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—Ahora ven conmigo —dijo—, y prueba el nuevo vino que acaba de llegar. Estaré trabajando duro esta noche, limpiando las bodegas de barriles vacíos, de modo que tomemos primero un trago, para que me ayude a trabajar.

—Muy bien —rió el jefe de los guardias—. Lo probaré contigo, y veré si es digno de la mesa del rey. ¡Hay un banquete esta noche y no habría que mandar nada malo!

Cuando Bilbo oyó esto, se excitó sobremanera, pues entendió que la suerte lo acompañaba, y que pronto tendría ocasión de intentar aquel plan desesperado. Siguió a los dos elfos, hasta que entraron en una pequeña bodega y se sentaron a una mesa en la que había dos jarros grandes. Los elfos empezaron a beber y a reír alegremente. Una suerte desusada acompañó entonces a Bilbo. Tiene que ser un vino muy poderoso el que ponga somnoliento a un elfo del bosque; pero este vino, parecía, era de la embriagadora cosecha de los grandes jardines de Dorwinion, no destinado a soldados o sirvientes, sino sólo a los banquetes del rey, y para ser servido en cuencos más pequeños, no en los grandes jarros del mayordomo.

Muy pronto el guardia jefe inclinó la cabeza; luego la apoyó sobre la mesa y se quedó profundamente dormido. El mayordomo continuó riendo y charlando consigo mismo durante un rato, distraído al parecer, pero luego él también inclinó la cabeza, y cayó dormido y roncando al lado del guardia. El hobbit se escurrió entonces en la bodega, y un momento después el guardia jefe ya no tenía las llaves, mientras Bilbo trotaba tan rápido como le era posible, a lo largo de los pasadizos, hacia las celdas. El manojo de llaves le parecía muy pesado, y a veces se le encogía el corazón, a pesar del anillo, pues no podía evitar que las llaves tintineasen de cuando en cuando, estremeciéndolo de pies a cabeza.

Primero abrió la puerta de Balin, y la cerró de nuevo con cuidado tan pronto como el enano estuvo fuera. Balin parecía muy sorprendido, como podéis imaginar; pero en cuanto dejó aquella habitación de piedra agobiante y minúscula, se sintió muy contento y quiso detenerse y hacer preguntas, y conocer los planes de Bilbo, y todo lo demás.

—¡No hay tiempo ahora! —dijo el hobbit—. Simplemente sígueme. Tenemos que mantenernos juntos y no arriesgarnos a que nos separen. Tenemos que escapar todos o ninguno, y ésta es nuestra última oportunidad. Si se descubre, quién sabe dónde os pondrá el rey entonces, con cadenas en las manos y también en los pies, supongo. ¡No discutas, sé un buen muchacho!

Luego fueron de puerta en puerta, hasta que los siguieron los otros doce, ninguno de ellos demasiado ágil, a causa de la oscuridad y el largo encierro. El corazón de Bilbo latía con violencia cada vez que uno de ellos tropezaba, gruñía o susurraba en las tinieblas. —¡Maldito sea este jaleo de enanos! —se dijo. Pero no ocurrió nada desagradable, y no tropezaron con ningún guardia. En realidad, había un gran banquete otoñal aquella noche en los bosques y en los salones de arriba. Casi toda la gente del rey estaba de fiesta.

Al fin, luego de extraviarse varias veces, llegaron a la mazmorra de Thorin, bien abajo, en un sitio profundo, y por fortuna no lejos de las bodegas.

—¡Qué te parece! —dijo Thorin, cuando Bilbo le susurró que saliera y se uniera a los otros—. ¡Gandalf dijo la verdad, como de costumbre! Eres un buen saqueador, parece, cuando llega el momento. Estoy seguro de que estaremos siempre a tu servicio, ocurra lo que ocurra. Pero ¿qué viene ahora?

Bilbo entendió que había llegado el momento de explicar el plan, dentro de lo posible; aunque no sabía muy bien cómo reaccionarían los enanos. Estos temores estaban bastante justificados, pues lo que él les dijo no les gustó y se pusieron a refunfuñar y a gritar a pesar del peligro.

—¡Nos magullaremos y nos haremos pedazos, y nos ahogaremos también, seguro! —dijeron—. Creímos que habías ideado algo sensato cuando te apoderaste de las llaves. ¡Esto es una locura!

