Metió el coche en un aparcamiento a dos manzanas de la casa de O'Connell. Subió varios niveles hasta asegurarse de estar solo, aparcó y abrió el maletero. Allí guardaba discretamente su artillería: una larga funda roja contenía un fusil Colt AR-15 automático con un cargador de veintidós disparos; lo consideraba su arma «para resolver rápidamente problemas gordos», porque tenía potencia para volar por los aires cualquier cosa. En una funda más pequeña, amarilla, tenía una automática calibre 380 en una sobaquera. En una funda negra, un Magnum 357 con un tambor de seis balas llamadas «matapolis», porque penetraban los chalecos antibalas que usaban la mayoría de las fuerzas policiales.
Para este caso, pensó que la 380 sería suficiente. Seguramente le bastaría con que O'Connell supiera que la llevaba encima, cosa que se conseguía con una chaqueta sin abrochar. Murphy tenía experiencia en toda clase de intimidación.
Se colocó la sobaquera, sacó un par de finos guantes negros de cuero y, como acostumbraba, desenfundó rápidamente un par de veces. Una vez comprobó que sus viejas habilidades seguían casi intactas, se puso en marcha.
La brisa hizo revolotear hojarasca y desechos alrededor de sus pies mientras avanzaba por la acera. Quedaba suficiente luz natural para encontrar una sombra conveniente frente al edificio de O'Connell. Una vez apostado contra una pared de ladrillo, vio encenderse las farolas de la calle. Esperaba no tener que montar guardia demasiado tiempo, pero era un hombre paciente que conocía el arte de la espera.
Scott sintió orgullo y satisfacción.
Ya había recibido en su contestador un mensaje de Ashley, que había seguido con éxito su laberinto de instrucciones y había enlazado con Catherine en Vermont. Estaba encantado con la manera en que iban saliendo las cosas hasta el momento.
Los estudiantes habían vuelto tras descargar las pertenencias de Ashley en un guardamuebles de Medford. Scott se había enterado de que, tal como sospechaba, un tipo que encajaba con la descripción de O'Connell había hecho algunas preguntas a uno de los chicos. Pero se había quedado con aire entre las manos, pensó Scott, agarrando un fantasma. La información que había obtenido no llevaba a ninguna parte.
– Ésta no pudiste preverla, ¿eh, cabrón? -dijo en voz alta.
Se hallaba en la sala de su casa, y empezó a bailar en la gastada alfombra oriental. De inmediato cogió el mando del equipo de música y fue pulsando botones hasta que Purple Haze, de Jimi Hendrix, atronó por los altavoces.
Cuando Ashley era pequeña, le había enseñado la vieja expresión de los años veinte «cortar una alfombra» para bailar, de modo que ella se le acercaba cuando estaba trabajando y le decía «¿Podemos cortar una alfombra?», y los dos ponían su vieja música de los años sesenta y él le enseñaba el frug y el swim e incluso el freddy, que eran, para su mente adulta, la serie de movimientos más ridícula que jamás había sido creada. Ella se reía y lo imitaba hasta que terminaba ahogada de risa. Pero, incluso entonces, Ashley poseía una especie de gracia de movimientos que lo sorprendía. Nunca había nada torpe ni vacilante en los pasos que su hija daba; y a él siempre le parecía un ballet. Sabía que no era imparcial, como suele pasarles a los padres con sus hijas, pero se esforzaba en ser objetivo, y su conclusión era siempre la misma: nada podría ser jamás tan hermoso como su propia hija.
Scott resopló. O'Connell nunca averiguaría que ella estaba en Vermont. Ahora era simplemente cuestión de que el tiempo pasara y de buscar otros estudios de posgrado en una ciudad diferente. Luego Ashley decidiría. Un contratiempo, sí, un retraso de seis meses, pero que evitaría problemas mayores.
Contempló el salón.
De pronto se sintió solo y deseó tener a alguien con quien compartir su júbilo. Ninguna de las personas con las que salía a cenar o tenía ocasionales encuentros sexuales eran amigos de confianza. Sus amistades en la facultad eran de naturaleza profesional, y dudaba que alguna de ellas comprendiera ni por asomo aquella situación.
Frunció el ceño. La única persona con la que realmente había compartido algo era Sally. Y no estaba dispuesto a llamarla. No en ese momento.
Una ola de oscuro resentimiento lo envolvió.
