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– Las acciones encubiertas disponen hoy día de una gran variedad de material y cuando terminemos el cursillo les daré unos catálogos y una dirección por si quieren comprarse algún equipo audioelectrónico más o menos completo. Si van de mi parte les harán un diez por ciento de descuento.

Sin más preámbulos abrió el maletón y sacó un teléfono.

– He aquí el padre de todos los espionajes.

¿Cómo se pincha un teléfono? ¿Y un fax? Lo importante no es pinchar por pinchar, sino disponer de una estación receptora donde escuchar o almacenar grabaciones. Éste sería el uso incruento, porque hoy día hay una técnica muy avanzada que, una vez conseguida la información deseada, produce una explosión fulminante que acaba con el espiado, técnica que hay que emplear sólo en el caso de que no interese seguir sacándole información al desgraciado. La telefonía móvil es captada mediante coches o furgonetas convertidas en estaciones de radio que interceptan las conversaciones y al final de curso ya darían una vuelta en una de ellas para espiar conversaciones en algún barrio de Barcelona. Cada alumno tenía sus preferencias y Carvalho sospechó que cada cual arrimaba la sardina a su ascua, a su barrio; la curiosidad humana siempre empieza por lo inmediato. Después del teléfono, la grabadora es la madre de todos los espionajes. No lo olviden, el padre y la madre.

– Buena parte de la pacificación del movimiento obrero se debe a que mediante grabadoras colocadas en las reuniones de comités de empresa, los patronos han conseguido saber por dónde iban a ir las negociaciones y podían espiar los puntos débiles de los negociadores. Hoy día hay grabadoras que pueden ir dentro de un bolígrafo.

Y se sacó un bolígrafo de carga no recambiable, ni siquiera era un bic y aquel miserable bolígrafo no había visto una grabadora en su vida. Pero más allá de los prolegómenos, el educador de espías demostró ser mucho más profesional y competente de lo que señalaban sus gestos atemorizados, como si alguien le estuviera espiando la clase. ¿Cómo espiar al aire libre? ¿Cómo introducirse en los archivos informáticos ajenos o crear una guerra de guerrillas de información distorsionadora mediante Internet? Cada interrogante iba seguido de un nuevo artefacto que sacaba de la maleta sin fondo y enseñaba a los alumnos, incluso dejaba que lo tuvieran en las manos para que percibieran lo pequeño que puede ser todo lo que transmite saber. Afortunadamente la industria y la técnica del espionaje económico progresa tanto que no hay año en que no salgan utillajes y contrautillajes, es decir…

– Señoras y señores, atiendan lo que voy a decirles porque he aquí una clave de la cuestión. No hay espionaje sin contraespionaje. No hay sofisticadas técnicas deinterceptar teléfonos sin no menores sofisticadas técnicas para contrarrestar esa intercepción. También en el espionaje se produce el principio fundamental de la competencia y de que todo genera su contrario. Piensen que yo les he hablado de un mundo que mueve la riqueza o la pobreza de los individuos o de las naciones, pero han de estar preparados para intervenir en decisiones políticas que afectan a la vida de los individuos y los pueblos…

Carvalho no se apuntó a clases prácticas porque recordaba vagamente lo que había aprendido más de treinta años atrás y esperaba llegar a las clases decisivas sobre el espionaje político y el cuerpo a cuerpo. Con todo salió de aquella clase más preocupado de lo que había entrado, como si hubiera descubierto que la vida y la historia iban en serio incluso en Barcelona, capital absoluta de un imaginario llamado Cataluña y capital relativa de una comunidad relativamente autónoma. Llegó al despacho a tiempo de recoger antes que Biscuter la hoja que estaba emitiendo el fax:

¿Qué tal sus vacaciones?, las mías las he pasado a trompicones conmigo misma, es decir, tropezando conmigo misma. Una torpeza que sólo puedo atribuir a la impaciencia por el encuentro que nos espera. Reencuentro realmente. Estaba muy nerviosa y concebí la idea de que si volvía conseguiría verle antes. Intenté comunicar con usted. En un principio me sorprendió que su teléfono/contestador/fax no gozase de tan amplias virtudes, ya que nada, ni nadie, respondía (incluso temí ser la causa de tanto silencio), al poco insistí, entonces un caballero, Biscuter supongo, me informó de que hacía dos días que no le veía. Hace unos minutos he comprobado que se ha vuelto a habilitar su teléfono como fax, le envío esta nota y espero que mañana comunique conmigo sea por fax o por teléfono, hágalo por el medio que guste, pero dígame cuándo y dónde puedo verle.

