pesados cuando se incorpora y espera a que regresen.

Joona arrastra a Erik por el rayado suelo de mármol de la escalera y al mismo tiempo recorre el espacio con la mirada, examinando los ángulos y las alturas para buscar lugares donde podría haber habido testigos. Intenta comprender cuánto más puede ver y piensa que en realidad alguien podría estar cinco peldaños más abajo junto a la columna central, observándolo, en ese momento. Continúa su camino hacia el ascensor. Ya se ha preparado y ha abierto la puerta. Se inclina un poco hacia adelante y ve su rostro reflejado en la brillante moldura metálica del marco y luego la pared, que se desliza por detrás. Arrastra a Erik hacia el interior de la cabina. Entre el marco de la jaula ve la puerta a la derecha, el buzón y la placa de latón con el nombre, pero al otro lado sólo hay una pared. La lámpara en el techo del rellano queda oculta tras el dintel. Una vez dentro del ascensor, Joona dirige la mirada hacia el gran espejo, se inclina y se estira, pero no ve nada. La ventana de la escalera está oculta todo el tiempo. No descubre nada nuevo cuando mira por encima del hombro, pero de repente observa algo inesperado. Desde un determinado ángulo, puede ver a través del pequeño espejo oblicuo la brillante mirilla de la puerta del apartamento que ha permanecido a oscuras todo el tiempo. Cierra la puerta del ascensor y nota que por el espejo aún puede ver la puerta. Si alguien estuviera allí dentro espiando por la mirilla, piensa, esa persona podría ver claramente mi rostro en este momento. Sin embargo, la línea de visión se pierde de inmediato si mueve la cabeza unos cinco centímetros en cualquier dirección.

Cuando abandonan el ascensor, Erik se pone de pie y Joona mira su reloj.

– Ocho minutos -dice.

Regresan al apartamento. Simone está de pie en el pasillo; es obvio que ha estado llorando.

– Llevaba manoplas de cocina en las manos -dice-. Manoplas amarillas.

– ¿Estás segura? -pregunta Erik.

– Sí.

– No tiene sentido buscar huellas digitales -señala Joona.

– ¿Qué vamos a hacer? -pregunta ella.

– La policía ya ha interrogado a los vecinos -dice Erik apesadumbrado mientras Simone le sacude el polvo de la espalda.

Joona saca un papel.

– Sí, tengo la lista de las personas con quienes hablaron. Naturalmente, se centraron en este piso y en los apartamentos inferiores. Hay cinco vecinos con los que no han hablado aún, y uno que…

Examina el papel y ve que el apartamento que queda en un ángulo oblicuo con respecto al ascensor está tachado. Ésa es la puerta que ha visto a través de ambos espejos.

– Uno de los apartamentos está tachado -dice Joona-. Es el que está en diagonal al ascensor.

– Estaban de viaje -señala Simone-. Aún lo están. Seis semanas en Tailandia.

Joona los mira con seriedad.

– Es hora de hacerles una visita-declara brevemente.

En la puerta desde la que se ve el interior de la cabina del ascensor a través de los espejos se lee «Rosenlund». Es el apartamento que los agentes que llevaron a cabo los interrogatorios a los vecinos descartaron porque estaba vacío y a oscuras.

Joona se inclina hacia adelante y echa un vistazo a través del buzón. No ve cartas ni folletos publicitarios sobre el felpudo. De repente oye un débil sonido en el interior del piso: es un gato, que se acerca silenciosamente al pasillo desde la habitación adyacente. El animal se detiene de improviso y mira expectante a Joona, que sostiene abierta la portezuela del buzón.

– Nadie deja a un gato solo durante seis semanas -dice el comisario en voz alta, como para sí.

El animal escucha con una actitud alerta.

– No pareces hambriento -dice Joona dirigiéndose a él.

El gato bosteza abriendo mucho la boca, salta a una silla del pasillo y se enrosca sobre sí mismo.

La primera persona con quien hablará Joona será con el esposo de Alice Franzén. Fue ella quien abrió cuando la policía llamó a la puerta la otra vez. Los Franzén viven en la misma planta que Simone y Erik. Su apartamento está enfrente del ascensor.

Joona llama al timbre y espera. Tiene un breve recuerdo de cuando era niño y recorría las casas con una caja con flores de mayo y una hucha de la organización luterana de ayuda. Recuerda perfectamente la sensación de extrañeza al echar un vistazo a la casa de otras personas, el desagrado en los ojos de quien abría la puerta.