El joven no respondió, y Murphy volvió a abofetearlo.
– ¡Mierda! -masculló O'Connell.
– Cuando te haga una pregunta, Mickey, por favor, responde.
Hizo ademán de abofetearlo otra vez.
– No lo sé -dijo O'Connell-. ¿Qué suman?
Murphy sonrió.
– Pues significan que tengo amigos… Amigos de verdad, no como nosotros esta noche, Mickey, amigos de verdad que me deben muchos favores de verdad, a quienes salvé el culo más de una vez a lo largo de los años. Están más que dispuestos a hacer cualquier puñetera cosa por mí, y si hace falta van a creer todo lo que yo diga sobre nuestro amable encuentro aquí esta noche. Les importan un carajo los gusanos como tú. Y cuando les diga que me atacaste con la navaja que dejaré en tu mano muerta y que me obligaste a volarte lo sesos, me van a creer. De hecho, Mickey, me felicitarán por limpiar un poco este mundo de mierda. Ésa es la situación en que te encuentras ahora mismo, Mickey. En otras palabras, puedo hacer lo que me salga de las narices, y tú no puedes hacer nada, ¿entiendes?
O'Connell vaciló, pero asintió cuando vio que Murphy lo amenazaba con otro bofetón.
– Bien. Como dicen, la comprensión es el camino de la iluminación.
O'Connell percibió el sabor de la sangre en los labios.
– Lo repetiré para que quede claro: soy libre de hacer lo que me parezca adecuado, incluyendo enviar tu puta vida al reino de los cielos, o más probablemente al infierno. ¿Lo entiendes, Mickey?
– Lo entiendo.
Murphy empezó a rodear la silla, sin apartar la automática, golpeando de vez en cuando la cabeza de aquel cretino, o hincándola en la zona blanda entre su cuello y los hombros.
– Vaya mierda de casa que tienes aquí, Mickey. Qué pocilga. Sucia… -Murphy contempló la habitación, vio un ordenador portátil en una mesa y anotó mentalmente llevarse un puñado de discos. Hasta ahora, las cosas iban saliendo más o menos como había previsto. O'Connell era tan predecible como esperaba. Podía sentir la incomodidad del joven, sabía que el arma contra su cabeza estaba provocando indecisión y duda. En todos los momentos de confrontación hay un punto en que el interrogador hábil simplemente se apodera de la identidad del sujeto, controlando, guiándolo a un estado de obediencia. «Vamos por buen camino», se dijo. «Estamos haciendo progresos»-. No es una gran vida, ¿eh, Mickey? Quiero decir que no veo mucho futuro aquí.
– A mí me gusta.
– Ya. Pero ¿qué te hace pensar que Ashley Freeman querría ser parte de todo esto?
O'Connell guardó silencio, y Murphy lo golpeó desde atrás con la mano libre.
– Responde, gilipollas.
– Que la amo. Y ella me ama a mí.
Murphy volvió a abofetearlo.
– Eso no te lo crees ni tú, pedazo de capullo.
Una fina línea de sangre se dibujó bajo la oreja de O'Connell.
– Ella tiene clase, Mickey. Al contrario que tú, tiene posibilidades. Es de buena familia, tiene buena educación y sus posibilidades son infinitas. Tú, por el contrario, vienes de la mierda… -remarcó las últimas palabras golpeando al joven- y a la mierda volverás. ¿Cómo lo conseguirás? ¿Tal vez yendo al trullo? ¿O lograrás librarte para que te maten en algún callejón?
– Estoy tranquilo. No he quebrantado ninguna ley.
Los bofetones repetidos estaban surtiendo efecto: la voz de O'Connell se quebró levemente y reveló un temblor tras las palabras.
– ¿De verdad? ¿Quieres que te investigue con más atención?
Murphy terminó de dar la vuelta, y una vez más le golpeó la nariz con el cañón, exigiendo una respuesta.
– No.
– Eso pensaba.
Lo cogió por la barbilla y la retorció dolorosamente. Pudo ver lágrimas en la comisura de los ojos del joven.
– Pero, Mickey, ¿no crees que deberías pedirme más amablemente que salga de tu vida?
– Por favor, sal de mi vida -dijo O'Connell lenta y suavemente.
