– ¡Magnífico! ¡De maravilla! ¿Qué demonios vamos a hacer ahora? -Hope se levantó para pasearse por la habitación. Estaba tan enfadada que le parecía que las luces de la habitación parpadeaban.
Antes de que Sally pudiera responder «No lo sé», sonó el teléfono.
Hope lo miró como si el aparato tuviera la culpa de todas las desgracias y cruzó la habitación para atenderlo. Murmuraba obscenidades para sí a cada paso.
– ¿Sí? -dijo con rudeza-. ¿Quién es?
Desde el sillón, entristecida por el caos en que parecía estar sumida su vida, Sally vio que el rostro de Hope se tensaba de repente.
– ¿Qué pasa? -preguntó-. ¿Algo va mal?
Hope vaciló, escuchando a su interlocutor. Al final asintió.
– Madre de Dios. Espera, te la paso. -Se volvió hacia Sally-. Sí. No. Toma. Cógelo. Es Scott. El gusano ha vuelto a la vida de Ashley. A lo grande.
Scott llegó a la casa una hora más tarde. Llamó al timbre, oyó a Anónimo ladrar y cuando alzó la cabeza vio que era Hope quien había abierto la puerta. Tuvieron su habitual momento de embarazoso silencio, y luego ella dijo:
– Hola, Scott. Pasa.
A él le sorprendió ver que Hope había estado llorando, porque siempre había supuesto que ella era la dura en la relación con Sally: su ex esposa siempre era la mitad pasiva de cualquier relación.
Se saltó los saludos cuando llegó al salón.
– ¿Has hablado con Ashley?
Sally asintió.
– Mientras venías para aquí. Me ha informado de lo que te ha contado. Ahora está sin trabajo y metida en un lío en sus estudios -suspiró-. Supongo que hemos subestimado a ese O'Connell.
Scott alzó las cejas.
– Eso sería quedarnos cortos. Fue un error probablemente inevitable. Pero ahora tenemos que ayudar a Ashley a salir de la encrucijada.
– Creí que habías ido a Boston para eso -dijo Sally fríamente, mirándolo con las cejas arqueadas-. Junto con cinco mil dólares en efectivo.
– Sí -replicó Scott con la misma frialdad-. Supongo que nuestra oferta de soborno no funcionó. Bien, ¿cuál es el siguiente paso?
Todos guardaron silencio, hasta que Hope estalló.
– Ashley tiene problemas graves. Está claro que necesita ayuda, pero ¿cómo? ¿Qué podemos hacer?
– Tiene que haber leyes que la protejan -dijo Scott.
– Las hay, pero ¿cómo las aplicamos? -observó Hope-. Y hasta ahora, ¿qué ley pensamos que ha quebrantado ese tipo? No la ha atacado. No la ha golpeado. No la ha amenazado. Le ha dicho que la ama. Y la ha seguido. Y luego lo que ha hecho es joderle la vida con el ordenador. Malicia, principalmente…
– Hay leyes contra eso -dijo Sally.
– ¿Contra la malicia con el ordenador? -repuso él-. No lo creo.
– Acoso anónimo -dijo Sally.
Scott se echó hacia atrás en su asiento.
– He tenido un problema peliagudo esta última semana, generado anónimamente por ordenador. Creo que está resuelto, pero…
– Yo también -dijo Hope.
Sally alzó la cabeza, sorprendida. Pero antes de que pudiera decir nada, Hope la señaló directamente.
– Y tú también. -Y se levantó-. Creo que vamos a necesitar una copa -dijo, y se marchó en busca de otra botella de vino-. Tal vez más de una -exclamó por encima del hombro, mientras Scott y Sally se miraban el uno al otro, sumidos en la duda.
El detective de la policía estatal de Massachusetts sentado frente a mí parecía un tipo bastante agradable, sin ese aspecto endurecido y cansino de los policías de las novelas. De estatura y constitución medias, llevaba una chaqueta cruzada azul y pantalones caquis baratos, y tenía un cabello corto tirando a pelirrojo y un desarmante bigote hirsuto en el labio superior. De no ser por la negra pistola Glock de 9 mm que llevaba en una sobaquera, habría parecido más bien un vendedor de seguros o un profesor de instituto.