—¡Muy bien! —dijo Bilbo, desanimado y también bastante molesto—. Regresad a vuestras agradables celdas, os encerraré otra vez, y allí podréis sentaros cómodamente y pensar en un plan mejor... aunque supongo que no conseguiré de nuevo las llaves, aun cuando me sintiese con ganas de intentarlo.

Aquello fue demasiado para ellos, y se calmaron. Al final, desde luego, tuvieron que hacer exactamente lo que Bilbo había sugerido, pues era obviamente imposible buscar y encontrar el camino en los salones de arriba, o luchar y salir cruzando unas puertas que se cerraban por arte de magia; y no era bueno refunfuñar en los pasadizos y esperar a que los capturasen otra vez. De modo que siguiendo con cautela al hobbit, fueron a las bodegas inferiores. Pasaron ante la puerta de la pequeña bodega donde el jefe de los guardias y el mayordomo todavía roncaban felices con rostros sonrientes. El vino de Dorwinion produce sueños profundos y agradables. Habría una expresión diferente en la cara del jefe de los guardias al otro día, aun cuando Bilbo, antes de continuar, se deslizó sigiloso y amablemente le puso las llaves de vuelta en el cinturón.

—Eso le ahorrará alguno de los problemas en que está metido —se dijo—. No era un mal muchacho, y trató con decencia a los prisioneros. Quedarán muy desconcertados. Pensarán que teníamos una magia muy poderosa para traspasar las puertas cerradas y desaparecer. ¡Desaparecer! ¡Tenemos que darnos prisa, si queremos que así sea!

Se encargó a Balin que vigilase al guardia y al mayordomo, y que avisara si hacían algún movimiento. El resto entró en la bodega aledaña, donde estaban las escotillas. Había poco tiempo que perder. En breve, como sabía Bilbo, algunos elfos bajarían a ayudar al mayordomo en la tarea de pasar los barriles vacíos por las puertas y echarlos a la corriente. Los barriles estaban ya dispuestos en hileras en medio del suelo, aguardando a que los empujasen. Algunos eran barriles de vino, y no muy útiles, pues no podían abrirse por el fondo sin hacer ruido, ni cerrarse de nuevo con facilidad. Pero había algunos que habían servido para traer otras mercancías, mantequilla, manzanas y toda suerte de cosas, al palacio del rey.

Pronto encontraron trece cubas con espacio suficiente para un enano en cada una. Algunas eran demasiado grandes, y los enanos pensaron con angustia en las sacudidas y topetazos que soportarían dentro, aunque Bilbo buscó paja y otros materiales para embalarlos lo mejor que pudo, en tan corto tiempo. Por último, doce enanos estuvieron dentro de los barriles. Thorin había causado muchas dificultades, daba vueltas y se retorcía en la cuba, y gruñía como perro grande en perrera pequeña; mientras que Balin, que fue el último, levantó un gran alboroto a propósito de los agujeros para respirar, y dijo que se estaba ahogando aun antes de que taparan el barril. Bilbo había tratado de cerrar los agujeros en los costados de los barriles y sujetar bien todas las tapaderas, y ahora se encontraba de nuevo solo, corriendo alrededor, dando los últimos retoques al embalaje, y aguardando contra toda esperanza que el plan no fracasara.

Había concluido con el tiempo justo. Sólo uno o dos minutos después de encajar la tapadera de Balin, llegó un sonido de voces y un parpadeo de luces. Algunos elfos venían riendo y charlando y cantando a las bodegas. Habían dejado un alegre festín en uno de los salones y estaban resueltos a retornar tan pronto como les fuese posible.

—¿Dónde está el viejo Galion, el mayordomo? —dijo uno—. No le he visto a la mesa esta noche. Tendría que encontrarse aquí ahora, para mostrarnos lo que hay que hacer.

—Me enfadaré si el viejo perezoso se retrasa —dijo otro—. ¡No tengo ganas de perder el tiempo aquí abajo mientras se canta allá arriba!

—¡Ja, ja! —llegó una carcajada—. ¡Aquí está el viejo tunante con la cabeza metida en un jarro! Ha estado montando un pequeño banquete para él y su amigo el capitán.