– Buen trabajo -jadeó-. Faltan dos semanas para las eliminatorias. Será difícil venceros. Muy difícil. Eso es bueno. Pero hay otros equipos que pueden estar preparándose igual de bien. Ahora interviene algo más que el estado físico. Ahora se trata de una cuestión de voluntad. ¿Cómo queréis que se recuerde este año, esta temporada, este equipo?
Contempló los brillantes rostros de aquellas jovencitas que habían aprendido que el trabajo duro y la dedicación dan sus frutos. «Primero surge un destello en sus ojos -pensó Hope-, y luego se les extiende a la piel, tan intenso que desprende una especie de calor.»
Les sonrió, aun sintiendo un profundo desasosiego.
– Mirad -dijo-. Para ganar, todas tenemos que arrimar el hombro y sudar la camiseta. ¿Alguna quiere decir algo? ¿Alguna duda o sugerencia?
Las chicas se miraron unas a otras. Algunas negaron con la cabeza.
Hope no sabía si ya circulaban algunos rumores. Pero le costaba imaginar que no fuera así. «No hay secretos en un colegio», pensó.
Las chicas parecieron encogerse colectivamente de hombros. Hope quiso interpretarlo como un gesto de solidaridad.
– Muy bien -dijo-. Pero si hay alguien que se sienta incómoda por algo, cualquier cosa, puede ir a mi despacho. Mi puerta está siempre abierta. Y si no queréis hablar conmigo, hacedlo con la directora deportiva… -No podía creer que estuviera diciendo eso. Atinó a cambiar de tema-. Nunca os había visto tan calladas, así que voy a suponer que os habéis quedado sin voz por haber trabajado tan duro. Por tanto, se cancela la carrera final. Daros una palmadita en la espalda, y luego recoged vuestras bolsas y a casa.
Esto produjo una salva de aplausos. Exonerarlas de un par de vueltas extra alrededor del campo siempre funcionaba. «Están preparadas», pensó. Y se preguntó si lo estaba ella.
Las chicas empezaron a despejar el campo, en pequeños grupos, y Hope oyó sus risas. Las vio marchar y luego se sentó en el banquillo.
El viento había aumentado. Pensó que ser parte de algo, como la escuela y el equipo, era parte de la imagen que tenía de sí misma, y ahora esa imagen estaba en peligro. Las sombras del atardecer avanzaban sobre el verde césped, haciendo que pareciera negro. «Hay pocas cosas tan terribles como una acusación falsa», pensó. La ira se apoderó de ella. Quiso encontrar a la persona que le había hecho eso y darle de puñetazos.
Pero fuera quien fuese, parecía no tener más sustancia que la creciente oscuridad que la rodeaba, y Hope, a pesar de lo furiosa que estaba, prorrumpió en sollozos incontrolados.
– ¿Ashley? ¿Ashley Freeman? Hace tiempo que no la veo. Meses. Tal vez incluso más de un año. ¿Sigue viviendo en la ciudad?
No respondí a esa pregunta.
– ¿Trabajaba usted aquí con ella? -pregunté.
– Sí. Éramos varios posgraduados trabajando aquí a tiempo parcial.
Yo estaba en el vestíbulo del museo, no lejos del restaurante donde Ashley había esperado infructuosamente una tarde a Michael O'Connell. La joven recepcionista llevaba el pelo muy corto y con una cresta en lo alto, lo que le daba aspecto de gallo, y tenía media docena de piercings en una oreja y un único aro brillante y naranja en la otra. Me dedicó una sonrisa y se atrevió por fin a hacer la pregunta obvia.
– ¿Por qué le interesa Ashley? ¿Algo va mal?
Negué con la cabeza.
– Me interesa un caso legal en el que ella estuvo relacionada. Estoy haciendo un trabajo de investigación. Sólo quería ver dónde trabajaba. Entonces, ¿la conoció usted cuando estaba aquí?
– No muy bien… -Vaciló.
– ¿Qué ocurre?
– No creo que la conociera mucha gente. Ni que la apreciaran demasiado.
– ¿Sabe el motivo?
– Bueno, oí decir que Ashley era un poco rara, o algo así. Se habló y especuló mucho cuando se marchó.
– ¿Por qué?