Era como el anuncio del final del verano, como si le recordaran un aplazamiento ya demasiado demorado y, entre la curiosidad y la exasperación, Carvalho telefoneó a SP Asociados. ¿Por quién preguntaba? ¿Escarlata? ¿Fata Morgana? ¿Escarlata O'Hara quizá?

– Escarlata O'Hara por favor.

– Se equivoca.

– Escarlata O'Hara me envía fax desde este teléfono. Fíjese bien. Igual le ha pasado desapercibida. Diga usted en voz alta: ¡Pepe Carvalho pregunta por Escarlata O'Hara!

– No estoy para bromas.

– Hace algún tiempo llamé, di referencias parecidas y alguien se puso.

– Un momento.

Reapareció la voz de la vaca del fax pero ahora a través del sonido, Carvalho la supuso asténica y pulcra, con un tonillo de burócrata importante de algún ministerio y no podía ser así, al contrario, él deseaba que fuera gorda, chaparra, obsesa y pedante. La voz le decía:

– Por fin. Los sueños a veces se realizan.

– ¿Escarlata O'Hara?

– ¿Rhett Butler?

– ¿Por qué no Ashley?

– Veo que ha visto usted la película o ha leído la novela.

– Las dos cosas, pero sólo pude quemar la novela.

– Sospecho que usted me llama para que nos veamos.

– ¿Qué le parece Can Boadas o el Ideal Club? Son escenarios idóneos para dejar de desconocernos. O quizá el Café de la Ópera si hay que tener una conversación.

– Yo a usted le conozco perfectamente y usted a mí imperfectamente.

– Veremos. ¿Mañana?

– ¿A las siete?

– ¿De la mañana?

– A esa hora me odio a mí misma. Ni siquiera tengo la cara puesta. Prefiero que sea a las siete de la tarde y en el Café de la Ópera. Hemos de tener una conversación.

La mujer sentada tras un velador del Café de la Ópera le hacía un gesto con la mano y era una mujer obligatoria, cien veces habría entrado Carvalho en cualquier lugar donde ella hubiera estado y cien veces la habría descubierto y contemplado. Era una bella mujer, demasiado bella para poder creer que fuera la vaca del fax, pero se fue acercando y se estrecharon las manos estudiándose. Cuando Carvalho se sentó y la tuvo frente a frente como un busto silencioso, desde la memoria le vino la silueta de otra mujer que trataba de inscribirse en la de la que tenía delante. Parpadeó varias veces por si el silencio de la mirada le ayudaba a perpetrar el recuerdo, desde la memoria a la realidad.

– ¿Todavía no recuerdas quién soy?

– Te recuerdo pero no sé de dónde.

– Me llamo Jessica Stuart-Pedrell.

Ahora la silueta del pasado coincidía totalmente con la del presente. Yes. Era Yes. La hija del empresario que nunca consiguió llegar a los mares del Sur, la vio de pronto, muchacha fugaz acariciando a un cachorrillo de perro, Bleda, Bleda la perrita, una herida en el corazón de Carvalho. Pero esa estampa fugaz era sustituida por otra más construida, la misma muchacha de espaldas, antes de volver el rostro, en la casa de los Stuart-Pedrell. Recordaba cómo la había visto la primera vez, una cintura, una cintura estrecha subrayada por un cinturón rojo que dividía su dorso de mujer joven. Las nalgas forradas de tejano reposaban su juventud redonda y tensa sobre el taburete. La espalda crecía desde el vértice de la cintura con una delicadeza construida hasta llegar a la melena rubia con mechas que caía desde la cúspide de una cabeza echada hacia atrás. Cuando se volvió, Carvalho percibió en una fracción de segundo que tenía los ojos grises, tez de esquiadora, boca grande y tierna, pómulos de muchacha diseñada, unos brazos de mujer hecha sin prisas y sin pausas, quizá exageradas las cejas, demasiado pobladas, pero acentuaban su carácter fundamental de chica para anuncio americano de la década de los setenta, de la chispa de la vida, Coca-Cola naturalmente, o de leche: everybody needs milk.