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– ¿Ha ocurrido algo?

– No, es sólo que… Creí que estaba muy enferma, físicamente, quiero decir.

– ¿Y no lo estaba? -pregunté.

Él sonrió, tenso, y me observó.

– ¿No podrías simplemente aceptar el caso? -dijo.

– Lo consideraré -respondí.

– Hablaremos de ello más tarde -se apresuró a añadir él.

A continuación empezó a calentar pero al poco se detuvo y miró hacia la puerta de entrada con expresión inquieta, observó a los que llegaban y luego apoyó la espalda contra la pared.

– No lo sé, Erik -dijo-, pero me sentiría muy bien si vieras a Eva, me…

Se interrumpió y miró la pista, en la que dos mujeres jóvenes con aspecto de estudiantes jugaban el último par de minutos. Una de ellas tropezó y perdió una bola muy sencilla.

– Maldición -murmuró Lars.

Comprobé la hora en mi reloj y me volví hacia él. Estaba de pie mordiéndose las uñas, y observé que tenía manchas de sudor bajo los brazos.

Parecía más viejo, como si hubiera encogido. Alguien gritó en la entrada y él se sobresaltó y miró hacia allí.

Las mujeres recogieron sus cosas y abandonaron la pista charlando.

– Ahora nos toca a nosotros -dije echando a andar.

– Erik, ¿alguna vez te he pedido que te ocuparas de un paciente?

– No, sólo es que estoy muy ocupado.

– ¿Y si yo hago tus guardias? -se apresuró a añadir, observándome.

– Son bastantes -repuse, sorprendido.

– Lo sé, pero he pensado que tenías familia y necesitabas estar en tu casa -dijo.

– ¿Es peligrosa?

– ¿A qué te refieres? -preguntó con una sonrisa insegura mientras toqueteaba su raqueta.

– Eva Blau. ¿Es ésa tu apreciación?

Dirigió una nueva mirada hacia la puerta.

– No sé qué responder -contestó en voz baja.

– ¿Te ha amenazado?

– Bueno…, todos los pacientes pueden resultar peligrosos en un momento dado, es difícil de determinar, pero estoy seguro de que podrás con ella.

– Seguramente lo haré -dije.

– ¿Te harás cargo? Dime que lo harás, Erik. ¿Lo harás?

– Sí -contesté finalmente.

Él se ruborizó, dio media vuelta y echó a andar hacia la línea de saque. De repente, un reguero de sangre comenzó a resbalar por la parte interna de su muslo, Lars lo secó con la mano y me miró. Cuando entendió que yo había visto la sangre, murmuró que tenía un pequeño problema en la ingle, se disculpó y abandonó la pista cojeando.

Acababa de regresar a mi despacho dos días después cuando llamaron a la puerta. Abrí y vi a Lars Ohlson en el pasillo, a varios metros de una mujer que llevaba puesta una capa de lluvia. Tenía una expresión preocupada en los ojos y la nariz roja, como si estuviera resfriada. Su rostro era estrecho y anguloso, e iba profusamente maquillada en torno a los ojos, con sombra azul y rosa.

– Él es Erik Maria Bark -dijo Lars-. Un buen médico, mucho mejor de lo que yo nunca seré.

– Llegáis temprano -dije.

– ¿Te parece bien? -preguntó él, preocupado.

Asentí y les pedí que pasaran.

– Erik, no tengo tiempo -dijo él entonces en voz baja.

– Pero estaría bien que tú también estuvieras presente.

– Lo sé, pero debo marcharme -explicó-. Llámame a cualquier hora del día o de la noche si es necesario, ¿de acuerdo?

Luego se alejó a toda prisa y Eva Blau me siguió al interior de la consulta, cerró la puerta tras de sí y nuestras miradas se encontraron.

– ¿Esto es tuyo? -preguntó de repente. Vi que sostenía un elefante de porcelana en su palma temblorosa.

– No, no es mío -contesté.

– Pero he visto cómo lo mirabas -repuso en tono burlón-. ¿Lo quieres o no?

Respiré profundamente y pregunté:

– ¿Por qué crees que lo quiero?

– ¿No es así?

– No.

– ¿Quieres esto, entonces? -preguntó a continuación levantándose el vestido.