– Se rumoreaba que encontraron en su ordenador algo que la metió en problemas.
– ¿Algo?
– Algo raro. ¿Vuelve a tener problemas?
– No exactamente -respondí-. Problemas tal vez no sea la palabra adecuada.
18 Cuando las cosas empeoran
Michael O'Connell consideraba que su mayor virtud era la paciencia.
No era sólo una cuestión de ocupar el tiempo, o de sentarse mano sobre mano. Esperar de verdad requería preparativos y planes, para que cuando llegara el momento él fuera por delante de todos los demás. Se consideraba un director de cine, la persona que tiene una visión de la historia completa, acto a acto, escena a escena, hasta el final. Era un hombre, se decía, que conocía todos los finales, ya que los diseñaba él mismo.
Estaba en calzoncillos, el cuerpo sudoroso. Un par de años antes, mientras curioseaba en una tienda de libros de segunda mano, había encontrado un libro de ejercicios muy curioso. Pertenecía al manual de preparación física de las Reales Fuerzas Aéreas Canadienses y estaba lleno de antiguos dibujos de hombres en calzón haciendo flexiones con una sola mano y la barbilla levantada. Era todo lo contrario de los manidos ejercicios abdominales de seis minutos que saturaban los canales de televisión a todas horas. Había aprendido los ejercicios de las RFAC, y bajo sus ropas sueltas de estudiante ocultaba el físico de un luchador profesional. Nada de asistir a gimnasios selectos, que eran nidos de vanidad, ni de penosas carreras en solitario por los paseos de la ciudad. Prefería tonificar sus músculos a solas, en su habitación, escuchando a veces con auriculares algún grupo de rock pretendidamente satánico, como Black Sabbath o AC/DC.
Se tumbó en el suelo, alzó las piernas por encima de la cabeza y luego las bajó despacio, deteniéndose para mantener la postura tres veces antes de inmovilizar los talones a escasos centímetros del parquet. Repitió este ejercicio veinticinco veces, pero en la última repetición mantuvo la postura de suspensión inmóvil, los brazos planos a los costados. Sabía que superados los tres minutos empezaría a sentir incomodidad, y a los cinco, inquietud. Después de seis minutos, sentiría dolor.
O'Connell se dijo que el asunto no era ya desarrollar los músculos. Ahora se trataba de superarse.
Cerró los ojos, y no hizo caso a la quemazón del estómago, sustituyéndola por una imagen de Ashley. En su mente trazó lentamente cada detalle, con toda la paciencia de un artista dedicado. «Empieza por los pies, el dibujo de sus dedos, el arco, la tensión del talón. Luego sube por la pierna, recorriendo pantorrilla, rodilla y muslo.»
Rechinó los dientes y sonrió. Normalmente podía mantener la posición hasta llegar a los pechos de Ashley, después de entretenerse largo rato en su ingle, e incluso a veces llegaba a la larga y sensual curva del cuello. Entonces se veía obligado a desistir. Pero a medida que se hacía más fuerte, sabía que algún día completaría la imagen mental con los rasgos del rostro y el cabello. Anhelaba desarrollar esa fuerza. Con un jadeo, se relajó y sus talones chocaron contra el suelo. Permaneció tendido unos segundos, sintiendo el sudor correrle por pecho y espalda.
«Ella llamará -pensó-. Hoy. Tal vez mañana.» Era predecible. Él había puesto en juego fuerzas que la atraerían. «Estará molesta -se dijo-. Furiosa.» Le espetaría una serie de reproches y exigencias, ninguno de los cuales significaría nada para él. «Y esta vez acudirá sola. Desquiciada y vulnerable», pensó.
Tomó aire. Durante un instante le pareció sentir a Ashley a su lado, cálida y suave. Cerró los ojos y se dejó envolver por esa sensación. Cuando se desvaneció, sonrió.
Siguió tendido en el suelo, mirando el techo blanco y la bombilla desnuda de cien vatios. Una vez había leído que ciertos monjes de una orden olvidada de los siglos XI y XII permanecían en esa postura durante horas, en completo silencio, ignorando el calor, el frío, el hambre, la sed y el dolor, experimentando visiones y contemplando los inmutables cielos y la inexorable palabra de Dios. Para él tenía todo el sentido del mundo.