– Bueno, me gustaría. De verdad que sí. Mirándolo desde un punto de vista objetivo, ¿no crees que sería bueno, bueno de verdad, que te aseguraras de no volver a verme en tu vida? ¿Que este pequeño encuentro, amistoso como es, sea la última vez que tú y yo nos veamos…? ¿Qué me contestas? ¿De acuerdo?
– De acuerdo. -O'Connell no sabía qué pregunta contestar, pero sí sabía que no quería que volvieran a golpearlo. Y aunque no creía que aquel animal fuera a dispararle, no estaba completamente seguro.
– Tienes que convencerme, ¿no crees?
– Sí.
Murphy sonrió y le palmeó la cabeza.
– Para que nos comprendamos de verdad, lo que estamos haciendo aquí es una negociación privada, especial, cara a cara, nuestra orden de alejamiento temporal. Como si estuviéramos en un tribunal. Excepto que la nuestra es jodidamente permanente, ¿entiendes? Seguro que sabes lo que significa permanecer alejados. Sin contacto. Pero nuestra orden es peor que las demás, porque es especial, sólo entre tú y yo, Mickey. Porque no se basa en un puñado de papeles firmados por un viejo juez al que no vas a hacer ni puto caso. La nuestra incluye una garantía… ¡auténtica!
Y con la última palabra, le descargó un puñetazo contra la mejilla, derribándolo al suelo. Se lanzó sobre él, pistola en mano, antes de que el joven tuviera tiempo de reaccionar siquiera.
– Tal vez debería dejarme de hacer el tonto y acabar con esto ahora mismo -dijo, y de repente soltó el seguro del arma. Alzó la mano izquierda como para protegerse de la inminente lluvia de sesos y sangre-. Dame un motivo -masculló-. El que sea, Mickey. Pero dame un motivo para tomar una decisión.
O'Connell trató de esquivar el cañón de la pistola, pero el peso del ex policía lo mantuvo inmovilizado.
– Por favor… -suplicó al fin-. Por favor, me mantendré alejado, lo prometo. La dejaré en paz…
– Buen principio, gilipollas. Continúa.
– Nunca tendré ningún otro contacto con ella. Me mantendré fuera de su vida para siempre, lo juro… ¿Qué más quieres que diga? -O'Connell casi sollozaba. Cada frase parecía más penosa que la anterior.
– Tendré que pensarlo, Mickey. -Bajó la mano con que se protegía y retiró el arma de la cara de O'Connell-. No te muevas. Sólo echaré un vistazo.
Se acercó a la mesa barata donde estaba el ordenador. Había un puñado de CD regrabables dispersos. Los cogió y se los guardó en el bolsillo. Luego se volvió hacia el joven, aún en el suelo.
– ¿Es aquí donde guardas tus archivos sobre Ashley? ¿Es con esto con lo que jodes a gente que es mucho mejor que tú?
O'Connell simplemente asintió, y Murphy sonrió.
– No te creo -dijo bruscamente-. Ya no. -Entonces golpeó el teclado con la culata de la pistola-. Jop, jop -dijo mientras el plástico se rompía. Dos golpes más y la pantalla y el ratón saltaron en pedazos.
O'Connell simplemente se quedó mirando, sin decir nada. Con el cañón del arma, Murphy hurgó en el ordenador roto.
– Creo que estamos a punto de terminar. -Cruzó la habitación y se alzó sobre O'Connell-. Quiero que recuerdes algo.
– ¿Qué cosa? -Sus ojos estaban anegados en lágrimas, como Murphy esperaba.
– Siempre podré encontrarte. Siempre podré saber dónde te escondes, no importa en qué pequeña ratonera te metas.
El joven asintió.
Murphy lo miró con dureza, buscando en su cara algún signo de desafío, signos de cualquier cosa que no fuera obediencia. Cuando se convenció de que no había ninguno, sonrió.
– Bien. Has aprendido mucho esta noche, Mickey. Una auténtica educación. Y no ha sido tan malo, ¿verdad? He disfrutado mucho de nuestro encuentro. Ha sido divertido, ¿no crees? No, probablemente no lo crees. Ah, y una última cosa…
Se hincó de rodillas, inmovilizando una vez más a O'Connell contra el suelo. Con el mismo movimiento, le metió bruscamente el cañón de la automática en la boca, sintiéndola chocar contra sus dientes. Vio el terror reflejado en los ojos del joven, exactamente lo que pretendía.