Ella lo había dejado para irse con Hope. De la manera más brusca: las maletas hechas esperando en el pasillo mientras él trataba de encontrar algo adecuado que decir, sabiendo que no había nada. Sabía que ella no era feliz, que no se sentía realizada y que estaba llena de dudas. Pero había supuesto que se debía a su carrera, o tal vez al modo en que la madurez se vuelve aterradora, o incluso al hastío del complaciente mundo académico y liberal en que vivían. Todo eso podía aceptarlo, discutirlo, analizarlo, entenderlo. Lo que no podía entender era cómo todo lo que habían compartido podía de repente ser mentira.
Se imaginó a Sally en la cama con Hope. «¿Qué puede ella darle que no le diera yo?», se preguntó, y al punto advirtió que la pregunta era muy peligrosa. No quería saber esa respuesta concreta.
Sacudió la cabeza. «El matrimonio es una mentira», pensó. Los «sí quiero» y los «te amo» y los «vivamos juntos para siempre» habían sido un colosal embuste. Lo único verdadero que había surgido de todo aquello era Ashley, y ni siquiera estaba seguro de eso. «Cuando la concebimos, ¿ella me amaba? Cuando la tuvo en su vientre, ¿me amaba? Cuando nació, ¿sabía ya que todo era mentira? ¿Lo comprendió de repente o fue algo que supo todo el tiempo, pero prefirió mentirse a sí misma?» Agachó un instante la cabeza, recordando. Ashley jugando a la orilla del mar. Ashley yendo al jardín de infancia. Ashley haciendo una tarjeta con flores dibujadas para el día del Padre; la había pegado a la pared de su despacho. «¿Lo sabía Sally durante todos esos momentos? ¿En Navidad y en los cumpleaños? ¿En las fiestas de Halloween y las búsquedas de huevos de pascua?» Imposible asegurarlo, pero comprendía que el armisticio entre ellos tras el divorcio también era una farsa, aunque importante para proteger a Ashley. Ella siempre había sido la verdadera perjudicada, la que tenía algo que perder. A lo largo de todos aquellos meses y años juntos, Scott y Sally ya habían perdido lo que tenían que perder.
«Ella está a salvo ahora», se dijo para salir de aquellos sombríos pensamientos.
Fue al mueble bar y sacó la botella de whisky. Se sirvió un vaso, bebió un sorbo, dejó que el líquido ámbar le bajara lentamente por la garganta y luego alzó el vaso en un irónico brindis solitario.
– Por nosotros -dijo-. Por todos nosotros. Signifique eso lo que demonios signifique.
Michael también estaba pensando en el amor. Se encontraba en un bar bebiendo boilermaker, whisky con cerveza, una bebida diseñada para embotar los sentidos. Rebullía por dentro y era consciente de que ninguna droga o bebida sería suficiente para mitigar la tensión que lo reconcomía. No importaba cuánto bebiera, estaba resignado a una desagradable sobriedad.
Miró la jarra que tenía delante, cerró los ojos, y permitió que la ira reverberara en su corazón y en su mente. No le gustaba que lo burlaran, y castigar a quien lo había hecho se convirtió en su prioridad inmediata. Estaba enfadado consigo mismo por creer que los problemas que les había causado con Internet bastarían. La familia de Ashley, se dijo, necesitaba lecciones más duras. Le habían arrebatado algo que le pertenecía.
Cuanto más se enfadaba, más pensaba en Ashley. Imaginó su pelo cayendo en mechones rubio-rojizos sobre sus hombros, perfectos, suaves. Visualizó en su mente cada detalle de su rostro, dándole sombra como un artista, encontrando una sonrisa para él en los labios, una invitación en los ojos. Sus pensamientos resbalaron por su cuerpo, midiendo cada curva, la sensualidad de sus pechos, el sutil arco de sus caderas. Imaginó sus piernas extendidas junto a él y, cuando alzó la cabeza en la penumbra del bar, sintió que se excitaba. Se movió en el taburete y pensó que Ashley era ideal, excepto que no lo era porque había orquestado aquel doloroso bofetón. Un golpe a su corazón. Y mientras el licor aflojaba sus sentimientos, supo cuál sería su respuesta: nada de caricias, nada de suaves sondeos. La lastimaría tal como ella lo había lastimado a él. Era la única forma de hacerle comprender de una vez cuánto la amaba.