Se reclinó en su silla, ignorando el teléfono que sonaba.
– Así que quiere saber un poco sobre el acoso, ¿eh?
– Sí. Estoy haciendo un trabajo de investigación -respondí.
– ¿Para un libro? ¿O un artículo? ¿No porque tenga interés personal en el tema?
– Creo que no comprendo…
El detective sonrió.
– Bueno, usted parece el tipo que va a ver al médico y dice: «Tengo un amigo que quiere saber cuáles son los síntomas de una enfermedad como la sífilis o la gonorrea. Y cómo él, mi amigo, puede haberla pillado, porque le duele un montón…»
Negué con la cabeza.
– ¿Cree que me están acosando y quiero…?
Él sonrió con aire calculador.
– O tal vez quiere acosar a alguien y está reuniendo información para evitar ser arrestado. Suena a locura, pero un acosador realmente decidido lo intentaría. Es un grave error subestimar a los acosadores de verdad.
Se acomodó en su silla.
– Un acosador decidido convierte en una ciencia su obsesión. En una ciencia y en un arte.
– ¿Cómo es eso?
– No sólo estudia a su víctima, sino también su mundo. Familia, amigos, trabajo, estudios. Dónde le gusta cenar, a qué cine va, dónde repara su coche o compra la lotería. Dónde saca a pasear al perro. Usa todo tipo de recursos, legales e ilegales, para acumular información. No deja de medir, calibrar, prever. Dedica todos sus pensamientos a su objetivo… tanto que a menudo piensa por adelantado, casi como si leyese la mente de su víctima. Llega a conocerla casi mejor de lo que se conocen ella misma…
– ¿Qué impulsa todo esto?
– Los psicólogos no están seguros. La conducta obsesiva es siempre un misterio. ¿Un pasado con aristas o flecos sueltos?
– Probablemente más que eso, ¿no?
– Sí, probablemente. Si se rasca un poco la superficie, se encuentran cosas muy desagradables en la infancia. Abusos, violencia y todo lo demás. -Sacudió la cabeza-. Son tipos peligrosos. No son criminales corrientes, en modo alguno. Ya seas la cajera del supermercado local acosada por su ex novio motero, o una estrella de Holywood acosada por un fan, corres mucho peligro, porque, no importa lo que hagas: si se lo proponen, llegarán hasta ti. Y la policía, incluso con órdenes de alejamiento temporal y leyes anti acoso cibernético sólo puede intervenir a posteriori, no puede impedir un acoso eventual. Los acosadores lo saben. Y lo más terrible es que a menudo no les importa. Ni pizca. Son inmunes a las sanciones habituales. La vergüenza, la ruina económica, la cárcel, incluso la muerte, son cosas que no los asustan necesariamente. Lo que temen es perder de vista su objetivo. Eso es lo único que les preocupa, y la persecución se convierte en su única razón para vivir.
– ¿Qué puede hacer una víctima?
Buscó en su mesa y sacó un folleto titulado ¿Se siente víctima de acoso? Consejos de la policía estatal de Massachusetts.
– Les damos material para leer.
– ¿Ya está?
– Hasta que se comete un delito. Pero entonces suele ser demasiado tarde.
– ¿Y los grupos de defensa y…?
– Bueno, pueden ayudar a algunas personas. Hay casas francas, lugares seguros, grupos de apoyo, lo que quiera. Pueden proporcionar ayuda en algunos casos. Yo nunca le diría a nadie que no contacte con ellos, pero hay que ser cauteloso, porque puedes provocar una confrontación que realmente no quieres. De todas formas siempre suele ser demasiado tarde. ¿Sabe qué es lo más absurdo?
Negué con la cabeza.
– Nuestra Asamblea Legislativa siempre está dispuesta a aprobar leyes para proteger a la gente, pero el acosador obstinado es capaz de sortearlas. Y, aún peor, cuando intervienen las autoridades, cuando cursas la denuncia y el caso queda registrado y obtienes la orden judicial de alejamiento, eso es precisamente lo que puede provocar el desastre. De esa manera se fuerza la jugada del malo. Haces que actúe de manera precipitada. Carga toda su munición y anuncia: «Si no puedo tenerte, nadie podrá…»