No llevaba ropa interior y se había afeitado el vello púbico.

– Eva, no hagas eso -dije.

– De acuerdo -repuso con labios temblorosos.

Estaba muy cerca de mí, y pude percibir que su ropa despedía un fuerte aroma a vainilla.

– ¿Quieres sentarte? -pregunté en tono neutro.

– ¿Encima de ti?

– Puedes sentarte en el sofá -sugerí.

– ¿En el sofá?

– Sí.

– Claro, así estarás más cómodo -dijo arrojando la capa de lluvia al suelo, luego caminó hacia el escritorio y se sentó en mi silla.

– ¿Quieres hablarme de ti? -propuse.

– ¿Qué que quieres saber?

Me pregunté si, a pesar de lo nerviosa que parecía, sería una persona que se dejaría hipnotizar con facilidad o si ofrecería resistencia, si intentaría mostrarse reservada.

– No soy tu enemigo -le expliqué con tranquilidad.

– ¿No?

Abrió un cajón del escritorio.

– Deja eso -dije.

Hizo caso omiso de mis palabras y hojeó descuidadamente los papeles en el interior. Me acerqué a ella, aparté su mano y cerré el cajón al tiempo que le espetaba:

– No puedes hacer eso. Te he pedido que lo dejaras.

Me miró con terquedad y abrió de nuevo el cajón. Sin apartar su mirada de mí, cogió un montón de papeles y los arrojó al suelo.

– Basta -dije con firmeza.

Entonces sus labios empezaron a temblar y los ojos se le llenaron de lágrimas.

– Me odias -suspiró-. Lo sabía, sabía que me odiarías. Todo el mundo me odia.

De repente parecía asustada.

– Eva -dije con cuidado-, no pasa nada, quédate sentada, por favor. Puedes tomar prestada mi silla o sentarte en el sofá si lo prefieres.

Asintió, se puso en pie y se dirigió al sofá. De repente se volvió hacia mí y preguntó en voz baja:

– ¿Puedo besarte?

– No, no puedes. Siéntate, por favor -le pedí.

Finalmente tomó asiento, pero en seguida empezó a moverse inquieta. Noté que tenía algo en la mano.

– ¿Qué tienes ahí? -pregunté.

Rápidamente la escondió detrás de la espalda.

– Ven a verlo si te atreves -dijo con su tono de asustada hostilidad.

Sentí unas breves punzadas de impaciencia agolparse en mi mente, pero me obligué a que mi voz sonara totalmente tranquila cuando pregunté:

– ¿Quieres contarme por qué estás aquí?

Ella sacudió la cabeza.

– ¿Tú qué crees? -preguntó a continuación. Luego su rostro se contrajo y murmuró-: Porque dije que tenía cáncer.

– ¿Tenías miedo de tener cáncer?

– Creí que él quería que lo tuviera -respondió.

– ¿Lars Ohlson?

– Me operaron del cerebro en un par de ocasiones. Me anestesiaron y me violaron mientras dormía.

Su mirada se encontró con la mía y Eva frunció los labios.

– Así que ahora estoy lobotomizada y además embarazada.

– ¿Qué quieres decir?

– Que está bien: lo cierto es que anhelo tener hijos. Un tilico, un varón que me chupe los pechos.

– Eva, ¿por qué crees que estás aquí? -insistí.

Ella llevó de nuevo al frente la mano que antes tenía a la espalda y abrió el puño apretado. Luego la hizo girar varias veces mostrando que estaba vacía.

– ¿Quieres examinarme el cono? -suspiró.

Decidí que debía abandonar la habitación o llamar a alguien, pero Eva Blau se puso en pie súbitamente.

– Perdón -dijo-. Perdón, sólo tengo miedo de que me odies. Por favor, no me odies. Quiero quedarme, necesito ayuda.

– Eva, tranquilízate. Sólo intento mantener una conversación contigo. La idea es que participes en mi grupo de hipnotismo, lo sabes, ¿no? Lars te lo ha explicado. Me dijo que te habías mostrado predispuesta, que querías hacerlo.

Ella asintió, alargó el brazo y tiró mi taza de café por el suelo.

– Perdón -dijo nuevamente.